Lo que se rompió en aquel verano 86Genevieve
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Genevieve

Después de una sesión matutina de entrenamiento en el club y de haberse despedido de Emily hace pocos minutos, pronto no tiene otra cosa que hacer más que esperar a que sus abuelos maternos la recojan.

Sentada en un sofá de la sala de espera, mientras la gente pasa a su alrededor, se ha puesto cómoda para seguir leyendo el diario de Lizzy:

Querida Holly:

El ambiente en Paia sigue conteniendo una burbuja de pena y nostalgia, ya que la partida de Marcus Fisher aún está bastante reciente.

Es muy triste… Benjamín lo lleva mejor, pero a Oliver la ausencia de sus abuelos le está afectando mucho más de lo que todos esperábamos.

No ha dejado de tocar el ukelele. Pero ya no sonríe como antes.

Además, Oliver ha decidido no entrar a la universidad.

En cambio, ha empezado a tocar en restaurantes de la zona.

Dice que eso es lo que quiere hacer toda su vida y que es mejor empezar cuanto antes, pues quiere ser músico de tiempo completo.

Aunque su postura me resulta extraña, compleja y cuestionable, la verdad es que siento una punzada de envidia.

Me sorprende que tenga tanto valor para tomar una gran decisión con tanta facilidad y, sobre todo, que su padre lo apoye.

Benjamín no siente que su hijo se esté equivocando.

En fin. Oliver está atravesando momentos difíciles, por eso he estado acompañando a Henry cada vez que va a casa de los Fisher para jugar a las cartas y al ajedrez junto a Keanu, quien nunca falta. Ellos podrían jugar hasta el final de los tiempos y jamás se aburrirían.

18 de julio de 2016

Querida Holly:

Luego de que Henry y yo regresáramos a casa tras estar en casa de los Fisher, encontré a Luca esperándome, sentado en la banca de nuestro porche.

Henry lo saludó y entró, pero yo me detuve.

Tengo que decirlo. Luca me sigue afectando.

En mi estómago se crea un hueco punzante cada vez que lo veo.

Los nervios florecen en mi piel, y la alegría, como una ráfaga de viento, es instantánea. Creo que hasta mis ojos brillan más.

Y si las miradas hablaran…

—¿Estabas esperándome?

Me senté a su lado. Él me sonrió y me hizo espacio.

Intenté no distraerme demasiado con lo guapo que se veía.

Su cabello rubio oscuro, despeinado y húmedo, enmarcaba su sonrisa ladeada, y encima llevaba esa camiseta negra de manga corta que me encanta.

No lo sé, el negro siempre me ha gustado en él.

Luce muy bien en su piel bronceada y profundiza sus ojos leoninos.

—Algo así —titubeó al rascarse un codo con desenfado—. Bueno, solo quería platicar. Siento que hemos pasado mucho tiempo surfeando y yendo de aquí para allá junto a los demás desde que comenzó el verano, pero tú y yo apenas hemos estado a solas. Así se siente.

Esa confesión íntima me tomó desprevenida.

—Ya —dije con torpeza y apreté los labios.

—Y pues eso —añadió él.

—Creo que… llevo todo bien. —Tragué saliva—.

Al menos en las cosas importantes, ya sabes.

Genevieve ya corre sin problemas, y hasta ha empezado a practicar tenis.

Toma sesiones en el club donde Elliot tiene membresía.

Grace sigue enfocada en sus clases de piano.

Mis notas en el instituto han mejorado mucho.

Con mi familia nos reunimos con los abuelos cada domingo y mi madre sigue siendo tan… implacable como siempre.

Lo miré de reojo. Luca asintió, pero no pareció conforme.

—Pero sobre ti, ¿qué hay? —insistió—. ¿Ya sabes qué es lo que harás después del próximo verano? ¿Tienes algún ligue en San Antonio del que no me hayas hablado? ¿Has intentado publicar tus escritos en algún lado?

Me reí entre dientes. Apoyé las manos a cada lado sobre la banca, pero solo para disimular la gran incertidumbre que empezó a correr por todo mi torrente sanguíneo. Porque sí, mi ansiedad respecto al futuro ha ido creciendo día con día como una sombra acechándome.

—No, aún no he decidido qué haré o qué voy a estudiar —admití en un susurro, con la mirada fija en las orquídeas iluminadas por la luz amarilla del farol—.

Bueno, quizá elija medicina, así que probablemente entraré a biología o química y luego podré ingresar a la escuela de medicina.

Sé que nunca me ha gustado tanto y la formación es de muchos años, pero vengo de una familia de médicos y…

Luca empezó a sacudir la cabeza. No quise ni ver su expresión.

