67Luca
Luca
Sé lo que he hecho con lo anterior. Aunque por supuesto, no vuelvo a mencionarlo. Lizzy tampoco lo hace, pero percibo en sus ojos una especie de letargo que no se borra, incluso cuando abandonamos las cavernas y llegamos al Parque Estatal Waianapanapa.
Desde que tengo memoria me cuesta hablar sobre las cosas que considero importantes; sobre todo, las que siento con más intensidad y que tienen que ver con los demás, con Lizzy.
Como si solo pudiera limitarme a lo vago y superficial.
De vez en cuando tan solo me atrevo a dejar retazos, pero eso es todo.
Y estos a veces, tienen mucho peso. Como ahora que luego de haber dejado la combi en el estacionamiento, armado la casa de campaña en el área de césped designada para el campamento e ingerido casi en silencio los bocadillos y bebidas, nos hemos alistado para recorrer los alrededores y visitar la playa negra en la que guardamos recuerdos de risas, raspones y lluvias.
Este parque no es nuevo para ninguno de los dos.
Las instalaciones no han cambiado y sus impresionantes paisajes tampoco.
El murmullo del mar nos hace eco de compañía.
La brisa salada y húmeda serpentea por cada rincón de las colinas y refresca el clima cálido de la tarde.
Aún falta para el crepúsculo, de modo que aprovechamos para caminar entre árboles y plantas por uno de los senderos que bordean esta costa remota y volcánica, enmarcada por una extensa y densa jungla.
Aquí los colores son todos contrastantes: negro, blanco, azul y verde.
La espuma de la mar pálida en las orillas y peñascos.
La oscuridad de las piedras y escarpados acantilados.
El verde de las palmeras y la vegetación que nace tupida en todas direcciones.
El cielo azulado y con pocas nubes. Todo, en conjunto, podría ser fácilmente una entrada al paraíso.
Mientras bajamos por las escaleras que nos llevan hacia la playa negra, un par de niños rubios suben corriendo a nuestro lado y detrás de ellos, sus padres —dos jóvenes como nosotros, mayores quizá por un par de años—, sonrientes y agarrados de la mano les ordenan que vayan más despacio.
Es una escena normal, pero por alguna razón me deja pensativo hasta que llegamos a la pequeña extensión de arena negra, formada por fragmentos de lava basáltica más parecidos a los granos de café.
Supongo que lo anterior se debe a la edad.
Tengo veintiséis años. Tal vez, con dieciocho, me habría pasado totalmente inadvertido e indiferente, pero fue inevitable no ver, por un momento, un vistazo de lo que podría ser el futuro, si es que así veo el futuro…
¿Cómo demonios veo mi futuro? Pero no viene nada a mí. No imagino nada concreto.
Lizzy se detiene a unos cuantos metros de la orilla y empieza a extender su toalla blanca sobre las diminutas piedras oscuras, que no serán tan amigables con las plantas de los pies ahora que me quite los tenis.
Aunque por supuesto, esa parte me tiene casi sin cuidado.
Estoy acostumbrado a las sensaciones poco confortables.
El sol baña las olas de la pequeña playa.
Parecen tranquilas, pero la corriente es fuerte.
Algunas personas aún merodean por el lugar y descansan tumbados en toallas.
A lo lejos un arco de roca decora el panorama y otros turistas, más valientes, se lanzan al mar desde algunos peñascos.
—Oye, ¿pasa algo? Si quieres podemos hacer cualquier otra cosa.
—No. Nada. Estoy bien —murmuro.
Lizzy no dice nada más. Se quita los tenis.
Luego de ponerse las sandalias, comienza a quitarse el pantalón corto de algodón y joder…
Aunque la he visto incontables veces en bañador y comprendo que mirarla de esta manera es inapropiado, mis ojos recorren las curvas de su cintura, las de su trasero y la piel tersa de los muslos.
La tela negra de una sola pieza se adhiere a su piel blanca y hace juego con su cabello oscuro.
Me muerdo la punta de la lengua.
—Será mejor que no te separes mucho de mí —comento mientras me quito los tenis y me quedo descalzo. También me saco la camiseta por encima de los hombros—. Las corrientes aquí no son muy amigables. Seguro lo recuerdas.
La escucho reír con suavidad.
—¿En verdad te estás preocupando por mí?
