Lo que se rompió en aquel verano 73Lizzy
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Lizzy

Un minuto de locura. De poca cordura. O el simple hecho de comprender que las cosas insignificantes no deberían avergonzarme como si las circunstancias fueran otras.

Luca siempre me mirará de la misma forma, como su mejor amiga, y creo que lo he terminado de asumir por completo.

Hay tristeza, sí. Pero es cierto que la aceptación también es liberadora.

Y así, luego de merendar en un pequeño restaurante, surfeamos durante horas en Koki, una playa pintoresca con una mezcla de arena rojiza y más clara en algunas partes, bordeada de vegetación, colinas verdes y con un oleaje tan fuerte que solo es apto para surfistas experimentados como nosotros.

Luca ha estado impresionante. Él tiene un talento natural para el surf.

De hecho estoy segura de que si nunca hubiera desistido de las competiciones juveniles y hubiera seguido en ese camino, habría llegado a ser uno de los mejores surfistas del mundo.

Pero no lo hizo y no por falta de recursos, sino de pasión.

Algo que es difícil de creer porque cualquier persona que lo vea deslizarse en el mar podría pensar que ha nacido para esto.

Luca dice que no sabe quién es. Es algo que siempre ha dicho. Pero yo lo conozco.

Sé que en su ADN está el querer a los demás y vivir con intensidad —cada experiencia, cada cosa que pueda ser capaz de dominar—.

También sé que a través del tiempo, esa manera suya de vivir se ha ido diluyendo cuando empezaron los cuestionamientos, la búsqueda de un solo eje que borre todos los vacíos, los estragos de una herida.

Supongo que al final de cuentas, él fue la principal razón por la que acepté hacer este road trip . Porque Luca sigue siendo una de las personas más importantes en el mundo para mí. Porque más allá de todo, siempre será mi mejor amigo. No importa lo que pase.

Con él me siento segura. Con él me siento feliz. Eso no ha cambiado.

—Déjame preparar la cena para esta noche, ¿de acuerdo?

—lo escucho decir mientras esboza una sonrisa ladeada y estaciona la combi frente a nuestra cabaña.

Algunas gotas de agua siguen escurriendo de las puntas de su cabello quebradizo y el tono dorado de su piel centellea con los últimos rayos del sol que se filtran a través de las ventanillas abiertas.

Es tan atractivo que mi corazón se oprime—. Me aseguraré de que te guste.

La humedad se encierra en la cabina de la combi.

Luca apaga el motor y la música del estéreo.

—Sí, me parece bien, porque yo he quedado rendida. Lo siento —me río con un poco de tonto nerviosismo—. Mañana será un largo día.

Él suspira y echa la cabeza hacia atrás. Lo veo fijar la mirada en el techo gris. Sin poder evitarlo, me pierdo en los detalles de su mandíbula definida, su barba incipiente que ha crecido un poco durante estos días que no se ha afeitado, en la nuez de su garganta, su espalda y los hombros que…

—Extrañaba esto, ¿tú no?

Aparto la mirada. Me cuesta encontrar la voz.

—¿Esto? ¿Te refieres a…?

—Los días juntos, Lizzy —susurra. Gira el rostro hacia mí y en el acto su cabello rebelde enmarca dulcemente sus cejas y esa perfecta sonrisa que me atolondra—. Realmente lo echaba de menos, así que… gracias. Por estar aquí. No preferiría la compañía de nadie más.

Me limito a ignorar mi pulso acelerado.

Trago saliva y me obligo a sonreír.

—Yo también los echaba de menos.