53Luca
Luca
Hay desastres naturales que son inevitables y luego están las personas que también lo son.
No puedes borrarlas. No puedes dejarlas atrás.
Durante un tiempo creí que viviendo bajo una fina capa gris podría ensombrecer los colores de aquello con lo que alguna vez soñé con tanta fuerza.
Cuando la tristeza llegó aquella trágica tarde de octubre y los miedos florecieron, algo cambió.
Me hice más frágil, como la vida misma cuando se te escapa en un minuto desafortunado.
Y aún siento esa falta de valor, porque prefiero la apacibilidad que guardan los días que lejos de ser intensos y cambiantes son firmes y seguros.
Tienes una idea de qué esperar si todo acaba y eso te reconforta, porque entiendes que podrías con ello. Es la nevada justa que puedes soportar.
Hay una brecha muy profunda entre lo que solía ser y lo que soy ahora.
Aproximadamente hay ciento sesenta kilómetros —los que separan a Paia de Honolulu— entre la libertad de los viejos veranos y las rendijas por las que ahora respiro.
Y sin embargo, aún soy preso de lo que nunca dejaré de sentir.
Porque aunque ahora llevo encima una segunda piel sobre las vulnerabilidades, hay un fuego que sigue vivo.
Cuando eso pasa, no hay defensa que pueda contrarrestar los impulsos que nacen desde un sentimiento que habita en lo profundo.
Supongo que por todo eso me encuentro aquí.
Me veo incapaz de hacer otra cosa. Estoy a punto de tocar.
Pero antes de alzar la mano, Lizzy abre la puerta de la entrada como si ya hubiera sentido mi presencia.
Es tan repentino que aunque tenía memorizadas las palabras precisas para justificar mi pequeña interrupción en su quizá amena noche, la visión de sus ojos grises me ancla a segundos que se detienen y son capaces de nublar mis pensamientos.
Si es posible sucede con más fuerza que en viejas ocasiones, cuando intentaba camuflar mis sentimientos cada vez que estaba a punto de quedar en evidencia.
Entonces lo comprendo con una claridad abrumadora que casi me hace tambalear sobre los pies: los años no han debilitado lo que siento por ella.
En su lugar, bajo lo oculto, se ha arraigado aún más.
—Lizzy, yo… —Carraspeo ante la sorpresa en su rostro y doy un paso atrás para conservar una distancia prudente—. Lo siento, de hecho estaba a punto de tocar.
Ella asiente, un poco nerviosa.
—Ya —murmura.
Luego cruza el umbral y cierra detrás de sí con suavidad.
Inspiro hondo y meto las manos en los bolsillos traseros del pantalón.
Su rostro níveo está enmarcado por los mechones sueltos que se escapan de su cabello recogido en una coleta alta y desenfadada.
Lleva como pijama un pantalón corto de algodón y una blusa de tirantes, ambos de color negro.
El contraste entre su piel y la ropa es encantador.
En otro tiempo habría hecho alguna broma al respecto, solo para ocultar mi fascinación. La calidez de la noche nos envuelve.
—Eh…, ¿ibas a algún lado? —rompo el silencio.
Mientras se pasa un mechón que revolotea sobre su mejilla por detrás de la oreja, la veo morderse el labio inferior y desviar la mirada, como intentando ordenar sus pensamientos.
Es inevitable la sensación de hormigueo que me recorre la piel al ser demasiado consciente de ese gesto.
La manera en la que atrapa su labio con los dientes…
—Bueno, solo iba a regar las plantas del jardín. —Señala con la mano aquellas macetas que cuelgan en los muros del porche y las que bordean los pequeños escalones—. Solo eso, pero no lo sé… ¿Necesitabas algo?
Vuelve a mirarme con más seguridad. Un atisbo de sonrisa asoma en sus labios.
—No, no. Bueno, sí. —Frunzo el ceño y sacudo levemente la cabeza. Saco las manos de los bolsillos, me revuelvo el cabello de la nuca y chasqueo la lengua—. En realidad, venía a hacerte una propuesta.
Lizzy se cruza de brazos. Es un reflejo casi automático.
—¿Una propuesta? ¿Sobre qué?
Intento sonreír con naturalidad, como si la idea hubiera surgido de casualidad y no la hubiera pensado mil veces con precisión y detalle.
—Habías dicho que te estaba siendo difícil tener inspiración para tu proyecto actual, y como sé que esto ahora es lo más importante para ti, pues…
he estado pensando en algunas opciones que quizás podrían refrescar tus ideas.
—Me rasco la barbilla. Trato de no moverme demasiado, pero es imposible—.
Siempre te ha encantado la naturaleza. Además, cuando se te hacía difícil seguir con una novela, recuerdo que te apetecía despejarte con las aventuras.
No lo sé, supongo que esa parte no ha cambiado tanto, ¿o sí?
Lizzy me observa perpleja, con preguntas en las pupilas que no se atreve a formular.
Sin duda, no se lo esperaba. Inhala aire y, aún con los brazos cruzados, recorre con la mirada el espacio abierto que nos rodea antes de volver a fijar su atención en mí.
En mi ansiedad que se esconde detrás de una fachada de ánimo y serenidad coloquial.
—Aún lo recuerdas —susurra con cierta nostalgia. Luego deja de mirarme y se relame los labios, como ganando tiempo para pensar—. Eh, pues… no lo sé, Luca, supongo que primero tengo que saber de qué se trata la propuesta, así que soy toda oídos.
Esta vez sonrío abiertamente. Y ella también.