68Lizzy
Lizzy
Me despierto sobresaltada. Aún puedo sentir la risa en mi garganta, los dedos manchados con restos de mantequilla de maní, el cabello desaliñado, la sonrisa de una niña idéntica a mí con los ojos de Luca jugando en la terraza de una cabaña y a él sujetándome de las caderas por detrás.
Su aliento en mi cuello y la sensación abrasadora en mi corazón cuando, en aquella plácida mañana en algún sitio desconocido, pronunció: «Amo la manera en la que vives cuando escribes y, aún más, cuando compartes tu sueño conmigo».
Me apoyo en ambos codos y me incorporo para tratar de salir de la bolsa de dormir.
Pero cuando volteo y espero ver a Luca a mi lado, me percato de que no está.
Su bolsa de dormir está vacía. Miro hacia el otro costado y encuentro mis audífonos de casco junto a la laptop cerrada, aún encendida por el pequeño foco que prende en un lateral.
Antes de dormir tuve un arranque de inspiración y me puse a teclear como una posesa, aunque luego me sentí tan cansada que supongo que me olvidé de apagarla.
A tientas busco mi celular y, cuando prendo la pantalla, me doy cuenta de que apenas son las cinco y media de la mañana.
La hora del alba. Aún está por amanecer. ¿En dónde está Luca?
Con el recuerdo del sueño rasguñándome la piel como púas, salgo de la bolsa de dormir; cuando estoy libre, me pongo los tenis, agarro una chaqueta delgada y gateo hasta salir de la casa de campaña.
La brisa del mar sopla con frescura y se contrapone a la humedad del aire.
Bajo la luz suave del crepúsculo matutino, serpenteo entre las otras casas de campaña sin hacer apenas ruido con mis pasos sobre el césped.
Luego de pensarlo un poco, asumo que Luca fue a la playa de arena negra, pues siempre le ha gustado contemplar las aguas.
Antes lo hacía y supongo que ahora también. Algunas cosas jamás cambian.
Mientras avanzo por el sendero, el panorama que se extiende frente a mí parece sacado de un sueño.
La bruma matinal, como una neblina etérea, recubre el océano, los acantilados, la costa escarpada y mis propias mejillas.
En el cielo, entre colores azules oscuros y grises que se vuelven a cada segundo más claros, se figuran nubes en forma de valles flotantes.
El verde de la vegetación, como un faro, ilumina las sombras.
En mi mente, mientras tanto, solo tengo dos cosas danzando como las hojas de las palmeras que me saludan ansiosas: la imagen lejana de mi propio sueño con su aura ilusoria y un futuro que se visualiza seguro y a la vez mutilado.
Hay piezas que encajan por naturaleza y otras extraviadas que ni siquiera tengo la intención de encontrar.
Desde la conversación con Luca en la cueva, le he estado dando vueltas al tema de cómo imagino los años venideros.
Sí, he tomado la decisión de confiar en mi corazón y perseguir lo que siempre he querido, convertirme en quien siempre he sido y allí debería acabar el conjunto de las piezas que conforman el futuro, pero sé que hay más aún.
Otra cuestión que ni siquiera me he atrevido a mirar a detalle, como si no importara demasiado.
Pero lo sé hasta el fondo de mis entrañas, porque como le dije a Luca, sabemos incluso lo que creemos no saber.
Porque ¿a quién más he de preguntar que a mí misma?
¿Qué respuesta sería más franca que mi propia percepción?
Solo somos capaces de conocer nuestro propio mundo.
Y en el mío hay miedo. Una niña que se esconde; y luego estoy yo, la envoltura.
Sin embargo, el viaje más profundo hacia mí misma aún resulta demasiado tenebroso y desigual, de modo que apago el interruptor de esta lluvia de reflexiones cuando lo vislumbro a lo lejos.
Como una sombra más —por su camiseta oscura—, en medio del sosiego del alba y el murmullo feroz del Pacífico, Luca está sentado a pocos metros de la orilla con los hombros encorvados y las rodillas flexionadas.
Noto que está fumando un cigarrillo. Por lo que sé está prohibido fumar en el parque, así que imagino el motivo por el que ha venido hasta aquí.
Quizá está pensando en Blair y todo aquello que siente perdido, de lo cual no tengo mucha idea porque ni siquiera me he atrevido a cuestionárselo.
—Eso es nuevo.
Luca se tensa al escucharme. El humo danza en el aire cuando voltea despacio sobre su hombro; sus ojos verdes, decorados con dos anillos dorados, me atraviesan hasta la yugular. Pero solo sonrío. Con toda normalidad.
—¿Cómo? —Su voz suena ronca, como el son de las olas.
—Nunca fumabas. —Me siento a su lado con sigilo.
—Resulta que después de todo no es tan malo como pensaba —lo escucho decir con más brío—. Pero supongo que antes pecaba de enfadoso. Ahora entiendo más a mi padre.
Se ríe entre dientes. Aunque es un eufemismo. Un halo agrio lo rodea.
—¿Estás pensando en ella? En Blair.
Me concentro en la espuma blanca del mar que brilla en la arena negra bajo la tenue luz del ambiente. En su incesante palpitar. Pero Luca se tarda en responder y me obligo a mirarlo de reojo, solo para descubrir que se ha quedado como una fría estatua, sin expresión alguna.
—Creo, Lizzy, que yo mismo me he roto el corazón —susurra, y trato de hallar el sentido de sus palabras, pero son velos ocultos. Evocan una historia que no es mía y comprendo, al instante, que no tengo deseos de desentrañarla—. Aún lo sigo haciendo.
La brisa se alza del mar y nos abraza. Su caricia me hace estremecer.
—¿Por qué lo dices?
No hay respuesta. Tampoco insisto. Al final lo escucho suspirar.
—Pero me alegra que para ti esté funcionando.
Giro el rostro y sus ojos son mi espejo. Una sonrisa lánguida se dibuja en sus labios.
—Estos días de aventuras —refiere Luca—. Te escuché escribir hasta tarde. Te quité la computadora cuando te quedaste dormida.
Intento sonreír. Pero apenas lo logro.
—Sí, por supuesto.