Lo que se rompió en aquel verano 62Lizzy
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Lizzy

Vuelvo a repasar cada cosa. No quiero que me falte nada importante.

Además de suficiente ropa, algunos pares de sandalias y tenis, bloqueador solar, repelente, toallas, artículos de aseo e higiene personal, bañadores y mi tabla de surf, he puesto en un maletín lo indispensable que una escritora debe llevar siempre consigo: computadora portátil, libreta, bolígrafos, un libro de poemas y audífonos de casco.

En cuanto a todo lo demás —botellas de agua, gaseosas, cervezas, comestibles y bocadillos en la hielera, platos y vasos de plástico, papel higiénico, equipo de primeros auxilios, impermeables, herramientas, linternas, bolsas de basura, tienda de campaña y bolsas de dormir, mantas y todo lo necesario para un recorrido por una isla—, Luca y yo lo preparamos juntos desde las seis de la mañana.

Kai nos prestó varias cosas y, aunque pareció asombrado, solo nos deseó buena suerte.

Fue ahí cuando recién me hice a la idea de que esto es real.

Porque aunque me levanté consciente de que la cosa va en serio, de que acepté esta especie de locura, una parte de mí no tardó en buscar una excusa para echarse para atrás.

La otra, en cambio, resistió y sigue llena de emoción.

Y es que en esencia es como volver al pasado.

Durante seis días, Luca y yo viviremos un nuevo verano.

Los de siempre, los que nos pertenecen. Supongo que después de todo, nuestra amistad es más importante que cualquier otra cosa.

No hemos olvidado quiénes somos y aunque es cierto que el tiempo nos ha moldeado, nunca dejaremos de ser lo que hemos sido.

Eso último, como un bucle, no deja de repetirse en mi mente.

Aún sigo sin definir el título del Proyecto otoño , pero siento que estoy cerca. Sé que tiene que ver con eso.

—He hecho una playlist que tiene un poco de todo. La hice con tiempo anoche, así que creo que tiene suficiente material —dice Luca con tono animado. Noto su esfuerzo.

Mantiene una mano al volante y el otro brazo por fuera de la ventanilla.

La combi Volkswagen avanza a baja velocidad por la sinuosa, estrecha y quizá más bella carretera del mundo.

Es difícil no maravillarse con las vistas que cada tramo nos regala, como si fuera la primera vez.

El camino es tan paradisíaco que la experiencia nunca es la misma dos veces.

Los colores del cielo, del mar y las formas de las nubes cambian a cada minuto.

—Pero bueno, ¿has dormido bien? —continúa él—. Si no es así, puedes descansar un poco si quieres. Ya sabes. No me molesta.

Reprimo una sonrisa. Sé que intenta animarme a alzar los pies.

En el pasado, cada vez que me subía a esta combi, como si nada, solía estirar las piernas y apoyar los pies en el tablero.

Entonces la confianza entre nosotros era tan estrecha que no había necesidad de pedir permiso.

Tal vez por eso de repente nos envuelve una sutil y silenciosa nostalgia. Pero no es triste, sino reparadora.

—Esto es suficiente.

Sin más, subo los pies al tablero y, con mi libreta abierta sobre el regazo, doy golpecitos en la hoja con la goma del lápiz. Intento encontrar el título perfecto para mi novela con ayuda del panorama. Juego con algunas palabras.

Suspiro y lo miro de reojo.

Luca no sonríe, pero se ve relajado. Su expresión refleja placidez y afecto.

Los cálidos y suaves rayos del sol bañan el exterior.

La brisa del mar, que entra por las ventanillas, refresca la cabina y despeina las puntas de su cabello dorado sobre los hombros.

El mío, en cambio, se mantiene en su lugar en la coleta.

Mientras los segundos pasan, las notas lentas de «Make You Feel My Love» suenan de fondo.

También me percato del medallón dorado que cuelga de una cadena del espejo retrovisor.

Allí dentro hay una fotografía de Luca y sus padres.

Lo sé porque yo misma se lo regalé en aquella última Navidad.

—¿Puedo preguntar de qué va la novela? —dice de pronto a pocos minutos de llegar a nuestra primera parada.

Aún soy capaz de orientarme en esta selva tropical—.

¿Es una idea nueva o ya llevas tiempo con ella?

Perdona, pero sabes que siempre me ha resultado interesante todo lo que escribes.

Y no lo sé, supongo que extraño escucharte hablar sobre lo que más te apasiona en el mundo.

Sus últimas palabras son como un abrazo cálido.

Me muerdo el labio y fijo la atención en los enormes helechos, las palmeras y los árboles de bambú que en algunas áreas crecen densamente.

En la extensión azul que decora el final de cada acantilado.

También en el color hueso del tapiz que a pesar del tiempo transcurrido aún conserva buen aspecto.

Es evidente que el desgaste de la Volkswagen ha sido mínimo porque quizá ha permanecido más tiempo en la cochera de lo que imaginaba.

