Lo que se rompió en aquel verano 72Luca
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Luca

Por suerte, hemos logrado llegar al final del desafiante sendero sin ningún percance.

Lizzy no me ha soltado la mano en ningún momento.

Sé que quizá ha sido más su anhelo de visitar una joya escondida de la naturaleza, pero me he sentido extasiado al darme cuenta de que de alguna manera mi presencia la ha fortalecido.

La total convicción de que daría mi vida para protegerla.

Son cosas que no necesitas decir para darte cuenta de que están allí, como una promesa indiscutible y silenciosa.

Son cosas que puedes leer en los ojos de quien te ama.

Una pareja, un amigo, un hermano. No importa tanto cómo lo perciba ella.

Se sintió segura conmigo porque lo sabe: yo haría eso y mucho más por ella.

—Es más hermoso de lo que imaginé —susurra a mi lado con emoción y perplejidad en cuanto tocamos los primeros metros de superficie de esta playa casi surreal—. Es como estar en una película de fantasía o algo mejor aún, en un libro de cuentos.

Su emoción no es para menos. Es más bello de lo que vimos en foros de internet.

Kaihalulu —que en idioma hawaiano significa «mar rugiente»— es tan especial como una de las pocas playas con arena roja en el mundo.

Es única porque está escondida en el cono de ceniza de Kauiki Head, en el fondo de una cala de altura impresionante con acantilados de ceniza volcánica que suministran a la playa su color rojizo intenso.

La pequeña bahía, en forma de medialuna, está protegida de la impetuosidad del océano por la formación de una pared irregular de roca oscura a poca distancia de la orilla, de modo que las grandes olas no llegan con tanta intensidad, y el agua turquesa de la piscina natural se refleja plácida bajo la luz de la mañana.

Las montañas verdes con árboles de palo fierro la acunan como un sitio de otro mundo.

Además, solo estamos nosotros. Nadie más.

—No sería raro que esto fuera escenario de grabaciones —añado con asombro, pero con un grado menor a la fascinación expresada en su sonrisa de oreja a oreja. Lizzy realmente está impresionada, y su semblante iluminado lo demuestra—. Mira, allí hay un poco de sombra, ¿vamos?

Pero ella no me escucha. Se quita los tenis, se deshace del kimono rojo y me lo entrega casi sin pensar antes de correr descalza y feliz hacia la orilla.

Estira los brazos como lo hizo en el claro del bosque y da vueltas mientras admira cada detalle del lienzo vivo que nos rodea.

El rugido del mar se estampa contra la barrera de rocas, el sonido retumba estremecedor, pero solo me concentro en su sonrisa, en la fina silueta que su bañador rojo deja al descubierto.

Estoy seguro de que lo combinó para esta playa.

—¡Luca, ven aquí! ¿Qué estás esperando?

Con su kimono en mano, encuentro un sitio de sombra debajo del tronco torcido de un árbol y lo dejo todo allí. También me deshago de la camiseta.

Lizzy permanece en la orilla. Solo ha hundido los tobillos en el agua.

Está disfrutando de la sensación rugosa de la arena que aunque no es tan suave como la de otras playas, la textura se siente agradable y singular.

Cuando llego a su lado, bajo los rayos del sol y el resplandor del mar que nos rodea, reprimo un suspiro ante la visión de su absoluta belleza.

Su cabello oscuro, enroscado en las puntas, se derrama salvaje sobre la piel blanca de sus hombros y las curvas de su cuerpo evocan las olas que suelo surfear.

Sus ojos grises se entrecierran.

—¿Sabes? —murmura bajito con una sonrisa juguetona, mientras empieza a alejarse un poco de la orilla y yo la sigo con la mirada sin entender—. Estamos solos y… hay una cosa que nunca he hecho en mi vida. Creo que quiero experimentarlo.

Entonces me da la espalda. Se lleva las manos al nudo que sujeta su bikini.

Empieza a deshacerlo con gran lentitud.

—¿Qué haces? —es lo único que sale de mi boca.

Me recorre un rayo de anticipación.

—Vamos, Luca, ¿acaso nunca has visto un par de tetas? —se ríe y, justo cuando arroja el sujetador sobre la arena roja, se da la vuelta. Por supuesto, no me da tiempo para apartar la vista o prepararme para la mortífera imagen—. Solo procura no mirar tanto en mi dirección.

La risa se queda atorada en mi garganta. Porque tardo en hacer caso de su petición.

Sí, quizá no debería quedarme pasmado como un crío que nunca ha visto tal cosa, pero es diferente cuando miras casi desnuda a la única chica que ha estado en tu corazón desde que tienes memoria y en la única que piensas cuando escuchas una canción de amor o te preguntas sobre cómo demonios imaginas el futuro.

—Sí, yo… Joder.

Le doy la espalda y la escucho reír.

En mi mente se queda dibujada la imagen de sus pequeños senos, redondos, rosados y perfectamente níveos como la espuma de mar.

Aunque eso no es lo peor, sino la trepidante sensación de calor y tensión que va en aumento en mi entrepierna.

Respiro hondo y me adentro más en el agua cálida, solo para ocultar ese pequeño inconveniente.

Lizzy nunca ha sido muy impulsiva. De pequeña siempre le gustó la naturaleza, las aventuras de todo tipo, jugar al baloncesto o rodar en patineta, pero sus acciones casi siempre eran premeditadas.

Yo solía ser el menos precavido de los dos, el más arrebatado en cuanto a los riesgos, las cosas locas como escalar una cueva o tomar la idea de zambullirme en el mar de Hookipa como si ya fuera un experto.

La Lizzy adolescente nunca se habría desnudado frente a mí, aunque estuviéramos en una playa nudista.

Pero es cierto, ahora somos adultos, y es normal que ya no nos avergüencen cosas tan simples como estas.

—¡Listo, ya puedes voltear!

Cuando lo hago, me doy cuenta de que se ha sumergido casi a la misma profundidad que yo, solo que por mi altura el nivel del agua me llega a medio torso y no a los hombros como a ella.

Por otro lado, aunque su sonrisa aún contiene cierta chispa picante, puedo notar con claridad el rubor en sus mejillas.

O no, quizá es el reflejo de los rayos del sol.

De cualquier forma, soy demasiado consciente de que Lizzy está casi desnuda a pocos metros de mí, y la idea resulta simplemente agobiante, arrolladora.

—¿Cómo se siente? —Al menos mi voz sale firme.

Lizzy aguarda dos segundos.

—Liberador —admite.