Lo que se rompió en aquel verano 63Luca
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Luca

El trino de los pájaros se escucha a lo lejos.

Las ramificaciones interrumpen el tapiz azul del cielo.

La tranquilidad y el color verde y marrón de la densa vegetación nos arropan desde todas direcciones.

La única vía libre es el mismo sendero que en ciertas partes está formado por escalones y pendientes.

Hasta ahora está siendo un recorrido poco desafiante, pero es evidente que ha llovido recién por esta área, lo que nos hace andar con más cuidado, ya que la tierra húmeda se embarra entre las piedras y raíces que serpentean el camino.

Las gotas de agua aún relucen como perlas en las hojas de los árboles, los helechos y las flores tropicales.

En una especie de lienzo, los rayos del sol se filtran como lluvia dorada entre el follaje y bañan con sutileza los tramos sombreados.

No hay grandes vistas a las montañas o al Pacífico —como mencionó Lizzy—, pero pronto me doy cuenta de que la belleza de este lugar radica en su propio núcleo. En su aire ajeno del mundo.

—No es aburrido como dicen algunas reseñas que leí en internet.

Es como estar en medio de un bosque encantado, ¿no te parece?

—expresa Lizzy mientras avanzamos al mismo ritmo con una prudente distancia entre nosotros.

Es como si los dos escapáramos del riesgo del tacto—.

Nunca volví a escribir fantasía como en mis primeras historias, pero creo que en este sitio podría crear un mundo perfecto de hadas y duendes. Eso sin duda.

Me detengo, pero Lizzy no lo hace ni mira hacia atrás.

Sigue su paso cuidadoso y yo aprovecho para tomar algunas fotografías con la cámara que llevo colgada del cuello.

Nos bordean exuberantes helechos y árboles de eucalipto y caoba.

El silbido del viento y el crujido de las ramas son un murmullo constante.

—Como Alicia en el País de las Maravillas .

Yo solo he visto la película, pero supongo que tú has leído el libro, ¿no?

—La alcanzo sin mucho esfuerzo y la sonrisa que noto en sus finos labios revela la respuesta.

Sacudo la cabeza y trato de bromear—. ¿Hay algún título popular que nunca hayas leído? ¿ Orgullo y prejuicio ?

—Lo he leído —se ríe.

—¿ El retrato de Dorian Grey ? —tanteo.

— El retrato de Dorian Gray —corrige Lizzy y luego vuelve a reír ante mi ceño fruncido.

Ella no se da cuenta, pero el sonido de su risa provoca una oleada caliente en mi pecho.

Es un dulce sonido que echaba mucho de menos—.

Y sí, también lo he leído. Pero ¿por qué no mejor hablamos sobre los títulos que tú sí has leído?

—Deben ser menos de cinco.

La veo apretar los labios.

—¿Recuerdas cuando te recomendé que leyeras…?

Su oración se interrumpe de forma abrupta cuando uno de sus pies se queda atorado entre las raíces que atraviesan la superficie terrosa del sendero.

Justo cuando Lizzy suelta una breve maldición y está por caer de bruces, alcanzo a sujetarla en un acto reflejo.

Por un segundo casi pierdo el equilibrio también, pero logro plantar los pies con firmeza en el terreno y la atraigo hacia mí.

En un segundo, la cámara que cuelga en mi pecho es lo único que se interpone entre los dos.

—Dios… —jadea—. Gracias.

Respiro hondo y asiento aún sin soltarla.

La situación no dura más de un instante, pero soy muy consciente del roce de mis dedos sobre la curva de su cintura y de su cálido aliento contra mi cuello.

Lizzy no tarda en apoyarse en mis codos y echarse para atrás.

Cuando alza la mirada y aún sujeto débilmente uno de sus antebrazos, aparece una sonrisa avergonzada en sus labios y un ligero rubor salpica sus mejillas. Como es tan blanca, se hace evidente.

—Eso estuvo cerca —susurro. Mi voz sale extraña, tensa.

Lizzy parpadea y, con cautela, da un paso atrás. Su licra negra se ciñe a sus muslos y el verde oscuro de su top resalta su piel cremosa. Sus ojos grises brillan turbados bajo sus cejas pobladas. Trago saliva y aparto la mirada antes de seguir caminando. Ella hace lo mismo, pero con más cuidado.

