Lo que se rompió en aquel verano 60Luca
56%

60Luca

Luca

Es una sensación liviana. Como si nada se hubiera fragmentado.

En mí mismo y entre nosotros. Michael Jackson es el único artista del que tengo discos de vinilo; de hecho, la única razón por la que compré un tocadiscos en el pasado fue para reproducir sus grandiosos temas.

Ahora mismo, mientras Lizzy y yo estamos sentados en la alfombra de la sala, al filo del sofá más largo, las notas de «You Are Not Alone» llenan cada rincón de la planta baja.

He extendido sobre la mesa de centro una cartulina blanca para anotar con un plumón negro los puntos del itinerario.

Podríamos haberlo elaborado en notas del celular o descargar algunas sugerencias de internet, pero a los dos nos pareció más divertido hacerlo de esta manera.

—Creo que conozco casi toda la isla y la mayoría de los rincones del camino a Hana, pero no importa, podemos incluir cualquier sitio que te llame la atención —opino con una sonrisa ladeada y ella hace un mohín—.

Además, ya sabes, ninguna experiencia es igual a otra.

Por eso hay gente que sube al Haleakala al menos una vez por año.

No lo añado, pero lo que pienso se queda impregnado en el ambiente con un sabor dulce y amargo a la vez: «Según mi propia experiencia, ningún verano contigo ha sido igual a otro y estoy seguro de que tampoco lo sería ninguna noche».

Aun así, el pensamiento es tan claro e intenso que como si ella pudiera leerme la mente, aparto la mirada.

Con una rodilla flexionada y la otra extendida, me entretengo dando golpecitos en la cartulina con la punta del plumón que tengo en la mano. El cabello me ha crecido un poco más, así que me lo he sujetado en un bucle para que no moleste sobre la frente.

—Me parece que nunca he hecho esnórquel en el Molokini —dice Lizzy luego de un largo silencio—. ¿Tú alguna vez lo hiciste? Recuerdo que una vez Kai y Anela nos invitaron, pero ya no fuimos porque me lastimé el pie. Bueno, sé que tú sí tenías muchas ganas de ir, pero…

—No quise divertirme sin ti —aclaro.

Mis ojos se encuentran con los suyos. Es un suspiro congelado y compartido. Tengo la impresión de que durará una eternidad, hasta que el instante se rompe cuando ella desvía la mirada y suelta una risita entre dientes a la vez que sacude levemente la cabeza.

—Pero no, nunca he hecho esnórquel en el Molokini —prosigo con desenfado—. Así que… añadido a la lista. Supongo que tendré que hacer ya mismo las reservaciones, como las del parque Haleakala. ¿Algo que nos falte?

Ahora «Stranger in Moscow» se reproduce en el tocadiscos.

—No olvides llevar tu cámara —dice ella.

—No. Serán nuevas fotografías para el álbum.

—¿Cuál álbum?

Me quedo en silencio. Me esfuerzo por sonreír.

—Uno que tengo desde hace tiempo.

—Ya. Entonces… sí. Está todo listo.