Lo que se rompió en aquel verano 84Lizzy
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Lizzy

Es una hora mágica. Minutos de paz y esperanza. Por lo que se fue y lo que vendrá.

No podría terminar de enumerar jamás todas las razones por las que siempre he adorado contemplar los atardeceres.

Sobre todo, los que acontecen en mi isla favorita, en medio del mar.

Por ello no es extraño que me haya sentido extasiada al comprobar que en efecto, disfrutaríamos de un paseo marítimo.

Sí, ya lo esperaba, pero eso no quita el hecho de que haya sentido un vuelco en el estómago cuando Luca tomó mi mano para ayudarme a subir por la pequeña pasarela y comprendí que esto es distinto.

Quizá me estoy equivocando, pero no puedo ignorar la sensación de que estamos en el punto crucial de una cuerda floja, como si el peso estuviera a punto de caer de un solo lado.

Hay algo debajo de la superficie, en el fondo de nuestros ojos que necesita con urgencia ser revelado.

Ahora mismo, mientras el lujoso catamarán de vela surca las plácidas aguas del océano Pacífico y los pupus y la música de espíritu isleño inundan la embarcación, Luca y yo hemos encontrado en la cubierta un sitio apartado del resto, mientras bebemos vino en dos copas de cristal y vemos el sol empezar a caer en el horizonte anaranjado, plagado de nubes dibujadas como a carboncillo.

Tras poco más de una hora en la que hemos disfrutado del ajetreo en la cabina e incluso hemos bailado un poco entre los pequeños grupos de gente, nos hemos relajado, aunque la tensión en mi vientre no se ha disipado.

La atmósfera entre nosotros sigue cargada de una incertidumbre que cada segundo se hace más grande.

Apoyados en la barandilla, entre murmullos y el eco de la música del interior, el color dorado del atardecer se refleja en el mar y crea en su faz destellos desperdigados como lo hacen las estrellas en un firmamento oscuro.

El viento despeina el cabello de Luca, pero al igual que a mí, parece no importarle.

La brisa marina se respira fresca, aunque aún sigo sin necesitar el suéter que he dejado arrugado en un asiento de la cubierta.

—¿Recuerdas cuando veíamos juntos los atardeceres en la bahía de Paia y te preguntabas si amanecería al día siguiente?

Te daba miedo que la oscuridad, de pronto tan real, no fuera a desaparecer nunca —murmura a mi lado con un dejo reflexivo y profundo—.

Pero al final siempre salía el sol. Entonces me decías que teníamos otro día para divertirnos y que lo aprovecháramos. Que quizás algún día sería el último.

—Sí que lo recuerdo —me río al pensar en la inocencia de la infancia—.

Pero creo que no lo decía tanto en el sentido de que tú o yo pudiéramos dejar de existir.

En mi pequeño mundo éramos inmortales y no existía la muerte.

En realidad, tenía un miedo literal. Tenía miedo de que la noche se hiciera eterna y nunca más saliera el sol.

Luca guarda silencio. El sabor salado del mar nos arropa.

Me siento libre, como una paloma, de pronto desprendida de un peso oculto.

No lo puedo identificar, pero siento cómo algo se abre en lo profundo y me encuentro con un fuego arrasador, ahí donde nunca he dejado entrar al amor.

La parte donde supongo habita la sensibilidad.

Para mí, en realidad, no solo se trata de todo lo que puede brillar en el exterior, sino de la intensidad con la que puedo sentir y sufrir.

Lo letal que puede resultar una lágrima o un gesto indiferente en un rostro soñado. Un corazón roto. El abandono.

—Sí —susurra—, y yo, poco sensible y totalmente racional, me burlaba y decía que eso era imposible: que el sol siempre tenía que salir por la mañana —se ríe y luego lanza un suspiro—.

En fin, más tarde comprendí que aunque como dices no te referías a la muerte como tal y tu miedo se basaba en una fantasía, eso mismo te hacía ser consciente de algo que es muy importante y suele pasar desapercibido para la mayoría: querías aprovechar cada día para divertirnos porque en efecto, algún día podría ser el último.

Comienzo a sentir un nudo en la garganta. Las palmas de mis manos empiezan a cosquillear. Es un recuerdo muy lejano, nunca se lo dije a nadie. Ni siquiera lo escribí en mi diario. Pero tengo que decirlo:

—Y luego tú hiciste algo bonito por mí para mitigar ese miedo: me dibujaste el amanecer de un día y dijiste que, pasara lo que pasara, siempre estarías en él. Lo tuve unos cuantos días y luego lo perdí, pero aún recuerdo todos sus detalles.

No miro a Luca. Solo los colores bañados en oro a lo lejos que se difuminan entre las nubes y el astro luminoso que empieza a descender sobre la línea que divide el mundo y el más allá. Así me mantengo, hasta que entonces siento su penetrante estudio sobre mí.

