65Luca
Luca
Una burbuja íntima y cálida llena la cabina.
El baño anterior ha sido reparador para ambos y ahora, bajo la luz de la plena tarde, estamos en camino hacia la última parada antes de llegar al parque donde tenemos reservación para acampar esta noche.
Sin embargo, poco después de abandonar Puaa Kaa, nos detuvimos unos minutos de imprevisto en las cataratas de Hanawi —que atraviesan un puente justo al lado de la carretera—, solo para apreciar su caída.
La cascada, atrapada entre la selva tropical y el hala nativo, forma una gran piscina natural de agua helada que desemboca en el Pacífico, con un rugido ensordecedor durante todo el año.
Aproveché para tomar algunas fotografías y también le hice algunas a Lizzy. Después continuamos nuestro recorrido.
Ahora mismo el silencio nos abraza. La música del estéreo y los sonidos del exterior, junto con el viento fresco y húmedo que se cuela por las ventanillas abiertas, son lo único que interrumpe la apacibilidad.
Pero si soy sincero, está siendo una ardua tortura fingir que a cada hora un deseo intenso no me carcome las venas.
Uno que no había sentido antes, ni siquiera cuando éramos adolescentes.
Tanto es así que a pesar de que ya era consciente del peligro de esta propuesta —que he planeado más por celos que por cualquier otra cosa—, empiezo a comprender que quizá reprimir mis impulsos será mucho más difícil de lo que había pensado.
Lo supe en aquel instante, dentro de la poza, a centímetros de sus mortíferos labios.
Cuando bajé la barrera por un segundo. Respiro hondo al recordarlo.
¿Podría reconsiderar las posibilidades y echar para atrás nuestro road trip ? ¿Fingir que he agarrado alguna infección en el camino o algo parecido? No sería tan anormal. Empiezo a sentir un profundo temor. ¿Qué pasa si en algún punto ya no puedo soportarlo?
Trato de distraerme con los infinitos panoramas de la carretera, mientras Lizzy lleva los pies en el tablero y yo las manos en el volante.
Ella, nuevamente, parece perdida en sus ideas, en busca del título perfecto para su novela.
Antes mencionó que aún no lo ha decidido y supongo que sigue pensando en ello, hasta que la escucho suspirar. Largo y tendido.
—El tiempo pasa rápido, ¿no? —dice Lizzy con tono nostálgico.
Deja el lápiz sobre la hoja desnuda y se pasa un mechón de cabello por detrás de la oreja. Fija la mirada en la densa vegetación que enmarca la carretera de punta a punta.
—Un día pareces estar viviendo en un mundo que nunca cambia y al otro, es solo un recuerdo que se escurre con los años.
Cuando era niña solía vivir en pequeñas eternidades que no lo eran, pero se sentían así.
—La veo sonreír. Pero su gesto emana melancolía—.
No lo sé. He estado pensando que muchas veces los adultos sentimos que apenas vivimos porque en realidad nunca estamos aquí por completo —continúa con un hilo de voz que se pierde entre el murmullo lejano del Pacífico—.
Vivimos añorando el pasado o temiendo al futuro.
Y en realidad, este minuto es lo único que tenemos, pero apenas lo tomamos en cuenta.
Sus palabras me hacen mirar el medallón que cuelga del retrovisor.
En ese pequeño objeto hay guardado un instante especial.
Un minuto congelado que a falta de volver a vivirse, solo puede mirarse en una fotografía.
Una brisa, como la que acaricia mi rostro con sabor a sal, nace del fondo de las entrañas.
Es suave y está llena de una calidez que hace mucho tiempo no sentía. Se parece a la esperanza.
—Muy pocas veces vivimos en el presente —concuerdo.
Lizzy aguarda largos segundos.
Entonces una canción termina y empieza a sonar la introducción de «Somewhere Only We Know», de Keane. Como si el universo estuviera sincronizado con nuestros sentimientos —que quizá sí—, en sus líneas se traduce parte de mi alma.
—Se ha dicho muchas veces, pero supongo que simplemente deberíamos vivir cada día con intensidad, incluso cuando solo sentimos dolor.
Con pasión… —murmura Lizzy. Algo empieza a quemarse dentro, aunque ella no se da cuenta—.
El presente es valioso porque nunca es para siempre. Creo que esa es la única verdad.