81Luca
Luca
Creo que lo he asimilado. Hay cosas que nunca sucederán.
Pero aceptarlo no significa que no duela.
Lo hace, sobre todo, cuando tengo las variantes en mis propias manos; cuando, quizá, podría cambiar el curso de la historia con una sola decisión.
Entre la vida que algún día soñé y la que me resigno a vivir cada día hay millas de distancia y a la vez un solo suspiro.
La sensación es tan caótica como cuando pienso en quién se supone que soy: ¿lo que antes fui o lo que aún no descubro?
Nunca he podido encajar mis propias piezas en un molde porque no hay fundamento, no hay algo que orbite todo lo demás.
El agujero, sin embargo, ya es parte de mí.
Pienso en esto como un eco de lo que se derramó la última noche en mi almohada, en la que tardé en conciliar el sueño.
Kai vino a verme poco después de despedirme de Lizzy.
Nos tomamos un par de cervezas sentados en la sala mientras en la televisión se transmitía un programa de noticias.
Fue pura coincidencia, pues él solo venía por una herramienta y no pensó que ya hubiéramos regresado a Paia.
De modo que se quedó y aprovechamos para charlar un rato.
Por fortuna, aunque sé que lo pensó y quiso cuestionarlo, no preguntó si había pasado algo entre Lizzy y yo.
En su lugar, hablamos sobre los asuntos de la boda, las funciones del restaurante familiar, la mejoría de Manu, y al final sobre lo que pienso respecto a mi futuro inmediato ahora que mi relación con Blair se ha terminado y estoy experimentando el trabajo en línea.
Kai sugirió, como quien no quiere la cosa, que de tomar la decisión de no volver a Honolulu podría tener tiempo para ayudarle en el restaurante y además podría buscar otros trabajos relacionados con lo que me gusta hacer.
Sí, una parte de mí lo pudo imaginar, pero deseché la idea casi al instante.
Tal vez Kai pensó que me haría reflexionar. Pero no lo hizo. No pienso cambiar nada.
Le aclaré que no pienso arriesgar mi estabilidad y que como sea, para antes de septiembre tengo que regresar a mi vida normal.
Corté el tema y Kai prefirió no insistir.
Pero cuando se marchó y yo agoté un poco de tiempo para revisar y contestar la correspondencia con la oficina de trabajo, la visión que trazó se quedó flotando en mi pensamiento.
Le di más vueltas de lo normal y, cuando finalmente me acosté y traté de cerrar los ojos y poner la mente en blanco, caí en cuenta de que es más mi deseo de huir de Paia —ahora que Lizzy ha llegado para instalarse— que mi deseo real de retornar a mi vida en Honolulu.
—No dormiste muy bien, ¿verdad?
Las notas de «Photograph» suenan a bajo volumen en las bocinas del estéreo.
Lizzy, quien lleva los pies sobre el tablero y utiliza una manta gris para arroparse mientras la Volkswagen avanza por la sinuosa carretera que lleva hasta la cima del volcán Haleakala, interrumpe mis cavilaciones y vuelvo a hacerme consciente de su cercanía.
De su soñadora mirada que se pierde en la ventanilla mientras va anotando algo en su libreta.
Ha ido concentrada en sus propias ideas durante casi todo el trayecto, así que me sorprende un poco que se haya percatado de las veces que me he restregado los ojos o he tomado agua con más frecuencia de lo normal para mantenerme atento.
Conozco esta carretera como la palma de mi mano, pero aun así siempre requiere de toda mi lucidez mental.
—No mucho, pero sí lo suficiente —admito con culpabilidad y luego sonrío un poco—. Tranquila, ya estamos a punto de llegar y aún tengo suficientes fuerzas. No he envejecido tanto. Solo tengo veintiséis años.
La escucho reírse por lo bajo. Gira el rostro hacia mí y cierra la libreta.
—No debiste haberme hecho la cena, lo sabes.
—En realidad, fue culpa de Kai.
Entonces le relato la intervención nocturna de mi hermano en casa y me concentro en el camino lleno de curvas y acantilados, entre las montañas y las nubes que no se logran divisar por la oscuridad.
Poco después, llegamos al estacionamiento en la cumbre del Haleakala, en donde hemos reservado.
El amanecer está programado para acontecer en una hora, aunque el preludio es tan espectacular como el esplendor. Lizzy y yo lo sabemos de primera mano.
—Pues servido. Hemos llegado a la casa del sol sanos y salvos —anuncio con palpable emoción, nombrando el significado de Haleakala en hawaiano en cuanto apago el motor y la calefacción, antes de quitarnos los cinturones de seguridad—.
¿Estás lista? No te olvides de nada, porque si regresamos ya sabes que podríamos perder nuestro privilegiado lugar.
Lizzy se limita a asentir con una sonrisa antes de bajar los pies del tablero y humectarse los labios con un bálsamo.
Luego, en voz alta, menciona cada cosa que hemos de bajar: los abrigos, las mantas, los termos de café, mi cámara y su libreta con un bolígrafo.