Volteo y la veo alzar una ceja críptica. Pero no es eso lo que me deja sin habla, sino la intensidad de su mirada gris. Una sonrisa divertida enmarca su rostro.
—Sé nadar tan bien como tú, Luca West. ¿Lo has olvidado?
Le sonrío de vuelta, casi nervioso. Pero aliviado por romper la tensión.
—Sí, lo sé. Perdóname. Es solo porque me preocupo.
Me percato de que tiene el bloqueador y me lo da.
—¿Me ayudas con la espalda?
Sin decir nada, lo agarro en automático.
Ella se da la vuelta y espera. Su bañador tiene una gran abertura en forma de medialuna que deja al descubierto gran parte de piel.
Es obvio el motivo por el que me ha pedido ayuda, pero me siento como un estúpido adolescente en una de esas películas románticas cuando me pongo un poco de crema en los dedos y la esparzo por su piel expuesta.
El contacto es suave y el aroma a lavanda que desprende su cabello domina mis sentidos. Casi me siento contener el aliento.
—¿Es suficiente?
—Sí. Gracias.
Las olas del mar entran y salen de la entrada de la cueva.
Cerca de la costa, Lizzy y yo, sentados en cuclillas, estamos casi al filo de una de las aberturas de una caverna que desemboca en el océano.
Hay rocas desperdigadas en el suelo áspero, formado por roca volcánica negra, de modo que nos hemos puesto los tenis antes de venir.
El rumor del mar es incesante y su espuma blanca lame los costados de las paredes irregulares.
A veces el agua nos salpica, pero no nos incomoda.
Seguimos empapados hasta los huesos, con puntitos negros adheridos en la piel. La humedad nos abraza por completo.
Mientras tanto, en silencio, estoy seguro de que ambos estamos recordando la primera vez que descubrimos esta cueva.
Lo maravillado que yo estaba y el minuto desafortunado cuando, al tratar de escalar hacia una abertura en el techo por donde la luz natural se filtra, resbalé y resulté herido.
Mi rodilla se llenó de sangre y Lizzy tuvo que ir por auxilio, casi muerta de miedo.
Es sencillo ver el pasado. Pero el futuro sigue desdibujado.
—¿Puedo preguntarte algo? —pronuncio.
Lizzy se encoge de hombros; al igual que yo, contempla el lienzo azul mientras ciñe sus tobillos. Yo mantengo los brazos cruzados sobre las rodillas.
—Sí, dime lo que sea.
Respiro hondo y aprieto los labios.
—Cuando piensas en el futuro, ¿imaginas cosas concretas? —cuestiono con lentitud, dándome tiempo para pensar en cada palabra—. Porque cuando yo pienso en él, no veo nada. Es decir, tengo una vida estable, eso creo, pero no puedo ver más allá.
Lizzy aguarda un minuto entero.
—Yo solo sé que quiero seguir escribiendo —lo dice como algo sencillo, pero a la vez no—. Pero eso es todo. Tampoco hay mucho más.
Por algún motivo me entristezco, aunque creo que sé la razón: yo veo un fondo vacío y Lizzy no me ve a mí.
Es casi lo mismo. Pero también sé que antes de la llovizna yo solo podía verla a ella y a sus ojos grises, su sonrisa suave, su aroma a lavanda, su sensibilidad por la vida y la naturaleza, su capacidad para hacerme feliz solo con su existencia y hacerme sentir como si nada más importara.
De pronto el rugido insaciable del mar desemboca en la entrada de la cueva con un poco más de fuerza y nos salpica el rostro antes de que podamos cerrar los ojos. Lizzy se frota la cara entre risas y yo me limito a echarme el cabello hacia atrás.
—Aunque ¿sabes qué? —Lizzy gira el rostro hacia mí.
Y yo no puedo evitar mirarla—. Creo que en el fondo lo sabemos todo, Luca.
Incluso las cosas que creemos no saber —asegura con un hilo de voz, ligeramente fracturado, como si algo en ella contuviera el peso del mundo—.
¿Recuerdas lo que alguna vez dije sobre el futuro como puntos de partida?
El futuro no es algo fijo ni estable, nunca lo alcanzamos.
No existe. Por eso cada día es un punto nuevo de partida.
Pero si nos resignamos, entonces se convierte en el punto final.
Lizzy dice eso y las cosas encajan. Porque reconozco en dónde estoy; dónde he estado desde aquel lejano octubre: en un punto y aparte por temor a volver a comenzar.