—Te lo prometí, pero no lo cumplí —admite Luca con un suspiro triste—. Me escondí de ti… y ya no pudiste encontrarme.

Mi visión empieza a empañarse. Sé qué es lo que me está sacudiendo las entrañas, pero con toda la capacidad que he tenido siempre para no demostrarlo, atrapo las emociones en el centro de la garganta. Aunque queman tanto que no puedo evitar bajar las barreras.

—Y yo intenté borrarte, ya lo sabes.

Escucho cómo él inhala una bocanada de aire.

Ante eso, giro el rostro y me encuentro con sus ojos leoninos.

Su cabello, del color del sol menos brillante y más oscuro que ya empieza a ocultarse por la mitad, ajeno a nosotros, se revuelve en el marco de sus pómulos y todo lo que puedo percibir es su anhelada y angustiosa cercanía; su rostro desgarrado por una intensa vulnerabilidad; sus ojos bañados de pasión; su aliento y el aroma de su colonia mezclándose con la brisa húmeda del mar.

—Lizzy, esta vez no te estoy diciendo todo esto con el objetivo de hablar del pasado, pues hagamos lo que hagamos, es cierto que ya no podemos cambiarlo —suelta con desborde, y en silencio lo puedo sentir antes de que lo pronuncie.

Siempre ha estado allí, y le he llamado de mil maneras equivocadas—.

Es más, ni siquiera lo pretendería, porque no podría haberlo evitado nunca: ni la muerte de mis padres, ni nuestro distanciamiento, ni…

mi gran amor por ti. —Mi corazón sufre un espasmo.

Mis latidos se aceleran como lo hace mi respiración, como tiemblan mis labios, con la misma vivacidad con la que de pronto me cuesta respirar.

Pero lo estoy mirando en carne y hueso y sé que no está siendo un sueño—.

Lizzy, te quería hablar de ese preciso recuerdo porque siempre he dicho algunas cosas mucho más en serio de lo que jamás podrías haberte imaginado.

—Sus palabras me atacan, una por una—. Incluso cuando éramos niños y sin saber lo que significaba el amor, sabía que tú eras la única persona que siempre querría que estuviera en todos los amaneceres de mi vida.

—No hay mentira en sus ojos, solo una ventana abierta—.

Cuando dibujé ese amanecer, en realidad no lo hice tratando de consolarte con la idea de que yo estaría allí siempre, porque mi voluntad estaba asegurada.

En realidad necesitaba que tú también me quisieras imaginar a tu lado y que nunca me olvidaras.

Porque sí, entonces quería divertirme contigo todos los días de mi vida, y luego quise que siempre fueras mi mejor amiga, y luego…

Luego me di cuenta de que jamás podría amar a nadie como te he amado a ti desde el primer día que te vi en el restaurante de mis padres: distraída, inteligente y bellísima como un fantasma por tus ojos grises y tu piel pálida.

Cuando sin saberlo mi mundo nunca más fue el mismo.

No estoy pensando. Solo estoy sintiendo. Es como un río que deja de tener miedo y se une al océano, solo para descubrir que esa inmensidad siempre fue suya. Es casi doloroso, porque no solo estoy recibiendo el vendaval de sus sentimientos, sino también los propios.

Dejo de apoyar los brazos en la barandilla y, aún recargada en el metal con los hombros dirigidos hacia él, los dejo caer a mis costados en un gesto de total rendición. ¿Cómo voy a detenerlo ahora que se ha abierto esta fuga?

Luca alza una mano con lentitud, pero cuando acaricia mi mejilla solo ocurren destellos de fuegos artificiales como un eco, porque lo que inunda mi ser es la calma de haber llegado a mi hogar y entrar por la puerta en lugar de asomarme tan solo por una rendija.

—No puedo recordar cuántas veces intenté decirte que te amaba, y no solo de la manera en la que siempre te lo he demostrado —continúa con el mismo sosiego del mar, pero el estallido en sus pupilas sigue latente.

No podemos dejar de mirarnos porque de pronto el mundo se reduce solo a nosotros—.

Siempre he estado irremediablemente enamorado de ti, Elizabeth Hall.

Porque sabes que nunca he estado seguro de nada en la vida, ni siquiera de mis propias convicciones, pero de lo que jamás he dudado es del hecho de que amo el mundo solo porque tú estás en él.

Y cuando el miedo me hizo alejarme, también lo hice de mí mismo.

No puedo pensar en el amor ni en la dicha sin imaginar tu rostro, Lizzy.

Mi propia historia no podría contarse sin mencionarte a ti.

Creo que estoy llorando. La única pista que tengo de ello es que Luca ha secado con su pulgar una lágrima antes de que él mismo me acomode un mechón revuelto por el viento por detrás de la oreja.

A nuestro alrededor, las fotografías, las sonrisas y los abrazos abundan, pero no puedo ser capaz de mirar más allá de su presencia.

