Lo que se rompió en aquel verano 54Lizzy
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Lizzy

Una locura muy peligrosa. Y es que tomo en cuenta los riesgos.

Es lo único que soy capaz de pensar. Pero como Luca ni siquiera me ha dado tiempo para reflexionar en todo lo que tendría que considerar antes de pronunciar un sencillo sí o no sobre la propuesta que me ha presentado —un road trip de varios días en su Volkswagen por los lugares que hemos visitado y también por aquellos que nunca hemos pisado en la isla de Maui—, me he visto aceptando sin remedio.

Aunque si tuviera que ser sincera, tendría que admitir que mi respuesta no podría haber sido distinta.

Porque pese a todo, sé que Luca sigue representando esa fisura de vulnerabilidad capaz de atravesar todos mis muros.

—¿Aún son tus favoritas? —pregunta él.

Mientras riego las macetas con poca presión de agua —Henry y yo solemos encargarnos de esto mismo por la mañana, pero ahora lo hago tan solo para serenarme—, Luca, cerca de mí, acaricia con las yemas de los dedos los pétalos húmedos de varias especies de orquídeas que decoran el jardín.

Me concentro en los colores suaves e intensos de las flores y sonrío.

—Como tú lo has dicho antes: «Algunas cosas nunca cambiarán lo suficiente». Supongo que sabes que algunas especies de orquídeas en Hawái son endémicas y creo que por eso es una flor especial. No se dan en ningún otro sitio del mundo. Solo aquí.

—Lo dices como algo personal.

Su voz es un eco profundo. Sigo con la atención fija en mi tarea, aunque en los poros de la piel puedo sentir la cálida humedad que nos abraza de manera íntima bajo la luz de los faroles del porche.

Percibo con más consciencia el aire que entra a los pulmones y cómo su presencia ilumina parte de la noche.

Las sensaciones que en la adolescencia me invadían no se han ido.

Pero ahora las camuflo con más facilidad.

—No sé si a ti te pase lo mismo, pero tengo la sensación de que en esta isla siempre soy un poco más como yo misma —reflexiono con tono pausado—.

Es como si aquí, en Paia, no pudiera jugar a ser alguien que no soy.

Es por eso que aunque pude haber ido a cualquier otro lugar del mundo o incluso quedarme en San Antonio para hacer lo que quiero hacer, decidí venir con Henry.

Aquí me resulta más fácil reconocerme y supongo que eso es necesario para no rendirme.

Para que nunca olvide por qué lo estoy haciendo.

Luca se demora en contestar.

—Yo también he llegado a sentir algo parecido y creo que tiene una explicación —lo escucho decir tras un abrupto silencio—. Aquí están las raíces de lo que siempre hemos sido, de lo que no podemos dejar atrás.

Giro el rostro hacia él y sonrío débilmente.

—Siempre has sido más sensible de lo que crees, Luca.

Sus ojos verdes brillan. Su cabello rubio hasta los hombros enmarca la sonrisa que aparece en sus labios.

Y me quedo ensimismada porque hace más de lo que puedo recordar, no veía este tipo de emoción en él, sin esa serenidad gris y cautela indescifrable.

Como si las sombras empezaran a replegarse, me doy cuenta de que en realidad no hemos cambiado demasiado.

El tiempo solo ha puesto más capas. Pero por debajo, aún estamos nosotros.

—¿Qué te parece si recordamos viejos tiempos? —dice Luca.

El agua sigue fluyendo de la manguera, pero antes de que tenga tiempo de entender, Luca la sujeta por debajo de mi agarre y, de manera repentina, voltea la boquilla en mi dirección.

El agua salpica en mi hombro antes de que pueda volver a controlarla.

Lo escucho reír con la libertad juguetona de antaño.

Luego empieza una pequeña guerra. Yo no me quedo atrás.

Al final terminamos totalmente empapados y derrumbados sobre el césped como un par de niños.

En el transcurso de esos minutos siento el corazón caliente, como si me hubieran abrazado un poquito el alma.

Y así, mientras nuestras respiraciones agitadas por la explosión de gritos y risas se normalizan, ambos miramos hacia el firmamento que se dibuja estrellado. La noche fresca nos mira de vuelta.

—Echaba de menos esto —admite él.

—Yo también —confieso.