77Lizzy
Lizzy
Hay una sensación renovadora. Como si algo dejara de estar oxidado.
Es como si ambos hubiéramos dejado caer los velos y estuviéramos siendo más sinceros de lo que nunca fuimos antes de fragmentarnos.
Estos días lo han propulsado. Quizá es diferente desde cada lado del puente, pero estoy descubriendo que Luca y yo somos el tipo de personas que no pueden separarse.
Tenemos el mismo radar: aunque nos alejemos, siempre estaremos propensos a volver a encontrarnos.
Nos reconocemos el uno al otro. Antes y después del cambio.
De las heridas que jamás imaginaste. De los miedos que te cambian de rumbo.
La burbuja que estamos creando resulta tan natural y propia que casi se borran los rasguños de lo que, a propósito, aún ignoramos.
Así que envueltos en el significado sobreentendido de lo que siempre hemos sido, nos dejamos llevar.
Los minutos se encierran en una cápsula que es suficiente para los dos.
Supongo que muchas veces lo preferimos así y no solo en lo que a nosotros respecta.
¿Para qué pisar la maleza si hay un sendero?
Después de terminar la excursión por Kipahulu, que nos ha llevado más allá del mediodía tras el recorrido en el famoso sendero Pipiwai —con impresionantes cascadas en lo profundo de un bosque de bambú—, hemos regresado por la misma carretera a Hana.
Y para consumir las últimas horas de la tarde antes del crepúsculo, hemos venido a Hamoa, una de las playas más bonitas de Maui.
En forma de medialuna, con algunos peñascos en un lateral y bordeada por frondosos árboles, con arena fina y grisácea, agua azul y cristalina, y un oleaje que por lo usual es tranquilo y apto para hacer esnórquel, hemos prescindido del surf para disfrutar de sus olas y del sol como dos niños, como hacía mucho tiempo no convivía con el mar.
Y ahora, después de devorar los bocadillos que Luca preparó la noche anterior, tumbados bocabajo sobre dos toallas bajo la sombra de una palmera, él apoya el mentón sobre el dorso de las manos unidas, mientras yo recuesto la mejilla sobre la suavidad de la tela blanca, con los brazos extendidos a cada lado de mi cuerpo.
Su cabello dorado, revuelto, cae sobre sus hombros.
En algunas puntas aún se forman gotas de agua.
Sé que no debería ser, pero aprovechando que Luca mantiene los ojos cerrados y parece estar casi en medio de una siesta, me descubro maravillándome con las líneas de los músculos de sus brazos flexionados, el hueco de su espalda, los vellos dorados que recubren su piel bronceada, la afinada mandíbula que se esconde bajo algunas hebras de cabello, sus espesas pestañas y…
—¿En qué estás pensando?
Su voz cauta y suave rompe el silencio.
Luca empieza a abrir los ojos.
Yo, en automático, los cierro.
—¿En los personajes de tu novela?
Sonrío, pero no por lo que él imagina.
—Sí, un poco.
Entonces abro los ojos y veo que ahora mantiene la misma posición, pero con el rostro inclinado hacia mí.
Su única contemplación, aparte de mí, es una vasta vegetación y un pequeño mundo de prominencias.
La brisa del océano, que se cuela entre las ramas y mece las hojas de las plantas, nos refresca del clima cálido.
—¿Recuerdas que una vez te dije que tenía miedo de crecer?
Sus palabras afloran un recuerdo lejano. Un instante perpetuado en mi memoria.
Algo pasa con los momentos compartidos con Luca que pese a ser tantos como los granos de arena de esta playa, recuerdo con asombrosa claridad cada uno de ellos.
De hecho, cuando era pequeña solía preguntármelo: ¿cómo era posible que todo aquello en lo que él participaba fuera capaz de recordarlo más intensamente que todo lo demás?
Nunca se lo pregunté a Henry, pero creo que ahora tengo la respuesta: como si se tratara de un sol propio en medio de la cotidianidad, cuando Luca está presente siempre he sido más consciente de mis horas y mis años.
Cuando él está cerca, algo en mí vive de manera distinta.
—En realidad, no tenía miedo de crecer y hacerme adulto —prosigue con un murmullo débil—.
Creo que te lo dije, pero… sí, tenía miedo de que las cosas dejaran de ser como eran justo en ese momento.
Supongo que en el fondo sabía que los cambios, alguna vez, serían inevitables.
Solo que nunca esperé que sucedieran tan pronto.
Como una ola, siento su tristeza. Empiezo a comprender que su ruptura con Blair es apenas un peñasco en su propio océano de penas.
Cualquier cosa que le aflija siempre será así, pues ¿qué te queda cuando has perdido lo más importante de tu vida?
Un suspiro tendido, una mirada interrogante, un vacío atorado en las entrañas que nunca se irá del todo.
Quizá, un escudo de hierro alrededor del corazón.
—Esa es la parte más triste de la vida —reflexiono.
Sus ojos verdes me absorben. Pero yo ahora no lo veo a él.
Veo a través de mis recuerdos—. Es demasiado frágil —determino con una obviedad abrumadora, como un recordatorio que me hago a mí misma, como una señal de que debería ser un poco más valiente, no solo para los asuntos de una misma, también para la vida que sucede afuera—.
No he vivido la experiencia en carne propia, pero he visto el dolor suficiente como para comprenderlo un poco.
Supongo que por eso vivir amando es una decisión valiente.
Nunca sabes qué es lo que puedes perder al día siguiente.
El rugido del mar se hace presente.
—Entonces si lo dices así, sin duda yo no soy valiente —responde Luca después de varios segundos que se sienten eternos—. No vivo amando como quisiera.
—Pero ya lo estás haciendo, Luca.
—¿Por qué lo dices?
Me apoyo en los codos y me incorporo con facilidad. Me quedo sentada sobre la toalla al estilo indio y esbozo una sonrisa fugaz. Mi cabello cae en cortina a cada lado de mi rostro. Pero no me preocupo por apartarlo.
—Porque no te has rendido —afirmo, no solo a modo de consuelo, también con franca admiración—.
Sigues aquí, Luca. Has enfrentado todos estos años como has podido, y eso en sí mismo ya es una batalla ganada.
Es como que no pierdes la esperanza, por decirlo de algún modo.
A pesar de todo, creo que sigues esperando algo bueno de la vida.
Luego, con lentitud, Luca se incorpora y se queda sentado a un lado de mí.
Se restriega la cara con una mano y se echa el cabello húmedo hacia atrás, pero algunos mechones rebeldes se resbalan por sus pómulos.
Un rayo de sol se filtra entre las hojas de la palmera y crea reflejos dorados en su rostro. En poco tiempo caerá el atardecer.
Luca agarra un puñado de arena y la escurre entre sus dedos.
Hasta que no queda nada, respira hondo.
—Tú eres algo bueno de mi vida, Lizzy. —No me mira.
Mantiene fija la atención en las aguas que se han vuelto un poco más feroces a pocos metros de distancia.
Mi corazón, como una pobre víctima, se precipita con esa confesión antes de volver a desengañarse—.
Lo son cada una de las personas que me importan. Pero aún no es suficiente.
—¿Y cómo sería suficiente?
Luca me observa por unos segundos.
—No lo sé.