—Y eso no importa, porque a ti te gusta leer, escribir y todo aquello que tiene que ver con las letras.

—Me interrumpió con contrariedad—. No deberías siquiera considerar una opción distinta.

A ti no te gustan los hospitales y tampoco sueñas con vestirte de blanco el resto de tu vida.

Estoy seguro de que ni siquiera te lo imaginas.

—Aún sigue siendo una opción. No está decidido.

Luca se levantó y se recargó en el barandal. Se rascó el cuello y luego metió las manos en los bolsillos de sus pantalones. Lanzó un suspiro tendido al mirarme, y me pareció ver en sus ojos un brillo de incomprensión.

—Pues espero que te lo pienses mejor. Aún tienes tiempo.

Miré hacia otro lado. No me gustó que fuera tan apremiante al respecto.

—En cuanto a lo otro, no… No salgo con nadie —confesé con simpleza—. Sí, sé que ya tengo diecisiete, y tú con diecinueve me superas en mil experiencias, pero no tengo prisa. De hecho, no tengo ninguna. Estoy concentrada en otras cosas.

Soné convincente. Creo que he mentido tanto en este tipo de asuntos que aunque Luca me conoce mejor que nadie y es capaz de traducir la mayoría de mis sentimientos, nunca duda ni un poco de las palabras que niegan lo que siento por él.

—No tengo tanta experiencia como crees —refutó.

Alcé una ceja y lo miré.

—Ya tuviste tu primera vez con Rachel.

Luca chasqueó la lengua.

—Y fue desastrosa para los dos —se burló. Después sacó las manos de los bolsillos y se cruzó de brazos—. Pero me alegra que no tengas ligues.

—¿Por qué?

Esbozó una sonrisa traviesa y supe que diría algún chiste.

—Porque me gustas mucho, Lizzy.

Pero no esperaba algo así. Creo que casi dejé de respirar. Y creo que él se asustó.

—Tranquila, es broma. Te has puesto como un fantasma.

—Es que eso sería muy raro.

Al final cambiamos de tema, aunque la sensación que siguió recorriendo mi cuerpo fue como un baño de tristeza tan agudo que a pesar de que traté de ignorarlo, no me soltó hasta después de despedirnos en el porche. Se quedó conmigo. Aún lo siento.

27 de julio de 2016

Querida Holly:

He terminado de escribir mi cuarta novela.

Para celebrarlo, Luca me invitó a comer a mi segundo restaurante favorito —el primero es el de su familia—: Mama's Fish House.

El lugar me encanta por su sabor y sus paradisíacas vistas al mar.

Y bueno, como casi siempre, ambos pedimos lo mismo: mahimahi relleno de cangrejo y horneado en hojas de plátano.

Lo pasamos bien. Hablamos un poco de su vida universitaria, lo seria que parece ir la relación entre Kai y Anela e incluso de algunos ligues de Manu, quien ha salido mucho más coqueto que Kai y el propio Luca.

Claro, solo porque él sigue insistiendo en que no ha conocido a ninguna chica por la que sienta un interés profundo.

—Oliver me ha dicho que le has estado llevando galletas de chocolate, sus favoritas, casi todos los días desde que acompañas a Henry a las noches de cartas y ajedrez.

—Luca rompió el silencio que se había creado entre nosotros mientras contemplábamos el océano.

Luego de comer, es casi indispensable—. Bueno, sé que es tan amigo tuyo como mío y no quiero ser entrometido.

Tal vez no debería sorprenderme que hagas algo así por Oliver porque él no la está pasando muy bien, pero me preguntaba si acaso tú…

—¿Estás sugiriendo que Oliver me gusta? —interrumpí.

Giré el rostro con las cejas alzadas.

Luca se rascó el cuello, avergonzado.

—No exactamente.

—Sí, eso estás diciendo.

Soltó una risa breve y plana.

—Bien, quizás un poco.

Luca siguió observando las aguas azules.

Mientras tanto, yo me permití estudiarlo con muy poco disimulo.

Intenté hallar algo, lo que fuera, pero fue imposible.

Su expresión se hizo tan imperturbable que no pude adivinar lo que estaba pensando.

Cuando Luca se lo propone, puede ser tan misterioso como un búho en la noche.

—No, Oliver nunca me ha gustado, ni ahora ni antes.

Pero es cierto que ha pasado por cosas duras, todos lo sabemos, y yo solo estoy haciendo como amiga lo mínimo que puedo hacer por él mientras estoy aquí.

