76Luca
Luca
Lizzy me hace sonreír. Me hace disfrutar de los momentos con plenitud, por encima de mis propios agujeros que a su lado se hacen más pequeños, como si todo estuviera en su lugar.
Si tuviera que ponerle un nombre a lo que siento por ella sería una red de cosas invisibles que radican en el interior: paz, alegría, seguridad, certeza y sobre todo, anhelo del sonido de su risa, de cada curva de su cuerpo, de su manera de soñar, de creer en sí misma y de embellecer la vida.
Al mismo tiempo me pregunto cómo demonios pude soportarlo durante tanto tiempo.
Los muros que parecían altos y robustos en estas últimas semanas se han pulverizado.
Las rendijas se han abierto de par en par.
Yo, que nunca he estado seguro de quién soy ni con qué propósito he nacido, no tengo dudas de que sin importar de qué manera, debo estar a su lado.
Siempre a su lado. Y ahora mismo, que caminamos por un improvisado y un poco resbaladizo sendero entre la maleza que nos lleva hacia la piscina natural de la cascada y el sonido de la caída del agua contra las rocas es tan ensordecedor como mis adentros, solo puedo sentir rebosante el corazón.
He tratado de bloquearlo por tanto tiempo y ahora me consume.
Lizzy se detiene abruptamente en la orilla.
El arroyo fluye apresurado entre las piedras.
El arcoíris, etéreo, aún sigue en su pleno fulgor.
Tenemos la fortuna de ser los únicos en la base de la cascada —la mayoría se detiene tan solo para tomar fotografías— ante este pequeño espectáculo, pero aunque podemos contemplar gran belleza, la caída resulta estremecedora.
Es por eso que nos aproximamos a la zona más apacible.
Rodeados de una vasta jungla, nos quitamos los tenis y Lizzy guarda la cámara en su bolsa de tela.
La deja en un sitio escondido y seco sobre los helechos.
De pie sobre la superficie terrosa y abrazados por el rocío, nos preparamos para zambullirnos lejos de los escollos.
Entonces extiendo el brazo y tomo su mano.
Lizzy se sobresalta un poco en cuanto siente mi contacto.
Voltea a verme, titubeante, pero me aferra con fuerza.
—¿Lo hacemos al mismo tiempo?
Ella asiente con una inevitable sonrisa.
Una que es el reflejo de la mía.
—Uno, dos…