Lo que se rompió en aquel verano 66Lizzy
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Lizzy

Hana Lava Tubes. También conocidas como las Cavernas Kaeleku.

Ya he estado en este sitio antes y no es que tenga miedo, pero siento un hueco en el estómago cuando, con linternas de alta potencia que nos ha proporcionado el personal del lugar, empezamos a descender por las escaleras de piedra con barandillas a cada lado hacia la cavidad.

A cada paso, dejamos atrás la luz del día y las flores del jardín que rodean el acceso.

Es un recorrido de unos cuarenta minutos, autoguiado, aunque nos han dado una serie de recomendaciones para no aventurarnos más allá dentro de la caverna.

Luca va detrás de mí, cuidando mis pasos y visiblemente emocionado y extasiado por la experiencia.

Cuando éramos niños, nada era capaz de intimidarlo. Eso no ha cambiado.

—Es un poco terrorífico pensar que alguna vez todo esto estuvo lleno de lava, ¿no crees? —apunto mientras bajamos por las escaleras de piedra—. Apenas puedo imaginarlo.

La humedad y la oscuridad del interior comienzan a abrazarnos. La luz de las linternas se convierte en nuestra única guía. Por suerte, en el primer tramo que atravesamos aún hay algo de luz natural que se filtra a través de unas aberturas en el techo.

—¿Estás nerviosa?

—No exactamente.

Dentro, el espacio es amplio, de modo que no es un lugar que genere la sensación de estar atrapada.

No, no tengo claustrofobia, pero aquí es fácil sentirse un poco asfixiada.

Luca se empareja a mi costado y, cuando vemos algunos carteles informativos, nos detenemos a leerlos.

Están escritos con algo de humor. Nos hablan de una erupción ocurrida hace cientos de años en la isla: como resultado de la lava fundida que brotó del subsuelo y fluyó hacia el océano, se formaron enormes túneles como este.

También se menciona la rotura interna del tubo de lava y más detalles del suelo.

Después seguimos avanzando.

Hay suficientes pasamanos, de modo que a pesar del terreno resbaladizo y la oscuridad como la boca de un lobo, no es un sendero tan difícil de recorrer.

A nuestro paso, hemos visto algunos insectos que han sobrevivido en el entorno, pero al menos no nos hemos topado con las desafortunadas cucarachas, porque podría gritar al verlas.

Además, nos hemos ido deteniendo para sentir la textura de las paredes y las distintas formas y colores en ellas.

Hay estalactitas de lava por todas partes.

—Esta parte se parece a un brownie de chocolate. Eso me pareció la primera vez que estuve aquí —me río un poco nerviosa mientras recorro con la yema de los dedos las hendiduras en la textura de la pared—. Es fascinante.

La luz de las linternas alumbra el semblante de Luca.

De soslayo lo veo sonreír a mi lado mientras siente las texturas de la pared al igual que yo.

Este es el peor momento para distraerme con esto, pero por un segundo las líneas de su rostro destellan y se produce en mí cierto anhelo de alzar la mano y acariciarlo…

He tratado de fijarme más en los detalles de la experiencia y no tanto en su cercanía, que resulta más apremiante en el silencio, la soledad y la oscuridad de los conductos. Pero no, no lo he logrado.

—¿Apagamos las luces? Quiero ver la oscuridad absoluta.

—Es obvio que no la verás —replico.

Entrecierra los ojos y sonríe divertido.

—Sí, tienes razón. La oscuridad no se puede ver porque es ausencia de luz —concuerda y luego apunta con la linterna a cada rincón que nos rodea. Estamos solos—. Pero vamos, ya que estamos aquí, tengamos la experiencia.

Me muerdo el labio, indecisa.

No sé si pretende asustarme o solo tiene curiosidad.

Cuando éramos niños, de la misma forma en que yo coleccionaba las palabras rimbombantes, Luca solía ser muy travieso y solo podía pensar en gastar bromas para asustar a los demás.

Recuerdo la alegría y las aventuras de los primeros años de nuestra amistad, cuando aún los cambios de la adolescencia no llegaban y solo éramos un par de niños divirtiéndose por allí.

Luego, cuando los años pasaron, aunque Luca siempre conservó esa chispa relajada y sencilla, se hizo más cauto y empezó a preocuparse por los vacíos, por su lugar en el mundo.

Pero es cierto que aún estaba alejado de la inaccesibilidad actual, porque aunque siento que estamos volviendo a ser nosotros mismos, un muro invisible sigue presente.

—Bien, de acuerdo.

Luca apaga su linterna. Yo apago la mía.

De pronto la oscuridad que nos arropa se queda sin fisuras. Es como caer en el abismo de un calabozo, sin ninguna interferencia de vida, solo la de nuestra propia respiración. A tientas alzo la mano y trato de buscarlo a mi costado derecho, justo donde estaba hace un momento. Pero no lo encuentro.

—¿Luca?

Nada.

—Donde quieras asustarme…

—Sí, no era mi imaginación. —No lo escucho a mi lado, sino enfrente de mí. Sin embargo, aunque no puedo verlo, sé que conserva cierta distancia porque no percibo su aliento y solo la humedad del túnel—. Tus ojos alumbran la noche.

Esas palabras me llevan a un dije de luna. Un escrito suyo con puño y letra.

—Mentiroso —susurro casi sin aire.

¿Por qué está haciendo esto? Mi corazón empieza a latir desbocado. Late tan fuerte que casi puede escucharse.

—Pero no necesitan ningún sol para brillar, porque tu luz es propia —prosigue con un tono firme y sencillo. Sé, con certeza, que está refiriéndose a lo que yo misma le escribí como respuesta a sus palabras, muchos años después—. Yo puedo verla.

Después se escuchan voces a nuestras espaldas.

Y la luz lejana rompe el hechizo.