80Lizzy
Lizzy
Los colores intensos que surcan el cielo de Paia han empezado a desvanecerse para darle paso al inicio del crepúsculo cuando Luca detiene la Volkswagen en nuestra calle, justo enfrente de su casa.
El aire húmedo y cálido entra por las ventanillas abiertas mientras «Gravity», de Coldplay, se reproduce en el estéreo.
Aunque he tratado de fingir que no me he dado cuenta, no me ha pasado desapercibido su aire pensativo, distante.
De hecho, el silencio que ahora mismo nos arropa está lleno de palabras que no se pronuncian.
La sensación resulta densa, vacía y fría.
Sí, podría insistir y forzar un poco las cosas, pero no es así como funciona.
En realidad, tengo miedo de pinchar donde no debo. Me sigo aferrando a las vestiduras.
Luca lanza un suspiro tendido.
Suelta las manos del volante y se acomoda el cabello largo.
Algunos mechones se escapan de sus orejas y enmarcan su rostro cuando voltea y me observa con unos ojos que han dejado atrás el rastro de lo que sea que los angustiaba.
Ahora mismo brillan con cierta dulzura. Me parece que se está esforzando.
—Supongo que tienes hambre, ¿verdad? —Luca rompe el silencio y una sonrisa lánguida se asoma en una comisura de sus labios—.
¿Quieres que prepare algo de cenar? Se nos han terminado los bocadillos, pero en casa tengo fruta y la alacena abastecida.
Puedo hacer poke o tus panqueques favoritos con piña y sirope de coco. No es muy tardado.
Su voz es profunda y clara. Sólida y sin fisuras.
—Gracias, pero… mañana saldremos a las tres de la madrugada —replico dubitativa—. Será mejor no alargar la noche. Hay que descansar bien. —Saco de la bolsa que está a mi costado dos paquetes de pan de plátano que compramos en el camino—. Con esto y una taza de café será más que suficiente.
—Bien, entonces te ayudaré con las maletas.
—De acuerdo.
En cuanto compruebo que Henry aún no ha llegado a la casa, me meto a la ducha caliente y no dejo que mis pensamientos avancen mucho más allá.
En su lugar, cuando me seco el cabello y me pongo el pijama, me siento en el escritorio y termino de detallar la escaleta que ya he concluido durante el trayecto de regreso a Paia, puesto que Luca no habló mucho y yo elegí, entonces, concentrarme en lo que puedo controlar.
Y ahora, cuando al fin las piezas encajan y todo entra en su molde, ahogo un gritito de éxtasis y me levanto de la silla para lanzarme feliz sobre las almohadas de la cama.
Caigo de espaldas y, sonriente, me quedo mirando el techo.
Siempre he sido una mezcla entre escritora de brújula y de mapa, porque cuando inicio nunca tengo todas las bases cimentadas, sino que las voy descubriendo.
De modo que cuando ya he avanzado un tanto, me pongo a perseguir esa lluvia mágica de ideas que pone en orden las piezas que he ido hallando en el camino.
Cuando ocurre, todo es fiesta y tan solo puedo pensar en transformar la visión en palabras.
El mundo se vuelve un poco más grande. También es una oportunidad para vivir y desplegar mis emociones dentro de una página en blanco; allí donde comulgo con mi ser y me protejo del peso del mundo.
Pienso detenidamente en que no sé cómo vivir fuera de mis ensoñaciones, lo que me lleva a pensar en las palabras de Luca: «Sientes demasiado y ves las cosas como si fueran más extraordinarias de lo que son, como si tuvieran algo oculto que los demás no podemos ver».
Y sí, me gusta mirar desde lo profundo, pero en la superficie todo cambia.
Me quedo paralizada porque no sé cómo no tener miedo de demostrar todo lo que hay en mi corazón.
La sensibilidad de algún modo es un arma de doble filo.
Me llamarían loca si me dejara ser como soy: quizá demasiado intensa, demasiado ilusa, demasiado torpe, demasiado todo.
Si expresara cómo siento las cosas a cada instante, no terminaría jamás de explicarlo.
Me asombro por la naturaleza, lloro por cuestiones absurdas y la mayoría de las cosas que hacen los adultos no me satisfacen, pero es cierto que el mundo exterior no necesita saber de poesía y simbolismos mágicos para funcionar con normalidad.
La vida no siempre es trascendental, casi nunca lo es.
Y ese es mi principal problema. Por eso solo puedo escribir.
Por eso las letras son escudo y refugio.
De otra forma, mi espíritu no podría soportarlo.
Reflexiono en cómo elijo mi sensibilidad como bandera de lo que soy y lo que tengo que hacer por encima de todo, de las expectativas y prejuicios, y en cómo también la escondo y me atemoriza para la vida misma: esa que sucede en el presente y no conlleva ensueños.
En el fondo, tanta sensibilidad crea una soledad inmensa, una profunda incomprensión, una sensación de volar en un cielo aparte.
Y supongo que también se trata de esto: miedo de que me abandonen o me rechacen si bajo todas las defensas.
De resultar demasiado ajena, distinta y compleja.
¿Me estoy diagnosticando? Tal vez sufro de delirios excesivos.
De pronto escucho ruidos y el murmullo de dos voces que provienen de la cocina; eso es lo que me hace salir de mi habitación. Al acercarme, las identifico de inmediato.
