Lo que se rompió en aquel verano 90Luca
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Luca

En la concurrida playa de Waikiki, el crepúsculo tiñe de colores sombreados el cielo y oscurece las aguas.

La brisa cálida del mar nos envuelve como las luces de los hoteles que bordean la costa y el pálpito de la vida nocturna.

El murmullo del océano es como un eco de fondo.

Hay música y actividad alrededor, pero nuestra burbuja se siente íntima.

Mientras andamos sobre la arena, Lizzy fija la mirada en las suaves olas que no alcanzan a mojarnos los pies desnudos —en el hombro llevo colgada una bolsa de tela con nuestros zapatos y otros artículos— y aunque trato, no puedo dejar de maravillarme con las curvas de su cuerpo que se esconden debajo de ese vestido negro que lleva puesto por encima de las rodillas.

—Es difícil pensar en el aburrimiento en una ciudad como esta —la escucho decir con tono pensativo—. Parece más divertido que estar en un pueblo pequeño.

—Sí, aquí hay demasiado con lo que distraerse, pero cuando llevas cargas propias también puede resultar un poco espeluznante.

Lo digo porque así lo experimenté durante mucho tiempo: entre más vertiginoso se volvía mi alrededor, mi silencio por dentro se hacía más grande.

Lo único bueno era que en el día no lo pensaba tanto.

No notaba con tanta pesadez esa parte de mí mismo que estaba mutilada.

Lizzy gira el rostro hacia mí.

—¿Te digo algo?

Asiento en silencio.

—Perdí la cuenta de la cantidad de veces que te escribí por las noches antes de dormir, pero al final borraba el mensaje —confiesa—. Las preguntas siempre eran las mismas: ¿Por qué nos alejamos? ¿Por qué nos desaparecimos? ¿Por qué nos dejamos atrás?

El viento de la noche se enfría. Trago saliva y dejo de mirarla.

—Pero ahora estamos aquí. Eso es lo único que importa.

—Sí, lo sé —repone con la voz liviana—. Aunque a veces no puedo dejar de pensar en lo mucho que cambié, ya sabes, cuando intenté ser algo diferente a lo que soy.

La brisa despeina mi cabello. Respiro hondo e ignoro la espina en el pecho, esa que apareció desde el lunes cuando bajé del avión.

—Los dos cambiamos —determino—. Aun así, lo único que sé con seguridad en este momento es que sin importar las veces que lo hagamos, nunca dejaré de quererte.

Porque todo lo que yo podría ser siempre amará todas las versiones de ti, Lizzy.

Incluso las que aún te da miedo sacar a relucir y sé que están por allí. En alguna parte.

De reojo, la noto fruncir el ceño.

—¿A qué te refieres?

Sonrío más relajado. Sujeto su mano con más fuerza.

—Es cierto que siempre he sido un fiel lector de todos tus escritos, así que conozco lo que hay en tu alma. Eres sensible, intensa y sumamente romántica.

—¿Y te gusta?

Dejo pasar largos segundos.

Ella aparta la mirada hacia el mar, que se sacude con más fuerza a cada segundo que el cielo se va oscureciendo y la noche empieza a consumirlo todo.

—Más que eso. Mi mundo es mejor cuando tú estás cerca porque entonces olvido que carezco de un propósito como el tuyo, como el de las personas que han nacido con un don especial o tienen una ardiente pasión por algo.

El hecho se hace menos importante, menos angustioso.

Tu manera de sentir, tu manera de expresarte me recuerda que la vida en sí misma, a pesar de lo frágil que es, no es solo un conjunto de cotidianidades.

Lo que quiero decir es que para mí tú eres como el arte que siempre he tratado de crear y solo logro evocar.

Creo que una vez te lo dije. Pero no sabía que tú eras la respuesta a ese vacío.

Lizzy parece perpleja ante mis palabras.

Entonces la aferro de la cintura y la jalo hacia mí. Ella reacciona y me abraza con cierta torpeza. Escondo el rostro en su cabello e inhalo su aroma dulce y fresco. Luego me separo un poco para acunar su rostro entre mis manos.

—Perdóname si soy demasiado sincero —murmuro. Juntamos nuestras frentes y hago lo posible para mantener al borde mis instintos, que la reclaman en todo sentido—. Pero a decir verdad, es tu culpa. No podría ser de esta forma con nadie más. Solo contigo.

Sus ojos se iluminan, al igual que su sonrisa.

—Entonces acepto mi culpa.