Lo que se rompió en aquel verano 83Luca
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Luca

Tuve una conversación con Manu, una de esas que son cruciales y determinantes.

Ayer por la noche en Kihei salí a comprar suministros tras haber dejado a Lizzy escribiendo en el balcón de la cabaña, acompañada del mar y una taza de café.

Fue presa de uno de esos arranques incontrolables de inspiración y no quise interrumpirla.

Aunque en realidad, yo necesitaba pensar con claridad o estaba seguro de que cometería una locura.

Casi no pude contenerme en la cima del Haleakala, cuando estuve a punto de besarla y confesarle allí mismo lo que ha estado atascado en mi garganta y en el centro de mi pecho como un alfiler durante años: que en nuestro último verano mentí por completo; que entonces no fui capaz de ser sincero y, ante su indiferencia al respecto, preferí tomar la misma postura.

Lo relegué a «cosas que pasan». Por ego, orgullo, qué sé yo.

Pero ahora comprendo que fue un error, que debí exteriorizarlo.

Quizá entonces las cosas entre nosotros habrían sido diferentes.

Aunque es absurdo pensar en esto ya, ¿no?

El pasado no se puede cambiar y perdería el tiempo lamentándome por ello.

Aquí lo que importa es el futuro. Sobre todo, el presente.

¿Qué voy a elegir? ¿Qué es peor y qué es mejor?

He estado pensando en las variantes de esas preguntas, formuladas ayer por Manu, durante prácticamente todo el día, que al menos ha sido lo suficientemente distractor: por primera vez, Lizzy y yo hicimos esnórquel en el cráter del antiguo volcán parcialmente sumergido más famoso de Maui, el Molokini.

Antes de llegar al cráter en medio del océano, el equipo contratado nos ofreció un ligero desayuno de frutas y café.

Luego nos detuvimos en una cala de tortugas donde vimos al menos una docena.

Pude fotografiarlas gracias a la funda impermeable que compré en el camino.

Más tarde, bajo un sol intenso y una apacible serenidad, disfrutamos por un largo rato de las aguas cálidas, casi transparentes y poco profundas cercanas al cráter.

Lizzy y yo fuimos testigos de un mundo escondido y vivo en el fondo del mar.

No sé cuántas veces le tomé la mano, cuántas veces le hice fotografías, cuántas veces le sonreí como un tonto.

Aun ahora, mientras ella se termina de alistar en la habitación —que solo ella ha ocupado, pues yo he dormido en el sofá cama— y yo la espero sentado en la silla de madera del balcón, bajo un cielo despejado con menos sol que el de hace unas horas, sigo preso de todo lo que se desbordó en mí tras la conversación de anoche con Manu.

Tamborileo sin cesar con los dedos sobre la mesa. El viernes no ha terminado y me temo que no lo hará como los últimos días, por mi debilidad, por mi exaltación. Lo percibo.

Manu, cuando quiere, puede ser muy delatador.

Por un lado, el miedo presenta un escenario muy específico: si, por alguna extraordinaria razón, Lizzy me correspondiera y todo se acomodara a nuestro favor, podríamos estar juntos, nos amaríamos y nos sobrepondríamos a cualquier dificultad para compartir nuestras vidas; sin embargo, cabe la posibilidad de que algo fatal ocurra y, en un parpadeo, toda la felicidad se esfume.

Porque así es la vida: una lucha constante en la que nunca terminas de poseer nada, y si de nuevo me toca perder, estoy seguro de que no lo soportaría.

No podría vivirlo por segunda vez. Me destruiría.

Por otra parte, está el escenario de la resignación: si nunca le confieso mis sentimientos y me lo callo para siempre, vuelvo a mi rutina y Lizzy sigue con su vida, aunque siempre paralela a la mía, construirá su futuro, y quizá más pronto que tarde.

Se enamorará, se casará y compartirá sus sueños con cualquier otro.

Por supuesto, seguiré siendo su mejor amigo, a quien verá de vez en cuando y con quien seguirá compartiendo anécdotas y momentos.

Pero nada más. Ella será, con alguien más, todo lo que podría haber sido conmigo.

Porque pasará. ¿Y entonces? ¿Podré no arrepentirme cuando lo tenga frente a mis ojos?

Aunque por supuesto, hay otro más: su absoluto rechazo. Lizzy nunca ha puesto en palabras la confirmación de que nosotros podríamos ser algo más de lo que siempre hemos sido. Pero si me fijo en los detalles, en las sensaciones…

Saco el aire con fuerza por la nariz. Cierro los ojos y apoyo la cabeza entre las manos.

Las palabras de Manu resuenan en mis oídos: «Tienes miedo de la vida, Luca, pero olvidas que la vida está pasando justo ahora y no hay manera de ponerla en reversa.

Sé que temes perder a quienes amas, pero hagas lo que hagas, tu control no impedirá lo que pueda ocurrir.

¿Entiendes a lo que me refiero? Papá decía que la felicidad se encuentra cuando vives sin pensar en cómo terminará tu vida.

Porque después de todo, no se trata del final, sino de todo lo que pasa en el medio.