Tú también lo has estado apoyando en todo este verano, lo he visto, así que me extraña que ahora pienses que…

—Sí, he sido un poco tonto. Mejor olvídalo.

No volvió a sacar el tema.

05 de agosto de 2016

Querida Holly:

Henry me ha dicho que no me deje presionar por mi madre ni por nadie, que trate de elegir por mí misma y que pase lo que pase, siempre contaré con su apoyo.

Y bueno, sí que me sentí mejor con sus palabras, pero aun así mi panorama sigue siendo el mismo.

Ya decidí entrar a la carrera de Biología y luego podré ir a la escuela de Medicina.

Ese camino es el más seguro y aprobado por todos.

Intenté explicarme, ya sabes, pero sus últimas palabras fueron las siguientes: «Podría aconsejarte, pero yo estoy en un punto en el que he aprendido muchas cosas por todos los tropiezos que he tenido, y tú apenas estás iniciando tu vida.

No puedo conducir tu camino, hija. Tampoco salvarte de los baches o las desviaciones.

Solo te diré que lo único importante es que tú seas feliz y que nunca te rindas; sobre todo, que nunca dejes de ser tú. Eso es lo que te hace especial».

10 de agosto de 2016

Querida Holly:

Siento nostalgia. El tiempo pasa y nunca regresa.

Luca ya lleva viviendo un año en Honolulu.

Kai y Anela probablemente se casen pronto y los amigos del pueblo, como Dylan, Cameron, Sky y Rachel, ya son prácticamente unos desconocidos: los primeros se alejaron desde hace tiempo, y las segundas deben haberse marchado a algún campamento lejano porque en este verano no nos las hemos cruzado.

Ahora solo quedamos nosotros. Los de siempre.

12 de agosto de 2016

Querida Holly:

Hoy subimos a la cima del Haleakalā. Fuimos Manu, Luca, Keanu, Martha y yo.

La historia de los padres de Luca siempre me ha conmovido porque ambos se eligieron por encima de lo que quizá estaba destinado para ellos.

Keanu creció en Honolulu junto a sus padres y su hermano Elikai; luego se desplazó a Paia para fundar su propio restaurante y, en un encuentro de tantos con turistas, conoció a Martha, que venía de Miami y estaba en plena desesperación por no saber qué rumbo tomar en la vida al ser hija única y tener miedo de decepcionar a sus padres.

Ella no sabía que le apasionaban la cocina y la vida isleña hasta que conoció Paia y se enamoró del pescado fresco, las playas y la tradición hawaiana.

Solo regresó a Florida para dar la noticia de que se casaría y se instalaría en un pequeño pueblo de Maui para siempre.

Keanu, entonces, ya no aceptó la propuesta que Elikai le hizo en su momento sobre regresar a Honolulu y juntos fundar más restaurantes en la capital.

—Ellos se enamoran todos los días.

—¿Cómo es eso?

Luca tomó un sorbo de café. Yo también bebí del mío.

El amanecer estaba a punto de comenzar, pero nosotros estábamos más pendientes del abrazo y las miradas entre sus padres —a unos cuantos metros de nosotros— que de los colores que empezaban a surcar el cielo azul oscuro.

Manu estaba sentado un poco más a lo lejos, con sus audífonos puestos, admirando la belleza.

—Aunque los dos se conocen perfectamente y saben bien lo que al otro le gusta o le disgusta, siempre hay algo nuevo que van descubriendo sobre ellos mismos.

—Luca sonrió con ternura—. Te voy a explicar una situación: mi papá hace poco se empezó a hacer fan de Elvis Presley, luego de haber dicho siempre que Pat Boone es mejor, y mamá, desde que vio por pura casualidad un clip de una película de los sesenta en donde sale Alain Delon, se ha vuelto admiradora de ese actor francés.

Que no me sorprende, me lo enseñó y el tipo es muy guapo, como uno de esos príncipes de cuentos.

Me reí entre dientes.

—Creo que lo ubico. Mi abuela también es una gran admiradora —dije con gracia y, por puro impulso, alcé la mano protegida por el guante y le acaricié el rostro con una sonrisa divertida—. De hecho, ahora que te veo bien, me parece que tienes algo de parecido con él.

Luca alzó una ceja. Yo bajé la mano.

—En fin, lo que quería decir es que mi madre le ha regalado a mi padre una colección original de vinilos de Elvis, y él se ha encargado de conseguirle a ella todas las películas de su peor enemigo en un formato de bastante calidad.

—¿Te digo la verdad?

Luca frunció el ceño.

—¿La verdad de qué?

—Tú eres más guapo que ese actor francés.

Sí, le dije eso. Yo le dije eso.