Es una costumbre suya la de escribir algo mientras se alza el sol.
Cuando todo está listo y nos hemos puesto los guantes y los gorros, bajamos de la combi y el ambiente nos recibe con un latigazo gélido en cada ráfaga que rasguña nuestros rostros.
Casi me parece que estoy soñando con mucha viveza.
Una vez más, por encima de las nubes, estamos en la cima del volcán inactivo más grande del mundo, a poco más de tres mil metros sobre el nivel del mar.
El silencioso firmamento, salpicado por una lluvia de estrellas, libre de contaminación lumínica, recae sobre nosotros mientras ascendemos por la superficie desértica y árida en busca de un espacio bueno y seguro para dejar nuestras cosas, al igual que el resto de la gente que ya está por ahí plantada.
—Mira, Luca, ¡allá! —Lizzy se adelanta hacia un área más a la derecha, donde hay menos aglomeración. Sin protestar, me limito a seguirla mientras nos guiamos con la linterna del celular—. Sí, perfecto. Desde aquí se verá increíble.
El murmullo del viento es como un canto.
Nos instalamos en una punta terrosa rodeada de grandes piedras que a merced del abismo, nos permite contemplar el panorama desde donde saldrá el sol.
Tomamos asiento en cuclillas, casi pegados el uno al otro, aunque no se produce ningún contacto.
Nos cubrimos las piernas con las mantas, apagamos las linternas de los celulares y hacemos lo posible por soportar el frío, que está por debajo de los cinco grados a pesar de ser verano.
Es normal si consideramos que estamos en el punto más alto de la isla.
Y así, sin decir nada, nos mantenemos largos minutos —quizá diez, quince o veinte—, hasta que yo interrumpo la serenidad.
—Es genial, ¿no? —murmuro mientras sujeto el termo caliente con una mano y le doy un sorbo, al igual que Lizzy al suyo—. Una vez más, estamos aquí. En el lugar de siempre. En uno de nuestros sitios favoritos. —Giro el rostro y me encuentro con sus ojos—. Como era en casi cada verano —añado.
Lizzy me sonríe. Pero es apenas un gesto que enmascara lo que hay por debajo: el peso de los años, lo no dicho, la falta de certezas y la incertidumbre del futuro.
Un segundo después, ella vuelve la atención al frente, aunque yo la sigo observando con muy poco disimulo.
El cielo se vuelve cada vez menos oscuro.
Aun así, la oscuridad sigue siendo un refugio, y supongo que eso propicia mi atrevido y silencioso estudio sobre toda ella.
Su piel nívea enrojece un poco por el frío. El color se concentra en la punta de su nariz y las mejillas. El viento sopla con soltura, pero yo llevo el cabello atado en la nuca con una liga y Lizzy se ha hecho un moño alto, de modo que apenas nos molesta.
—Lizzy… —Trago saliva y respiro hondo, sujetando aún el termo en la mano—.
Creo que hay cosas que aún no hemos hablado, y supongo que debemos hacerlo.
Estos días se han sentido como antes de que todo empezara a cambiar, pero no podemos seguir siendo los mismos de siempre sin aclarar algunas cosas del pasado. No quiero que sea así.
Aunque voy a tragarme lo que siento y no voy a revelarlo, necesito despejar un poco el vacío que está allí, como una piedra en el zapato que no deja de molestar. Necesito sacar un poco de todo esto antes de que se agrande y termine convulsionando.
A mi lado, ella se tensa un poco. Se siente el cambio en la atmósfera fría.
—Ya me has dicho todo lo necesario —replica Lizzy con un dejo de inseguridad, o quizá me lo imagino—. Luca, son cosas que ya no podemos cambiar. Pero estamos aquí. Solo nos queda seguir adelante y superarlo.
Hay cierta defensa en sus palabras. Como si no quisiera rebuscar en el pasado. Pero no le doy tantas vueltas al asunto porque imagino la naturaleza de su reacción. Es preferible cubrir con una venda las heridas que ponerles el dedo encima.
—Lo sé, pero necesito explicarlo, y tú sabes lo mucho que me cuesta hablar sobre…
las cosas que son importantes —continúo con determinación, eligiendo con cuidado cada una de mis palabras—.
No te pido que tú lo hagas. Sé que te cuesta expresarte sin reparos, al menos con la mayoría, pero quiero que me escuches. Lo hago por nuestra amistad.
Lizzy le da otro pequeño sorbo a su café y, luego de relamerse los labios y dejar el termo a su costado libre, asiente despacio. Entrelaza las manos sobre las rodillas y suspira.
Vuelvo la mirada al frente y descubro que algunos trazos azules, más claros, empiezan a surcar el cielo como hilillos que se extienden desde todas las direcciones. La serie de nubes, por debajo de la cumbre, también comienza a ser más visible.
—Siempre he estado consciente de que la vida es un sueño fugaz y no algo permanente, pero nunca entendí la naturaleza de lo frágil que es la existencia hasta que ellos se fueron —empiezo con los ojos clavados en el horizonte.