—Siempre digo que explicar de qué va tu propio libro es la pregunta más difícil de contestar para cualquier escritor —digo con un dejo divertido.

Hago una pequeña pausa y luego, con voz más firme, añado—: básicamente es una novela de romance, desarrollo personal, sueños y nuevos comienzos.

El tema central es el desafío de ser uno mismo.

Y no, no es una idea nueva. La empecé hace poco más de un año, pero ya sabes, la pausé porque realmente no estaba enfocada en esto.

Volteo hacia él y lo veo asentir.

Su expresión se torna reflexiva. Pero yo me fijo, más de lo debido, en la línea recta de su mandíbula y la barba incipiente que la salpica.

La nuez de su garganta y la forma en la que la tela de su camiseta gris se ciñe a lo ancho de sus hombros y a los músculos de los brazos.

El brillo de su cabello dorado y su piel tostada.

—Y bueno, eso mismo.

Él aprieta los labios.

—¿Por qué no me cuentas un poco más? —sugiere mientras esquiva un bache que se ha formado en la calzada por una lluvia reciente—. Quiero imaginarme el mundo que estás creando. Digo, si es que no te incomoda.

—Bien, ¿por dónde comenzar?

Luca no quita la atención del camino en ningún momento.

No es solo cuestión de querer ser amable o de tener algo de qué hablar durante el trayecto.

Entre nosotros —y al parecer esto no ha cambiado— siempre ha existido un profundo y mutuo interés por las cosas que nos emocionan.

Puede parecer insignificante, pero solo ocurre con las personas con las que conectas de forma más íntima.

Y cuando pasa lo valoras, porque la mayoría no escucha si hablas de lo que realmente te importa.

Supongo que es por esta razón que aunque siempre me ha costado hablar sobre mis propias historias, me descubro detallando las vidas y características de mis personajes como si fueran personas reales: sus miedos, sus batallas y las facetas que se irán desnudando a lo largo de los capítulos que aún me faltan por escribir.

Así es como me doy cuenta de que la chispa de la novela sigue encendida.

También comprendo por qué no la he abandonado y por qué sigo empeñada en que sea el proyecto que marque mi nuevo comienzo como escritora.

Justo cuando termino de hablar, llegamos al sendero de la cresta de Waikamoi, situado a unos pocos kilómetros adelante de las Twin Falls.

Luca se detiene en un amplio arcén que sirve como aparcamiento.

Entre el inicio de la vegetación y el silencio, solo hay un par de autos más, lo que significa que apenas nos encontraremos con gente.

Cierro la libreta y la dejo al lado del asiento. Bajo los pies y asomo la cabeza por la ventanilla. La humedad del viento me acaricia el rostro.

—Por lo que leí, en este lugar no hay vistas al océano o a la montaña, solo un interminable bosque que conduce a un claro al final —menciono mientras nos quitamos los cinturones de seguridad—. Pero bueno. Ni tú ni yo lo conocemos. Será divertido.

Sus ojos verdes se cruzan con los míos. Hay algo atrapado en su mirada leonina y al instante adivino que no me ha prestado atención. Está pensando en algo más. Él aguarda en silencio un minuto entero. No lo interrumpo.

—Lizzy, durante casi toda mi vida he estado convencido de que si ya sabes qué es lo que más te apasiona en el mundo, lo demás debería ser bastante sencillo, ya que solo quedaría perseguirlo y desarrollarte en eso para lo que has sido hecho.

—Su mirada se fija en el bosque a través del parabrisas—.

Pero ahora me doy cuenta de que pensarlo así es mirarlo muy por encima.

Porque también están las dudas y los miedos. En todo caso, las idas y las vueltas.

Entonces las palabras que alguna vez pronunció —en la última Navidad que compartimos antes de que la normalidad nos abandonara— llegan como un vendaval a mi mente: «No sigas convirtiéndote en alguien que no eres, Lizzy.

Creo que no te has dado cuenta, pero eres especial precisamente porque tu corazón es auténtico, así que deberías escucharlo con más respeto».

Fue la última vez que nos vimos en mucho tiempo.

Me mantengo en silencio, pero algo se entremezcla en mi pecho.

En mi propio fuego que nunca se apagó. Y cuando sus ojos verdes —del mismo tono profundo y oscuro que las hojas de los árboles que nos rodean— vuelven a encontrarse con los míos, un atisbo de sonrisa se dibuja en una de las comisuras de sus labios. Ese gesto ilumina su rostro.

—Quizás no estuve en todo ese proceso, pero me alegro de que finalmente hayas tenido la fuerza y la voluntad para regresar a ti misma, Lizzy.

—Su tono cálido contiene un rasguño casi imperceptible—.

No imagino el miedo que debiste sentir antes de dar el salto.

Pero tienes que saber algo importante: incluso con solo atreverte, logras inspirar a los demás. Me inspiras a mí.

Después Luca sale de la combi.