—¿Qué era lo que me decías?

Lo anterior queda olvidado.

El claro es pequeño y acogedor. Algunas aves sobrevuelan muy cerca.

El crujido del viento crea un canto armonioso.

Luego de atravesar el bosque lleno de raíces traicioneras —en varias ocasiones ayudé a Lizzy a sortearlas, así que lo anterior al menos sirvió para romper esa extraña y tensa barrera en cuanto al contacto físico—, finalmente hemos llegado a la cima.

Pero apenas podríamos creerlo, pues la densa vegetación impide ver más allá de las crestas.

Estamos atrapados en lo que parece ser un sueño lejano, donde la vida se reduce a este cuadrado de césped bañado por el sol y bordeado por naturaleza salvaje.

En un costado, solo hay una mesa de pícnic bajo un gazebo de madera desgastada.

—Es maravilloso, ¿no? —pronuncia Lizzy con la voz excitada y la atención prendada en la inmensa belleza y quietud que nos rodea.

Me deja atrás y corre como una niña pequeña hacia el centro del claro—.

Podría venir aquí todos los días solo para leer y escribir.

Y para escuchar música. Y para escribir poemas.

Y para reflexionar sobre la vida. Para ser yo misma.

Sonrío abiertamente. Aunque no me siento tan maravillado por el espectáculo natural, su propio desborde hace que pueda ver colores y texturas que de otra forma no podría percibir, ni siquiera con mi ojo de fotógrafo.

Creo que nunca lo había pensado así, pero Lizzy es como un centro de gravedad con una sensibilidad tan intensa que se vuelve un poco mía.

A su lado las cosas se sienten diferentes, más luminosas y livianas.

—Tienes razón. Hasta yo podría escribir algo interesante en este sitio… —vacilo mientras camino hacia ella con las manos en los bolsillos del pantalón.

Lizzy extiende los brazos, alza el rostro hacia el cielo y gira lentamente sobre su propio eje; sonríe de par en par y el viento dócil despeina su coleta.

—Pero claro, no sería algo tan profundo —aclaro—. Al menos no como lo que tú escribes.

Lizzy se detiene y baja los brazos. Aún con el rostro elevado, la veo cerrar los párpados y respirar hondo. Después, cuando los abre y me busca, su mirada gris resplandece como el brillo del sol. No hay cerraduras en sus ojos y aunque no nos tocamos, percibo su abrazo.

—Tu existencia es profunda, Luca. Para mí lo es, como todo lo que haces también, aunque por alguna razón te cueste verlo. Lo digo en serio.

Luego sigue el silencio. Nos sentamos en el centro del claro tan solo para sentir el baño del sol y dejamos que el sosiego de la naturaleza y el murmullo de los árboles nos consuman los pensamientos y lo que baila a nuestro alrededor.

—Hay algo que no comprendo, ¿sabes? —la escucho decir.

Se agarra los tobillos con fuerza. Mantiene la atención en el verde del bosque que nos rodea—.

Tú siempre has dicho que no hay nada especial dentro de ti, pero yo siempre he sentido tu compañía como algo sumamente especial.

—Sus palabras flotan en el aire y me producen un pinchazo en el corazón—.

La prueba de eso es que lo creas o no, todo este tiempo te he echado mucho de menos, Luca.

No quisiera hablar del pasado, porque las cosas han sucedido y ya está, pero solo comprendo lo que ahora siento si lo incluyo y lo miro desde atrás. Solo quería decirlo.

Ella espera como para que diga algo, pero no soy capaz de decir nada. Se me obstruye la garganta. Lo que quisiera decir se atora en algún punto y me deja frío.

—No quiero que volvamos a distanciarnos —continúa y gira el rostro hacia mí.

Es como si nuestras miradas hablaran por nosotros.

Está allí, en el fondo, y es un sentimiento que abarca todos los agujeros y las aristas.

Es lo que tenga el nombre que tenga, nos pertenece.

No se ha extinguido—. No quiero que dejemos de ser lo que siempre hemos sido.

Finalmente puedo respirar.

—Comencemos de nuevo, Lizzy.