Lo que se rompió en aquel verano 74Luca
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Luca

Estoy haciendo un esfuerzo enorme, contra el amor, el deseo, la verdad.

Pero también lo estoy disfrutando: su compañía, su cercanía, su existencia.

Nunca sabes cuánto has echado de menos algo hasta que cuando vuelves a sentirlo, te preguntas cómo demonios sobreviviste durante tanto tiempo sin aquello que te hace sentir vivo.

Y yo he extrañado la vida con Elizabeth Hall mucho más de lo que sospechaba.

Lo he comprendido en cada minuto que hemos pasado en los sitios que solo nosotros conocemos, cuando me invade la nostalgia del ayer y la necesidad de recuperarlo y no volver a perderlo jamás.

Esta es la verdad. Pero ¿cómo hacerle frente cuando soy incapaz de abrir el corazón?

¿Cuando hay una enorme barrera de miedos grises que me impiden avanzar?

¿Cómo vencerlos? Siento que estoy luchando conmigo mismo y quizá no hoy, pero en algún momento voy a estrellarme.

Sin embargo, hago lo posible para no pensar en ello.

En las luces perdidas del futuro. En su desnudez en la playa secreta. Aplaco el diluvio como puedo.

En tanto Lizzy se metió a la ducha, en parte para tomar aire, aproveché para ir en la combi a un mercado cercano y abastecernos de más bebidas y comestibles suficientes para preparar bocadillos para el día siguiente y la cena de esta noche.

La cabaña de madera que nos han proporcionado, de estilo rústico, está rodeada de exuberante vegetación, como todas las demás, de modo que se percibe la tranquilidad y el aire hogareño.

Cuenta con dos pisos, una habitación con dos camas, una pequeña terraza, un baño, sala de estar y cocina.

Ha sido una decisión acertada. Suficiente.

Aún percibo el sabor de la sal en la piel y en el cabello, pero al menos el pequeño ventilador que hay en la cocina refresca el ambiente húmedo mientras voy de aquí para allá en toda la cocina.

A veces disfruto de cocinar, así que no me demoro tanto.

Cuando escucho sus pasos en las escaleras, la cena ya está servida.

Quizá es ridículo, pero me ha dado por robar algunas flores en el camino y las he puesto con agua en un jarrón olvidado que he encontrado en uno de los cajones de un mueble de la sala de estar, junto a una mecedora de madera.

Las flores amarillas decoran la mesa.

—¡Oye, huele delicioso! —expresa Lizzy a mis espaldas mientras termino de enjuagar en el fregadero los trastes y utensilios. Volteo sobre mi hombro y la veo sonreír maravillada ante la pequeña escena que he preparado—. Vaya… Son bonitas. ¿Dónde las conseguiste?

Me seco las manos con un trapo y me giro hacia ella. Apoyo las manos a cada lado de la encimera. No puedo evitar sonreír de oreja a oreja.

—¿Te gustan? Digamos que las pillé por ahí.

Ella ve las flores. Yo la veo a ella.

Su cabello está recogido en una coleta. Se ha puesto una licra corta y una playera amplia y gris que oculta sus mejores curvas, cosa que agradezco en silencio, pues aún sigo luchando contra la mortífera imagen que me reveló en la playa de arena roja y que ahora se unirá a ese recuerdo lejano del sabor de sus labios y nuestras respiraciones agitadas.

Estoy seguro de que me perseguirá hasta el final de mis días.

Por supuesto, también agradezco que no pueda leerme la mente.

—¿Las agarraste de un jardín privado?

Niego y me río entre dientes.

—No. Las vi a la orilla del camino cuando fui por las cosas al mercado —aseguro a la vez que señalo con el índice lo que hay sobre la mesa—.

He preparado poke de atún, tu favorito, con aguacate y pepino.

Café, el pan de plátano que compramos en el camino a Hana y…

por supuesto, mantequilla de maní. ¿Es suficiente?

Lizzy se relame los labios.

Error, error. Miro a otra parte.

—Más que eso. Gracias.

—No ha sido nada.

Seguimos trazando la línea. Como un acuerdo mutuo y sobreentendido, no hablamos sobre todo aquello que incumbe a los años de silencio.

No me pregunta sobre mis días con Blair, y yo no le cuestiono sobre los suyos con Marcel.

No mencionamos el arrebato carnal de aquel verano.

No hacemos nada para entender y coser los agujeros.

Sin embargo, mientras la veo degustar la cena, reírse por las numerosas anécdotas que compartimos de nuestra infancia y sonreírme con esos ojos de luna, una parte de mí anhela despejar la nubosidad, enfrentar el abismo y dejarse llevar.

Abrazar la posibilidad de la visión con la que he soñado toda mi vida y que durante un tiempo pretendí olvidar.

Pero aquí estoy, del otro lado. En donde las cosas no se hablan. En donde se dejan pasar como algo más.

La cena ha terminado, y el rato que nos tumbamos cada uno en un sillón de la sala también.

Mientras Lizzy se quedó escribiendo en su computadora en la mecedora de madera, yo me duché antes de salir a fumarme un cigarrillo en la terraza de la habitación.

Ahora los minutos se pierden entre la húmeda noche que abraza la vegetación y el océano a la distancia.

El murmullo del mar, el sonido de insectos y el ronroneo de algunos coches que aún transitan por calles cercanas es lo único que interrumpe el apacible silencio.

Apoyado en la barandilla de madera, decido llamar a Manu para saber cómo está.

Confío en Elikai con los ojos cerrados, pero aun así me he estado comunicando con él cada dos o tres días para estar más tranquilo.

Ese chico de veintidós años sigue siendo mi hermano menor y está atravesando su propia lucha.

Pero Manu no contesta. Quizá está ocupado.

Suspiro y apago el cigarrillo. Lo tiro en el bote de basura antes de abandonar la terraza.

Ante el absoluto silencio del interior, bajo las escaleras en busca de Lizzy.

Se me cruza la idea de que pudo haber salido, pero entonces la encuentro sentada en la mecedora.

Ya no está escribiendo. Se ha quedado dormida, acurrucada de lado.

La computadora aún está encendida sobre la mesilla que hay justo al lado y los audífonos de casco reposan sobre sus muslos.

Su rostro no traduce ninguna perturbación.

Solo una infinita calma. Algunos mechones se escapan de su coleta y se pegan en sus mejillas.

Encuentro tanta dulzura en la visión de Lizzy dormida que por un instante, pienso en dibujarla.

También en tomarle una fotografía, pero sé que no sería correcto.

Al final decido guardar la imagen en mi memoria y, con sumo cuidado para no despertarla, la tomo entre mis brazos.

Lizzy se queja un poco, pero no despierta. No abre los ojos en ningún momento.

Sin mucho esfuerzo, subo con ella las escaleras y luego la deposito con delicadeza en una de las camas individuales.

Como la noche es húmeda y tan solo un poco de brisa fresca entra por las rendijas de la ventana que está junto a la puerta corrediza, decido solo taparla con una manta ligera antes de quitarle los tenis.

Después, con lentitud y sin poder evitarlo, me acerco a la cabecera de la cama y estiro la mano para despejar los cabellos de su frente con un roce sutil de mis nudillos.

Dejo caer el brazo.

Ella sonríe en sueños.