Lo que se rompió en aquel verano 82Lizzy
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Lizzy

Los colores rojizos del horizonte, como venas, han empezado a crear un lienzo impresionante en el cielo azul colmado de la luz amarilla que baña las nubes blancas en el vacío.

Este sitio, a esta hora, te recuerda el privilegio de estar vivo.

La belleza del mundo en todo su esplendor, aquí mismo, no solo significa un instante imperdible de capturar, sino también la inmensidad de una gran calma.

En esta cima la vida se hace más liviana y la mayoría de las cosas dejan de importar demasiado.

—¿No vas a tomar fotografías?

—No, creo que esta vez me apetece guardar los recuerdos solo en mi memoria —contesta Luca en un susurro a mi lado—. Pero por lo visto, tú tampoco vas a escribir nada.

Dejo la libreta a mi costado junto con el bolígrafo y luego recuesto la cabeza sobre la curva de su hombro.

Escondo las manos en mi vientre, por debajo de la manta, y me quedo así, sin decir nada más.

Entonces Luca pasa un brazo por mis hombros con firmeza y me acerca un poco más a él.

Los dos observamos el acontecimiento de otro amanecer.

—Algunas cosas no se pueden explicar con palabras —digo con la mirada perdida en los colores suaves que nos arropan—. Solo se pueden sentir. Como ahora. Tú y yo. Aquí.

La curvatura del sol se asoma a lo lejos y, a su alrededor, se expande una luz incandescente que crea lazos luminosos entre las nubes y los confines del horizonte.

Poco a poco, con cada respiración, la bola de fuego termina por mostrarse en su completitud y baña al mundo de un nuevo día.

Uno más que marcará el inicio o el final de tantas cosas como la cantidad de personas sobre la faz de la Tierra.

—Es extraño, ¿sabes?

—¿El qué? —murmuro.

Me concentro en la mezcla transitoria de colores.

—Cómo es que ahora mismo puedo sentir que nada importa demasiado, pero a la vez, siento todo el peso de la confusión que siempre ha contenido mi vida —confiesa Luca con un hilo de voz que se pierde entre murmullos ajenos y el soplo del viento—.

No sé quién soy o quién debería ser. A veces siento que nunca lo sabré.

El calor nace de algún punto de mis entrañas.

—Luca, tú siempre has dicho que nunca has sabido quién eres, pero yo solo veo a alguien que aún sigue conociéndose y descubriéndose a sí mismo —digo sin ningún aire de duda—.

Creo que no siempre se trata de buscar una definición propia e inalterable, sino de sentirnos bien con todo lo que podemos ser.

Supongo que algunas personas escapan a los moldes, como tú, y eso no tiene por qué ser algo malo.

Luca aguarda un largo instante.

—Resulta mejor verlo así —afirma con calidez—.

Aunque ¿sabes qué? Es cierto que puedo sentirme de muchas maneras, como una infinidad de partes que nunca puedo encajar del todo, pero lo que siempre permanece igual es lo que yo siento cuando tú estás cerca.

Eso es algo inalterable, como un cimiento en arena movediza.

—¿Y qué es lo que sientes?

—Que el mundo es mejor.