Y él fue feliz con mamá, estoy seguro de eso, de que fueron felices juntos.

Tal vez no soy el mejor para estar diciéndote esto —añadió—, porque yo también tengo mis propios líos, pero vamos, quiero que veas el panorama desde otra perspectiva.

Y piénsalo bien: ahora mismo tienes veintiséis años, pero algún día tendrás cincuenta y cinco y entonces quizá sea demasiado tarde para revertir las cosas.

Si vas a actuar, tienes que hacerlo ahora. No hay otro momento mejor».

—¿Luca?

Alzo la vista de inmediato.

Lizzy aparece en el umbral de la entrada de la cabaña y, como si se tratara de un elemento más de la propia naturaleza, su presencia brilla con el fulgor del atardecer y destaca como las flores del jardín.

Sus ojos grises me sonríen, con una mezcla de incertidumbre y seguridad, pero yo solo atino a mirarla con asombro.

Lleva un vestido azul pálido, de tirantes, estampado con elementos tropicales que se ciñe a su cintura y cae con gracia sobre sus caderas hasta rozar sus rodillas.

Sus zapatillas deportivas y un suéter blanco doblado en su brazo completan un atuendo casual que resalta su belleza natural.

—Estoy lista, ¿y tú?

Me levanto con torpeza.

—Ya estaba esperándote —sonrío. Me revuelvo el cabello—. Te ves hermosa, Lizzy. Es decir, siempre lo eres, pero ese color te queda realmente bien.

¿Podría tan solo callarme?

Ella se ríe entre dientes. Baja los escalones sin esperarme y yo la sigo.

—Bien, ¿ahora me dirás a dónde vamos? —pregunta con tono ligero, sencillo, como si esto fuera un paseo más, justo como hasta ahora lo ha sido todo.

Pero ambos sabemos que no lo es. No esta vez.

Yo soy un chico, ella es una chica, y he reservado en un jodido catamarán para que veamos juntos el atardecer—.

Me dijiste que me pusiera algo fresco, pero que también llevara abrigo.

Creo que es bastante obvio, aunque fingiré que no te conozco tanto para sorprenderme un poco más, ¿de acuerdo?

—Chica complicada —digo divertido. Una sonrisa abierta se pinta en mi cara.

Le abro la puerta de la Volkswagen por inercia y de inmediato me doy cuenta de que no suelo hacer estas cosas. No es un gesto habitual en nuestra relación y ahora se ha tratado de mi primer impulso. Sé muy bien lo que trato de ignorar. Esto es distinto.

Ha sido evidente desde el momento en el que le dije que le tenía una sorpresa al atardecer, desde que puse especial atención en mi aspecto para esta noche y ahora, en la manera en la que ambos actuamos mientras la combi avanza en dirección al puerto de Maalaea.

No hablamos mucho; en su lugar, dejamos que las notas de «Young and Beautiful» llenen el espacio en la cabina.

El viento entra por las ventanillas abiertas, despeina mi cabello sobre mis hombros y el de Lizzy también, pero ella simplemente cierra los ojos y se concentra en disfrutar la caricia. Esta vez no sube los pies al tablero.

Cada segundo, algo se intensifica más. El silencio se alimenta de ello.

Solo hasta que llegamos al puerto, estacionamos la combi y nos acercamos a registrar la reservación, siento cómo mi sistema se relaja.

Lizzy sonríe con más confianza, como si su mente ya no estuviera atascada de incertidumbres.

Pero aunque trata de ocultarlo, es evidente en el brillo de sus ojos que se pregunta de qué va todo esto.

Por qué estoy haciendo esto. Bueno, yo también voy a descubrirlo.

En el muelle, mientras esperamos la embarcación, nos recargamos en una baranda oxidada de metal que deja ver algunos barcos flotando sobre la bahía tranquila y las montañas que nos rodean en el oeste de Maui.

El aire es fresco y ventoso, no demasiado húmedo, pero a poco más de las cinco de la tarde, los rayos del sol siguen siendo algo agresivos.

Por eso Lizzy ha bajado la sombrilla que guardábamos en el camper .

Aunque por supuesto, soy yo quien la sostiene, porque soy el más alto.

—¿Quieres saber mi opinión?

Ella atrae toda mi atención.

—¿Cómo? —vacilo.

Su vestido ondea sobre sus muslos, al igual que su cabello oscuro. Aunque a ella no parece incomodarle en absoluto, mucho menos importarle. Su aspecto salvaje y tierno al mismo tiempo me encanta. Lizzy suspira y, sin mirarme, con la vista fija a lo lejos, donde brilla la superficie del mar, dice:

—También te ves apuesto, y esto no es para inflar tu ego, pero tengo que admitir que el negro siempre me ha gustado en ti. Te luce bastante bien —luego se encoge de hombros—. Mira, ya deberíamos ir. Algunas personas ya se están formando.

Señala el movimiento a lo lejos con el índice y, antes de que pueda responder a lo que ha dicho, empieza a avanzar en esa dirección. Entonces solo atino a sonreír.