Lo que se rompió en aquel verano 75Lizzy
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Lizzy

Luca me ha subido a la cama. Ese ha sido el primer pensamiento que ha cruzado por mi mente nada más despertar, pues mi último recuerdo fue haberme quedado escribiendo hasta tarde en la mecedora de madera, cuando terminamos de cenar y él subió a ducharse.

También es cierto que Luca no ha dormido en la misma habitación, ya que la otra cama individual ha amanecido sin ninguna arruga en las sábanas.

Lo he comprobado cuando, en el desayuno a primera hora de la mañana, vi una almohada y una manta doblada en un brazo de uno de los sofás de la sala de estar.

No he dicho nada al respecto, y él tampoco, pero supongo que me ha querido dar privacidad.

Después de todo, ya no somos esos niños a los que no les importaba dormir en la misma cama.

Por eso he tratado de restarle importancia.

Lo he estado pensando. ¿Qué es lo que ha provocado el cambio?

¿Qué ha propulsado esta iluminación? Esta recarga, esta fluidez…

Tal vez ha sido el contacto con la naturaleza que desde siempre me ha ayudado a inspirarme.

El antídoto siempre fue el aire libre, el agua salada, un laberinto entre árboles.

Sí, aunque sospecho que también ha sido la reconciliación con mis propios sentimientos.

Los he aceptado, ya no lucho contra ellos, y ahora los abrazo como gasolina para sentir.

Para dejarme vivir dentro de una página en blanco.

Ahora tengo un sitio seguro en donde ponerlos.

Pero allí permanecerán, en un símbolo, en un verso que evoca un nombre. Quizá no hay otro lugar mejor.

—¿Qué tal escribiste anoche? —Luca rompe el silencio con tono vacilante y yo dejo de hacer presión con la punta del lápiz sobre la hoja rayada—. Se notó que terminaste agotada.

Lo miro de reojo y me muerdo el labio.

Él aguarda mi respuesta, sin quitar la atención de la carretera, estrecha y bordeada por una densa y húmeda vegetación.

No sé cómo lo hace, pero siempre proyecta un halo interesante, misterioso.

Esta faceta suya, nueva, que ha adoptado en los últimos años, inaccesible y cauta, puede atraerme tanto como la más libre, ligera y despreocupada.

En algunos tramos, los rayos del sol se filtran en la cabina de la combi y la iluminación recoge reflejos en su cabello dorado y el rostro que ya se afeitó.

Casi contengo un suspiro.

—Estuvo bien, he avanzado más en un par de días que en semanas enteras, y esa es una buena noticia —admito con verdadero alivio en cuanto dejo de observarlo—.

Mis ideas estaban allí, pero no me naturalizaba con ellas, y ahora creo que sí.

Ya casi tengo terminada la escaleta, que era lo importante, así que de ahora en adelante apenas podré parar.

Lo que significa que… aleluya, está funcionando.

La brisa húmeda de la mañana es una suave caricia que despeina mis cabellos en las mejillas.

Esta vez no me lo he recogido y cae sobre mis hombros.

Llevo ropa ligera y él también. La Volkswagen ha avanzado durante poco más de veinte minutos desde Hana en dirección a Kipahulu siendo apenas las ocho de la mañana.

Sobre esta misma ruta, la primera parada de nuestro itinerario son las cataratas de Wailua.

—¿Eso quiere decir que seré el primero en leer tu libro? —sugiere Luca, esperanzado—. Supongo que deberá tener algún privilegio haber tenido la idea de hacer este road trip para motivarte e inspirarte, ¿no lo crees?

Asiento y me río entre dientes.

—Bien, sí, pensaré en algo.

Lo vuelvo a mirar con disimulo. Luca aguarda varios segundos.

—En realidad, Lizzy, me conformo con que tú lo estés logrando —una ráfaga de viento despeina su cabello rubio oscuro y lo revuelve en sus hombros—.

No entiendo mucho cómo es que funciona la inspiración de los escritores, yo dibujo cuando me apetece y sin que una emoción más profunda me lleve a hacerlo, pero me alegra que lo estés encontrando.

Que te estés encontrando. Estoy seguro de que has tomado una buena decisión al perseguir lo que siempre has querido.

Me siento orgulloso de ti. Muy, muy orgulloso. No te lo imaginas.

Trago saliva y lo contengo.

Es fácil desarmarme un poco cuando se aborda el tema de lo que como un fuego propio me corre por las venas; porque se trata del coraje, de lo que estoy hecha y de lo que me he demostrado ser capaz de defender contra toda expectativa, escepticismo y prejuicio, contra las voces desalentadoras de otros.

Se trata de las lágrimas —sobre todo, las invisibles— que he derramado para atreverme a dejarlo todo y empezar de nuevo.

De lo que estoy atravesando en solitario. De lo que arde en mi propio corazón.

—Ya no me avergüenzo de lo que escribo, porque he mejorado.

A pesar de las pausas y los tropiezos, seguí creciendo —afirmo con la sensación aguda de un nudo en la garganta, pero no me doblega—.

A pesar de que dejé de lado la escritura y estuve enfocada en otras cosas distintas durante un tiempo, nunca dejé de avanzar, ¿sabes?

Tampoco dejé de leer. Jamás pude separarme de la literatura del todo.

Así que en fin, supongo que este final ha sido inevitable.

En cualquier momento iba a regresar a mi camino.

Luca sonríe un poco.

—Es que se trata de tu destino, Lizzy.

—Lo sé.

Después de aparcar en un área a la izquierda de la carretera, pocos metros más adelante del angosto puente que deja a la vista la cascada, la cual se destaca como una de las más fotografiadas de Maui, bajamos de la combi y notamos los últimos rastros de una ligera llovizna que ha caído en esta área.

Al ser temprano, hay poca gente, lo que nos alegra porque pretendemos darnos un baño de agua fría en la piscina natural antes de seguir nuestro camino.

Helechos, plantas y árboles enormes se entretejen en ramificaciones por lo alto y proporcionan gran trecho de sombra.

El sol de la mañana es suave. Algunos vientos del noreste refrescan la cálida humedad que emana de la vegetación, que brilla aún con algunas gotas de agua en sus tallos y hojas.

El panorama, como en mis recuerdos y durante todo el trayecto, es un idílico paraíso verde envuelto en una ligera neblina.

Sin embargo, cuando escuchamos gritos de júbilo que provienen del puente, pronto nos damos cuenta de semejante regalo de la naturaleza.

Llegamos al puente y, tras encontrar un pequeño espacio en el que los abundantes helechos no interrumpen la visión, entendemos la emoción de los demás.

No solo se trata de la belleza de la imponente cascada que con una altura aproximada de ochenta pies, se escurre con ímpetu en una pared rocosa invadida por hierbas y musgo, enmarcada por una pletórica naturaleza más allá de la cresta, sino también del precioso arcoíris con tonos amarillos, rojos, azules y verdes que se dibuja por encima como un velo.

El rocío de la cascada, la humedad y la neblina han contribuido al fabuloso escenario.

Los dos lo admiramos en silencio.

—Es hermoso —exclamo.

Luca se aparta de mi lado.

—¿Lizzy? —Luca reclama mi atención con la cámara y enseguida le hago caso. Él busca el ángulo perfecto y, luego de tomarme unas cuantas fotografías, alza el pulgar con una sonrisa. Se revuelve la melena y a mí se me encoge el corazón—. Muy bonita.