Me paso el cabello húmedo por detrás de las orejas antes de revelar mi presencia y encontrarme con Luca y mi padre, quienes en primera instancia charlan sobre cómo van las ventas en la boutique y lo bueno que está el pan de plátano que hemos traído de Hana.
Están por dar las siete de la noche. Pensaba en buscar algo ligero para comer y luego ir directamente a la cama, pero al parecer no hará falta que me moleste.
La mesa ya está puesta solo para dos. El olor a panqueques inunda cada rincón de la cocina.
Sé quién los hizo y aunque no debería parecerme tan extraño, la calidez me llena el corazón.
Henry avanza y me da un abrazo de bienvenida que correspondo con cariño, mientras que Luca se mantiene cerca de la encimera, con gesto vacilante y una mano dentro del bolsillo.
—Hola, cariño, ¿cómo estás? ¿Qué tal el viaje? —dice mi padre con tono suave antes de soltarme—. El muchacho me está contando que se lo pasaron genial, como ya suponía. Me alegra que hayan disfrutado y hayan regresado con bien.
—Oh, estoy perfecta, papá —murmuro con una sonrisa tímida. Pongo la atención en Luca y lo estudio un poco nerviosa—. Y sí, estuvo genial, muy divertido. De hecho, no tiene mucho que acabamos de llegar, te mandé mensaje.
—Lo leí, por eso me apuré en llegar.
Asiento y respiro con dificultad. Me empiezo a mordisquear una uña.
Es imposible que mi sistema no se altere cada vez que Luca está presente, incluso cuando acabo de pasar los últimos días a su lado a tiempo completo.
¿Se trata de un efecto inagotable? Lo que me salva, por fortuna, es que siempre parezco un poco despistada, y eso lo camufla un poco a los ojos de los demás.
—Pero mira lo que el muchacho nos ha traído para cenar —Henry señala la bandeja plateada que está en el centro de la mesa, cubierta por una servilleta de tela bordada con figuras de frutas—. Tus panqueques favoritos.
—Con piña y sirope de coco —añade Luca.
Sus ojos me encuentran y mis mejillas se calientan.
Desvío la mirada a la mesa y sacudo la cabeza.
—No debiste molestarte. Pero gracias… —murmuro con agradecimiento y algo más. Él no ha estado del todo bien durante este día por alguna razón, pero aun así ha hecho esto para mí. Y encima aún tendrá que ducharse antes de ir a la cama—. Huelen genial.
Henry, por su parte, arrastra una silla de la mesa para sentarse.
—Perdónenme chicos, pero muero de hambre.
Me río bajito y veo que Luca se concentra en mí.
—En realidad ha sido muy sencillo, cosa de nada. —Trata de quitarle importancia con un gesto de la mano antes de revolverse el cabello, como por hacer algo—. En fin, no me quedaré a cenar, yo ya comí, pero espero que los disfruten.
—Sí, eso… sin duda —tartamudeo.
Luca empieza a alejarse de la encimera. Me hago a un lado para que él pase.
—Provecho, Henry —se despide. Pero antes de salir de la cocina se detiene en el umbral y se gira para añadir—: por cierto, Lizzy y yo saldremos en la madrugada para ver el amanecer en el Haleakala. Le aviso porque, bueno, no nos verá por la mañana.
Luca me observa de refilón y yo estoy a punto de confirmarlo, algo avergonzada, pero entonces veo sonreír a mi padre mientras unta un poco de mantequilla de maní en un pedazo de pan de plátano. Con gesto vacilante, me llevo las manos a las caderas.
—Sí, muchacho, Lizzy ya me ha dicho que regresarán de su excursión el sábado por la mañana —dice Henry mientras se prepara el café con poca azúcar, así que apenas pone la atención en nosotros—. Está perfecto, solo asegúrate de conducir con precaución.
—Sí, por supuesto —responde Luca—. Iremos con cuidado.
Luego los dos nos retiramos.
En el exterior del porche, la noche plácida y húmeda baña la calle y el murmullo de los insectos es lo único que interrumpe nuestras respiraciones. Luca se asegura de poner un metro de distancia entre nosotros. Yo apenas adelanto un poco el umbral.
Sus ojos verdes, como el musgo, me taladran.
—De nuevo, gracias por hacer los panqueques.
Intento sonreír con naturalidad. Hago un esfuerzo por mantenerle la mirada, por ignorar mis latidos precipitados y el hormigueo cerca de las costillas.
Trato de no pensar en lo bello y simétrico que se perfila su rostro bajo la luz amarilla de los faroles, aunque es difícil cuando los anillos dorados que rodean sus pupilas vuelven sus ojos más hipnóticos.
—Estaré aquí a las dos y media, ¿de acuerdo?
Noto una cierta urgencia en su tono de voz.
Al igual que una tensión que es palpable en el aire a nuestro alrededor, suspendida como volutas de humo, pero me pregunto si él también lo percibe.
Si lo respira no solamente ahora, sino desde que soy consciente de que él me atrae como una polilla a la luz.
Sin embargo, la respuesta a esa cuestión ha sido siempre tan obvia que ya no busco comprobar cualquier posibilidad de lo contrario. Es mejor así.
—Bien, perfecto. Estaré lista a esa hora.
Luca esboza esa sonrisa suya, ladeada, la de siempre. Aunque ya no aparece tan a menudo, aún evoca el rastro de aquel chico despreocupado y sencillo que alguna vez fue y yo conocí, no solo por encima, sino desde las entrañas.
—Buenas noches, Lizzy.
—Buenas noches, Luca.