79Luca
Luca
Una sutil urgencia ha nacido con la mañana.
La necesidad de que se agoten las horas de este road trip ha estado presente en mi sistema desde que empacamos y tomamos el camino de regreso a Paia.
Podríamos haber seguido hacia la costa sur de la isla, pero no hay camino pavimentado y el acceso se complicaría para la combi.
Por otro lado, nuestro itinerario no ha concluido: pasaremos la siguiente noche en Paia y luego tendremos la excursión a la cima del Haleakala, para finalizar en la ciudad de Kihei.
Sin embargo, ya no estoy tan entusiasmado.
Las razones tienen que ver con todo lo que no me ha dejado dormir la última noche, como una prófuga de mis sentimientos más arraigados.
Me invade una visión mágica. Un mundo en donde los días están acompañados de sus ojos, su sonrisa, su aroma a lavanda, la curva de sus montículos, sus panqueques favoritos, su fanatismo por Coldplay y su capacidad para soñar dentro de una página en blanco.
Cada segundo que paso a su lado habla sobre lo mucho que la he extrañado cada jodido día que estuvo lejos de mí.
Lo mucho que la sigo queriendo porque jamás dejé de hacerlo.
Lo mucho que quisiera que algunas cosas no hubieran sucedido: la muerte de mis padres, nuestro distanciamiento, los caminos que se bifurcaron tras aquel último verano.
Entonces quizá no tendría este miedo paralizante que me impide tomar acción sobre las cosas que en el fondo aún deseo con todo el corazón.
—Luca, detente, ya es aquí —escucho decir a Lizzy. Reduzco la velocidad y, luego de percatarme del amplio sitio, me estaciono con facilidad—. Mira toda esa gente, supongo que estarán buenísimos como todos dicen.
Me quito el cinturón y apago el estéreo.
—Sí, seguro que lo están.
Estoy a punto de abrir la puerta, pero Lizzy me roza el hombro y ese simple contacto, que aparta rápido, me tensa lo suficiente antes de mirarla a los ojos.
Su entrecejo está arrugado y parece buscar en mi expresión algún signo de malestar físico.
Pero se equivoca. Lo que me sucede ataca por dentro.
Y por supuesto, no imagina que su propia cercanía lo incita.
—¿Te sientes bien? —titubea.
—Sí, claro, yo… —Frunzo el ceño, confundido, y luego curvo una comisura de los labios para despistar—. ¿Acaso me veo terrible? La verdad es que no me sorprendería porque no he dormido muy bien. Pero más allá de eso, todo bien. Eso creo.
Ella sonríe avergonzada y sacude la cabeza.
Yo soporto la punzada en el pecho.
—No, pero pensé que igual te había caído mal el desayuno en Nahiku —apunta con un tono más liviano y luego pone una mano en la palanca de la puerta—. Pero nada que un buen helado de coco no pueda arreglar, ¿cierto?
Me esfuerzo por sonreír.
—Cierto.
El peso de las certezas se hace cada vez más asfixiante sobre mis hombros.
En cada paso que damos por el sendero húmedo y resbaladizo lleno de bambú, árboles frutales y flores de colores que nos conduce hacia una de las cascadas de Twin Falls, nuestra última parada del itinerario para este día.
Ahora mismo, mientras sorteamos algunas rocas del arroyo que a veces se interpone, trato de mantener las manos lo más lejos posible de Lizzy, quien se ha mantenido especialmente sonriente y animada.
No se percata en absoluto de mi batalla interna, de la contención de mis deseos, de la manera en que me estremezco cada vez que por accidente me encuentro con su tacto.
De lo fácil que es perderme en sus ojos de luna cuando me mira o sumergirme en su mundo cuando empieza a contarme sobre los detalles de su novela con esa pasión suya tan desbordante.
A veces la distancia y el tiempo no son barreras, sino propulsiones.
—Luca, ¿te vas a quedar ahí?
Escucho su risa lejana y mis sentidos me golpean.
La humedad de la vegetación me impregna los poros y el murmullo agudo de la pequeña cascada que se desliza por el musgo de las paredes de piedra silencia mis pensamientos.
Entonces hallo a Lizzy sentada en una roca que se nota un poco resbaladiza; se ha quitado la ropa y los tenis.
En medio del agua y el paisaje verde, parece una sirena blanca con el cabello oscuro meciéndose en su espalda.
—Luca —repite—, ¿qué haces? Ven aquí.
Lizzy me mira sobre su hombro.
Se vuelve a reír entre dientes al notar que sigo de pie aún lejos de la orilla, con una mano en el bolsillo del bañador, como si el lugar me hubiera hipnotizado, cosa que es cierta, pero por su propia intervención en el panorama.
Es difícil explicar cómo cambia una perspectiva cuando ella está presente.
Lo que me lleva a reflexionar que incluso desde antes, siendo niño, ya era capaz de percibirlo.
—Lo siento. Ya voy. No tardo.
Lizzy me observa durante un segundo más y una fina incertidumbre cruza sus ojos, pero al final se zambulle en el agua sin más. Aunque yo no me quedo atrás. Me quito la camiseta y enseguida el agua fría es el amortiguador perfecto que necesitaba.
Es casi capaz de apagar lo que arde.
Hasta que varios minutos después de nadar en absoluta calma, Lizzy se acerca a mí en el centro de la piscina natural.
A nuestras espaldas, la caída azul se viste como telón de fondo de nuestras sonrisas compartidas y miradas cómplices.
Pero es sabido que existen muchas ramificaciones en la manera de querer a alguien y, desde siempre, la de ambos no coincide en una sola rama: como la que me despierta justo ahora, que la tengo a centímetros de distancia, sonriéndome como si yo siguiera siendo su jodida persona favorita en el mundo.
—Te diré algo —murmura. Su cabello húmedo invade sus mejillas.
Es casi inadvertido, pero hay una raíz taciturna en sus ojos grises que a toda costa trata de conservar el júbilo del momento.
—Dime —sueno torpe, poco acorde.
—¿Recuerdas la pequeña conversación que tuvimos en una de tantas veces en este mismo sitio cuando éramos niños?
—Hago el intento, pero las memorias a su lado son tantas que necesito detalles más precisos.
Ella se percata—. Cuando dijiste que te gustaría ser un poco más como yo porque, según tú, era capaz de sentir demasiado y ver las cosas como si fueran extraordinarias.
Sigo mirándola a los ojos.
—Sí, ya lo recuerdo.
Sus espesas pestañas enmarcan su mirada.
—Al final dijiste que por eso te gustaba, y ya no te lo pregunté, pero te vas a reír de esto.
—Entorna los ojos como si fuera una debilidad del pasado—.
Pensé: «¿Qué es lo que quiere decir? ¿Le gusta eso de mí o…
yo le gusto como a Cameron le gusta Sky?
». Tengo que decir que no era mi culpa. Tú a veces soltabas cosas demasiado lindas, supongo.
El aire no llega bien a mis pulmones. Pero no es porque esté sumergido en el agua.
—En fin, lo decía porque creí que…
—¿Qué es lo que creíste?
Lizzy deja de hablar y sus labios tiemblan. Me mira como si fuera tonto por cuestionarlo.
—Lo primero que pensé, claro. Siempre decías que todo eso te gustaba de mí —asegura sin fisuras, pero hay un rasguño en sus palabras que no paso por alto y abre una pequeña rendija. Algo que quizá está allí frente a mis narices y me niego a ver—. Desde que tengo memoria siempre lo has dicho.
Inhalo hondo y sonrío. Pero el gesto es agrio.
—Sí, es verdad —confirmo en un susurro.