71Lizzy
Lizzy
—¿Ya te habías quedado antes en estas cabañas?
—rompo el silencio mientras caminamos por un sendero terroso entre arbustos costeros, helechos y algunas pocas palmeras a lo largo de la costa, tras pasar por el famoso árbol de palo fierro que un grupo de gente nos señaló como referencia hacia la popular y secreta playa de arena roja, Kaihalulu—.
Me gustaron, son sencillas y tranquilas. El dueño parece muy amable.
Después de abandonar el parque donde acampamos la noche anterior, llegamos al pintoresco pueblo de Hana —casi detenido en el tiempo, con su cultura hawaiana tan arraigada— hace poco más de dos horas y media.
Antes de la primera excursión de nuestro itinerario, nos alojamos en unas cabañas rústicas a unos cuantos metros del océano —en el corazón de Hana—, Aloha Cottages.
—Sí, una sola vez con un grupo de amigos —dice Luca con suficiente ánimo. Lleva una mochila al hombro con las cosas de ambos—. Durante la universidad hicimos una escapada. Ya sabes, nos divertimos un fin de semana. Fue genial, pero un poco desastroso, la verdad.
—Debes tener buenos recuerdos.
—Sí, algunos. La universidad, en lo que cabe, fue buena y divertida. Pero mejor cuéntame sobre tus años de universidad en San Antonio. ¿Fueron como te los imaginabas?
Me tardo un poco en responder, pero él espera.
El rugido del mar, bajo un cielo despejado con pocas nubes, nos abraza junto con la humedad del aire, aunque los vientos alisios del noreste nos refrescan.
—Tú sabes que nunca tuve interés en la medicina.
Entré a biología solo porque era necesario para entrar a la escuela de medicina, lo que se esperaba de mí.
En aquel entonces solo decidí con lo único que tenía, inseguridad y confusión, tanto como para preferirlo antes que enfrentar la incertidumbre y el reto de lo que siempre quise —hablo con firmeza, sin ningún recoveco de duda—.
Pero sí, siempre hay cosas buenas dentro de todo.
Conocí a buenos amigos: Megan, Alfie y… Marcel —se me corta la voz—.
Pero en fin, no fueron como los imaginaba.
Supongo que yo siempre deseé algo diferente.
Luca no pregunta nada más. Trato de ignorar su silencio.
Después aminoramos el ritmo de nuestra marcha cuando empezamos a notar que, justo como nos habían advertido en un cartel oficial a nuestro paso, el sendero que lleva hacia la dichosa playa es empinado y peligroso y muy aterrador para cualquiera sin mucho temple.
Se ha hecho demasiado estrecho, con una caída casi mortal hacia la costa.
Sí, cualquier paso en falso podría ser una muerte segura.
Entonces Luca me adelanta y me extiende la mano, en señal de que podremos con esto con la suficiente precaución.
Pero yo me quedo atrás, sin dar un paso más.
El kimono rojo que llevo —lo único que cubre mi traje de baño de dos piezas— ondea con el viento que serpentea entre la vegetación de la montaña.
Niego con firmeza.
—Oh, no, estás loco. No voy a poder con esto, Luca —exclamo con el corazón bombeando fuerte en mi pecho—. Se ve como una muerte segura para los dos y sin posibilidad de rescate. ¿Seguro que no hay otro camino?
Ninguno de los dos ha visitado esta playa. Es una de las novedades de nuestro itinerario. Pero la información que consultamos en un portal de internet es clara. No, no hay otro camino que lleve hacia Kaihalulu, y si es que existe, no lo sabemos en este momento.
—No, creo que no hay otro.
—¿Cuáles son las opciones?
Luca permanece tranquilo, quizá por sus instintos aventureros de siempre.
Sin embargo, ahora mismo no podemos estar uno al costado del otro o podríamos tropezar.
El sendero está lo suficientemente seco y la tracción de nuestros tenis es buena —nos preparamos para esto según las recomendaciones—, pero sigue siendo intimidante.
Además, en caso de que haya una lluvia ligera —en Hana, incluso en verano, las precipitaciones son típicas—, se podría volver mucho más resbaladizo.
Ahora entiendo por qué se le llama la playa secreta.
—La primera opción es que desistamos y regresemos por donde venimos —empieza a decir con bastante pausa—.
Si así lo quieres, no hay problema. Hay más lugares que visitar.
La segunda… es que avancemos y no sueltes mi mano.
Bueno, al menos el dueño de las cabañas sabe que hemos venido a este lugar.
Digo, por si algo pasa y no podemos regresar. Tendremos ayuda. Nos buscarán.
—Muy gracioso.
Luca sonríe, pero luego suaviza la mirada. A pesar del terror que me recorre, en el fondo sé que Luca nunca permitiría que algo malo me suceda. Con él podría ir hasta el mismo fin del mundo y, aun así, me sentiría protegida.
—Es como tú quieras, Lizzy. No te obligaré a nada.
Los segundos transcurren lentos.
Al final saco el aire de los pulmones.
—¿Seguro que no vas a soltarme?
Entonces sujeto su mano.
—Jamás. Confía en mí.