—Y lo siento muchísimo. Porque sé que lo estoy cambiando todo entre nosotros, porque sé que quizás es demasiado tarde, porque sé que me he equivocado mil veces cuando te he hecho creer durante años que nunca he pensado en ti de esta manera.

Podría echarle la culpa a cualquier cosa, pero ya no importa.

No puedo volver a ese último verano y decirte que ese beso nunca fue para mí una de esas cosas que pasan.

No sentí eso en absoluto. Porque ese fue el instante más mágico y feliz de toda mi jodida adolescencia.

No sé qué es lo que ve en mis ojos. Pero una sonrisa triste se dibuja en su rostro.

—Lo sé, siempre te he dado muchas razones para sembrar dudas de todo esto que te estoy confesando ahora.

—Deja caer la mano y nos quedamos frente a frente, sin rozarnos, con el fuego arropándonos la piel—.

Pero tienes que saber que mis sentimientos siempre han sido los mismos y que cada vez que te hice pensar lo contrario sufrí por ello.

Lizzy, no estoy haciendo esto porque terminé con Blair o porque me sienta solo, y sé que no es sencillo de digerir, pero necesitaba ser sincero porque ya no quiero seguir aceptando lo que nunca he anhelado.

Quiero dirigir mi vida, y si aún puedo luchar contra el miedo de perder todo lo que amo en un segundo y ser vulnerable de nuevo, entonces estoy dispuesto a hacerlo por ti.

Entonces Luca da un paso hacia adelante.

La brisa aún ondea con suavidad mi vestido.

Su expresión es apacible y a la vez está crispada de mil emociones.

Me alza el mentón con suavidad y hace que nuestros rostros se queden bastante cerca.

Puedo sentir que tiemblo, pero también que estoy fuera de órbita, porque mi mente está casi colapsando.

—Así que si es que también sientes un poco de esto por mí, entonces ya no me interesa no estar seguro de cuánto podría doler ser feliz otra vez.

Esa incertidumbre ya no me da tanto miedo como la idea de imaginar un día más callando lo que siento por ti.

—Su cabello dorado se sacude con el viento.

Su piel bronceada brilla bajo la cálida y desvanecida luz del atardecer que se cuela por cada rincón del buque.

Sus ojos verdes lucen devastados y enteros, como si algo de él mismo estuviera cayendo al abismo.

Yo, en tanto, sigo sujetándome al borde del acantilado—. Pero si no es así…

Algo en mí cobra vida.

—Luca, yo te creo, te creo en absoluto —lo interrumpo con la voz temblorosa—. No me preguntes cómo, pero creo que siempre lo he sabido y quisiera creer que pese a todo, tú también. Porque mis sentimientos nunca han diferido de los tuyos. Nunca han sido distintos.

Me estremezco. Luca sigue sujetándome el mentón con ternura y a la vez siento cómo su otra mano envuelve la línea de mi cintura y hace una ligera presión que parece aún contener. Todo lo que puedo ver es el derrame líquido de sus ojos que se entremezcla con el mío.

—Pero me has tomado desprevenida. No tengo idea de cómo hacer esto —confieso con un rastro de angustia—.

Porque estaba segura de que algo así entre nosotros nunca sucedería y ya me había resignado a tenerte de la manera en la que siempre te he tenido.

Porque siempre me ha dado pánico demostrar lo que siento.

La intensidad con la que vivo los días a tu lado.

Luca, ni siquiera sé cuándo comenzó, solo sé que ya me sentía así por ti antes de que pudiera entenderlo. Siempre has sido tú. Siempre serás tú.

La brisa fresca nos envuelve. Pero solo puedo sentir el calor de su cercanía.

Luca deja de sostener solo mi mentón, acuna mi rostro y, justo cuando mis manos reaccionan y se apoyan trémulas en su pecho antes de que alce los brazos y rodee su cuello, me atrae con apremio hacia él, aferrándome de la cintura.

No dejamos de mirarnos en ningún instante y solo vemos reflejado en las pupilas del otro la misma urgencia.

—Lizzy, yo… —Su voz es un suspiro ronco. Se humedece los labios y algo se agita.

Él inclina el rostro y luego lo siento. El suave contacto de sus labios sobre los míos se percibe frío y duro en un primer instante, casi imperceptible, pero antes de que Luca pueda dudar de mi reacción, mi sangre caliente toma el control de mis impulsos.

Le devuelvo el beso con frenesí y entierro los dedos en el cabello de su nuca con ansia mientras dejo que las lágrimas se deslicen por mis mejillas, la oscuridad me consuma y él hunda la mano en mi cuello con vigor, y tan solo sean las sensaciones destellantes las que me recuerden que sigo con vida.

Luca se apropia de cada recoveco de mi boca y de las curvas de mi cuerpo por encima de la tela de mi vestido en tanto me pierdo en su aroma.

El atardecer se acaba y se lleva otro día más. Pero el final nunca se había sentido tan cálido y reconfortante. Porque este crepúsculo es diferente. Brilla mucho más que cualquier otro.