Lo que se rompió en aquel verano 64Lizzy
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Lizzy

Las horas pasan ligeras. Luca y yo hablamos de la infancia, de las anécdotas veraniegas.

Nos conocemos las perspectivas, los lunares y las cicatrices.

Pero aun así sentimos la necesidad de recapitularlo todo: nuestras películas favoritas, artistas y pasatiempos.

Aunque ninguno de los dos se atreve a formular los años de ausencia y silencio entre nosotros.

Existe una fina línea que no cruzamos, como si por mutuo acuerdo no necesitáramos desentrañar ni revelar lo que yace ahí para volver a ser nosotros.

Luca y Lizzy, los mejores amigos de cada verano.

Eso es suficiente. ¿Se pueden ignorar los agujeros? ¿Lo no dicho marchita el futuro?

Luego de terminar el circuito en el corazón del bosque, hacemos una breve parada en un puesto de comida, Halfway to Hana, donde comemos los bocadillos que preparamos para el trayecto y completamos el almuerzo con el famoso pan de plátano, frutas frescas y café.

Al final, incluso nos merendamos un par de helados de maracuyá, tan deliciosos que Luca termina pidiendo uno más.

Poco después, nos detenemos unos minutos en el mirador del parque estatal de Wailua.

Dejamos la combi en el estacionamiento y subimos unas pequeñas y escondidas escaleras entre los árboles.

Luca toma algunas fotografías del valle y la península de Keanae.

Mientras tanto, yo disfruto de la vista del océano, las cascadas a lo lejos y la pequeña comunidad dispersa en las laderas.

—¿Podría tomarnos una foto? —escucho decir a Luca.

Cuando volteo, con sorpresa, lo veo acercarse a mí con una media sonrisa y señalando con el pulgar hacia atrás.

Le ha dado su cámara a un excursionista que ya nos espera.

Sin poner reparos, dejo que Luca me rodee los hombros y, en cuanto estamos listos, sonreímos al frente con la suficiente emoción. Nos hacen dos, tres fotografías.

La colonia de Luca es cítrica y amaderada.

La misma desde los dieciocho. Por alguna razón, el aroma se intensifica de repente, como cuando me sujetó a tiempo en el sendero.

No se despega de mis sentidos. Ni siquiera cuando volvemos a la combi y, acatando el itinerario en la cartulina, hacemos la siguiente parada en el Parque Estatal Puaa Kaa.

—Vamos, Lizzy —Luca me extiende la mano, sonriente.

Las gotas resbalan por su pecho desnudo y su cabello mojado se apelmaza sobre los hombros.

El paisaje a sus espaldas es hermoso pero su belleza no se queda atrás.

La mitad de su cuerpo está sumergida en el estanque, mientras que yo sigo sentada en una piedra, con los pies en el arroyo. Pececillos nadan junto a mí.

—No está tan fría. ¿Qué pasa? Venías emocionada.

Me concentro en sus ojos verdes. En su mano extendida.

En el hombre en el que se ha convertido.

No, no es que haya perdido las ganas de divertirme o tenga miedo.

Toda mi vida he hecho cosas así. Pero repentinamente me he sentido vulnerable.

No sé qué estaba pensando cuando acepté algo como esto.

Es demasiado, más de lo que puedo soportar.

Sí, como se lo dije en el claro —quizá de forma más transparente de lo necesario—, no quiero que volvamos a distanciarnos.

Lo quiero cerca de mí, presente en mi vida.

Sin embargo, no es tan fácil convivir con él como lo hacía en cada verano.

Ahora es distinto. Las sensaciones electrizantes son más difíciles de controlar y disimular que cuando éramos más jóvenes. Es como punzar una zona dolorosa.

—Estoy bien, solo que… —Agarro su mano con rendición y el contacto me estremece cuando me ayuda a levantarme, aunque se confunde con el frío—. Olvídalo.

Luca alza una ceja, pero no pregunta. Le suelto la mano.

Camino con pasos firmes entre las piedras hasta la zona profunda y, sin más titubeo, me deslizo en la poza por completo.

El agua fría me envuelve el bañador por debajo de la camiseta.

Al principio, la sensación es como un cuchillo filoso, pero luego se vuelve soportable.

Empieza a ser refrescante y como sé nadar a la perfección, no me molesto en mantenerme cerca de la orilla.

Los rayos del sol bañan el estanque. Me deshago la coleta y sumerjo la cabeza.

Cuando salgo a la superficie, de la nada, descubro a Luca a mi lado, a veinte centímetros.

Las pestañas húmedas profundizan su mirada leonina y, solo por un segundo, su sonrisa ladeada me arrebata el aliento.

Dejo de escuchar hasta la caída de la cascada.

—Mucho mejor, ¿no? —Su voz es una caricia ronca.

Sus labios entreabiertos brillan húmedos, como el agua. Es una visión peligrosa, como el calor que emana de su cercanía y que de alguna manera calienta el agua. ¿Es eso posible?

Esbozo una sonrisa temblorosa.

Pero en medio de mi propio éxtasis, lo veo fijar la mirada en mis labios y algo ocurre, una chispa que congela el momento. Tal vez a él mismo lo toma por sorpresa y es que después de todo, él es un chico y yo una chica.

—Sí, mucho mejor —afirmo.

Entonces Luca se aleja repentinamente.