Hay un aliento quebradizo en mi voz, como cada vez que vuelvo a las imágenes de aquel octubre, y aunque la tristeza ya no es un filo que me corta las venas, es una sombra, liviana y nunca desvanecida—.
No estaba preparado para vivirlo. No creo que nadie lo esté nunca, pero sucedió tan rápido como se termina un día, como este amanecer que está a punto de nacer.
Me di cuenta de que toda tu vida puede cambiar en un instante.
Pero sobre todo, comprendí hasta entonces lo inmensamente feliz que era sin siquiera saberlo, sin darle tanta importancia —digo en una confesión tan transparente como espeluznante—.
Luego del accidente, esa idea de que entre más feliz soy más sufriré comenzó a llenar cada uno de mis días. Creo que ahí nació el miedo.
Siento que me deshago de algunas capas, en silencio y por cuenta propia, pero no resulta tan doloroso como pensaba. Experimento un sentimiento más o menos liberador.
—Supongo que empecé a tener miedo de todo lo que me hacía feliz, Lizzy —reconozco en un susurro antes de girar el rostro y descubrir que ella mira con fijeza la superficie rojiza que pisamos—.
Aún tengo miedo de perder más de lo que estoy dispuesto a soportar.
Creo que por eso me volví algo inaccesible con los demás, no solo contigo, también con mis hermanos e incluso…
con Blair, a quien conocí en medio de todo esto y vi en ella una especie de soporte.
Al menos al principio, porque en realidad nunca se sintió suficiente.
Comenzó a ser así con todas las personas que me rodeaban y, sobre todo, con las que siempre han sido más importantes para mí.
—El aire resulta denso para mis pulmones.
Porque hay desborde y, al mismo tiempo, cerraduras—.
No quiero justificar mi actuar, mi silencio, mi distancia, mi desaparición.
—Sujeto el termo de café con más fuerza y luego lo dejo en el costado que no se interpone entre nosotros—.
Pero quiero que sepas que nunca fue indiferencia, falta de cariño o cualquier cosa que te hayas podido imaginar, y con toda razón.
En realidad, nunca hubo un día que no te recordara, que no te echara de menos o que no quisiera llamarte y escuchar tu voz.
Y lo lamento muchísimo, no te imaginas cuánto, porque creí que así sería más sencillo.
Pero fui cobarde y egoísta. La verdad es que te lastimé y…
ya no puedo volver atrás. Por todo eso te pido perdón. No fue justo para ti. Tampoco para mí.
Sus labios se entreabren y como que tiemblan.
Entonces, mientras a nuestro alrededor la claridad cada vez es más relevante y las nubes ocultan la cresta de las prominencias que nos circundan y se figuran más profusas y blancas por debajo de nosotros, Lizzy alza la mirada y sus ojos grises brillan acuosos.
Una franja amarilla y anaranjada, con tonos púrpuras, comienza a extenderse en el horizonte.
En este momento empezaría a tomar fotografías, pero ahora mismo me da exactamente igual.
—Pero es cierto que yo no hice las cosas mucho mejor que tú, Luca —susurra con la voz bajita, casi trémula—.
Aunque debí no te busqué, porque mi ego y mi orgullo tuvieron más peso.
Pensé que si había dejado de ser importante para ti, tú también debías dejar de serlo para mí.
No consideré la naturaleza de las cosas, aunque en el fondo creo que lo sabía.
Por eso intenté borrarte, como lo hice conmigo misma.
Yo también fui cobarde y egoísta —inhala hondo y añade en un susurro—: pero nunca lo logré. Nunca te dejé atrás.
Preso de una corriente que solo me insta a aferrar su cuello y besarla con frenesí, sin pensar en nada más, casi flaqueo ante el impulso, hasta que un grupo de personas pasa a nuestras espaldas y el grito de asombro de un niño me devuelve la cordura.
Aun así, no puedo contener el gesto de alzar la mano y, con la misma tela suave del guante que la enfunda, sostengo su mentón con torpeza y la obligo a mirarme.
Aprieto los dientes y contengo el desarme que me inunda las venas y lastima como púas.
No dejo de sostener su mirada.
—Yo tampoco lo hice, Lizzy.
No sé cómo, pero lo que callo lo expreso con los poros, las pupilas, mi propia respiración, y también entiendo que ella lo siente. Lo debe sentir porque lo leo en sus ojos grises.
Sin embargo, antes de que digamos algo más, rodeo sus hombros y la estrecho en un abrazo inesperado que la toma por sorpresa.
Lizzy, que al principio se pone rígida, se suelta en mi pecho y un segundo después me envuelve con el mismo ímpetu.
Percibo sus manos en mi espalda, su respiración en el cuello.
Cierro los ojos durante los segundos que dura nuestra unión.
El viento corta por el frío, pero un calor que nace en mi corazón se extiende tanto que es capaz de refugiar mi cuerpo y las piezas desordenadas.
—¿Siempre estaremos aquí?
Aún sujetándola, trago saliva y digo:
—Siempre que lo necesitemos.