Lo que se rompió en aquel verano 58Luca
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Luca

La noche ha caído con brisa fresca. El Sabor del Mar está a punto de cerrar.

Luego de la convivencia con Malea —entre helados y paseos por las tiendas del centro para comprar nimiedades—, me he quedado con Kai al cierre del negocio más por petición suya que por mi propio gusto.

Mientras Finn y otra chica terminan de limpiar la cocina, mi hermano me ha pedido que le detalle todo sobre mi ruptura con Blair.

El último cliente se ha marchado y el cartel de «cerrado» se ha dejado colgado en la entrada.

—Pero no entiendo, ¿por qué no lo dijiste antes? —Kai frunce el ceño, aunque mantiene un gesto reflexivo, como tratando de intuir las partes ocultas—. ¿Qué diferencia había?

Sentados en una mesa del mobiliario, sobre la superficie de madera, juego con la tapa de una botella de agua que ya está vacía. Mantengo la atención en la tapa azul que gira y gira. Me detengo un segundo y vuelvo a comenzar.

—No quería hablarlo en ese momento —explico—. Aún es difícil para mí, Kai.

Lo escucho lanzar un suspiro.

—Luca, ¿por qué siento que eso no es precisamente lo más importante? —cuestiona y hace una pausa—. Sabes que procuro no entrometerme en tus asuntos privados, pero desde hace tiempo siento que algo pasa y esas también son palabras del propio Manu.

Alzo la mirada y dejo de girar la tapa.

—¿Es que no es lógico, Kai? Desde que mamá y papá murieron nada es como era, pero si tú incluso has mejorado, entonces bien por ti. Yo he seguido adelante como he podido —replico con dureza y una aguda pesadez en los hombros—. No hables como si fuera algo sencillo. Nunca lo ha sido.

Vuelvo a bajar la mirada. Reanudo el movimiento con la tapa.

—Para mí tampoco ha sido sencillo, en absoluto, Luca.

—No me sorprende su calma. Kai domina muy bien sus propias emociones—.

Sí, es cierto que yo lo he transitado de manera distinta, pero es porque Malea y Anela han sido mi fuerza.

Mi mayor miedo es perderlas, como también a ustedes dos, pero eso incluso me hace valorar más el presente.

Desde que papá y mamá se fueron aprecio la vida de una manera distinta. Sé lo frágil y valiosa que es.

Chasqueo la lengua. Me pongo de pie casi de un brinco.

—¿Esto es una jodida clase de psicología?

Kai niega y también se levanta.

—No. Solo es una conversación de hermanos.

—Entiendo. Pero ya me tengo que ir.

—Luca…

—Nos vemos después, Kai.

Antes de que me haya alejado demasiado del restaurante, me encuentro a Oliver cerrando la tienda de su padre con toda la tranquilidad del mundo.

En otro tiempo habría cruzado la calle sin titubear, con una sonrisa fresca en el rostro para invitarlo a tomar un par de cervezas en cualquier bar.

En otro tiempo porque ahora mismo me detengo y no sé qué hacer con exactitud.

Es extraño cómo es que la vida va creando laberintos hasta volver en casi dos extraños a unos amigos que solían confiar entre sí.

Es extraño porque siempre hay un pasado compartido, aunque los presentes no guarden relación.

Nos conocemos y a la vez no. De pronto como una ola percibo el mal sabor, aquello que he ido desdibujando sin darme cuenta.

Todo lo que se ha llevado el limbo en el que caí.

En algún punto, cuando los muros empezaron a alzarse —no solo con él—, fui enterrando partes de mí mismo y ahora han quedado espacios vacíos.

Quizá debería seguir de largo y fingir que no lo he visto, pero antes de que Oliver voltee sobre su hombro y me reconozca, tomo la decisión de caminar hacia él con pasos vacilantes.

Se palpa una cierta incomodidad que nunca estuvo allí, como en las interacciones de los últimos años.

Aun así, Oliver no se niega cuando lo invito a comprar cervezas en una tienda cercana antes de sentarnos en el bordillo de la acera.

Mantenemos una conversación sencilla, sin tocar nada personal, aunque se siente como asomarse por una ventana a unos cuantos años atrás.

Solo bebemos. Las luces de las fachadas de las tiendas y los coches que transitan por la carretera iluminan la noche y, como un par de conocidos que no tienen mucho que compartirse —porque casi todo está sobreentendido—, nos sumergimos en un largo silencio.

—Ahora puedo entenderte. —Miro al frente.

Oliver también—. Lo que veías en Lizzy —refiere antes de que pueda cuestionar.

Me pongo tenso, pero me mantengo inexpresivo—.

Nunca lo admitiste abiertamente, pero son cosas que se intuyen.

A veces me preguntaba qué era eso que la hacía tan especial para ti, pues también anhelaba sentir algo parecido.

Porque cómo son las cosas, ¿no? Yo era el que componía música, pero me faltaba sentir que lo estaba creando con alma. Para algo más allá de mí mismo.

No soy capaz de decir nada. Solo tomo un trago más. Y otro más.

—Con el tiempo traté de ignorar ese vacío y me concentré en otro tipo de emociones que me han hecho cada día más receptivo: lo que sientes por tus amigos y por tu familia, por el mundo, los animales y la naturaleza.

Supongo que me empleé tanto en ello que cuando Lizzy apareció de nuevo, ahora sí pude notar más allá de lo que siempre me limité a ver en cada persona.

Eso fue lo que pasó y por eso pude percibir a la verdadera Lizzy.

Resisto decir que estoy de acuerdo. Pero por supuesto, no me sorprende su confesión. ¿Quién en su sano juicio no se enamoraría de ella? No importa si es un amor intenso o solo un eco del mío. No importa si ha ocurrido antes o después.

—¿Por qué me dices todo esto?

—Porque si hubiera espacio para alguien más, probablemente lo intentaría —admite—. Pero siempre han sido ustedes dos, Luca. Y creo que después de todo el cariño que yo le tengo no puede compararse con el tuyo.

Cuando me acuesto y apago las luces, todas las cosas que alguna vez traté de dejar atrás se cuelan por las persianas de la ventana de mi habitación.

Junto al fulgor de la noche que se escurre plácidamente en el exterior, me hago consciente de que aunque he estado bajo el miedo durante mucho tiempo, nunca he perdido de vista los horizontes en los que siempre me he imaginado siendo feliz.

Mi brújula está un poco defectuosa. Pero sigue siendo la única que hay.