52Lizzy
Lizzy
El regreso a Paia es distinto. Oliver no se sienta a mi lado. Esta vez, aunque me mantengo sonriente y hago lo posible por involucrarme en las conversaciones aleatorias, no disfruto del viaje. Escojo sentarme junto a la ventanilla, con Miley a mi lado.
Como es miércoles y ya es mediodía cuando estamos por entrar al centro del pueblo, los chicos han empezado a intercambiar opiniones sobre qué hacer para los últimos días que estarán en Paia.
Pero antes de que lleguemos a algún acuerdo, Luca pide bajarse de la camioneta justo en la esquina de nuestra calle.
Lo hace con amabilidad, pero sin titubear.
—¿Seguro que no quieres almorzar con nosotros? —insiste Havika en cuanto se detiene a la orilla de la carretera—. Estamos sin mucha pila, así que igual terminaremos pronto.
Todos entendemos la referencia. Ayer, después del espectáculo de fuegos artificiales que pudimos admirar desde el barco, volvimos al restaurante de los padres de Havika y seguimos disfrutando de parte de la noche en la calle Front, que aún permaneció con música y baile en bares de la zona.
Por mi parte, ya no volví a entablar conversación con Oliver ni tampoco con Luca; solo me concentré en sumergirme en la fiesta y divertirme, sin pensar en ningún momento en aquello que en cuanto pusiera la cara en la almohada me asaltaría.
No nos emborrachamos, pero las horas se hicieron largas y pesadas.
—Gracias, pero tengo un trabajo pendiente que no puede esperar —se excusa Luca antes de echarnos un vistazo a todos por encima del hombro. En el acto, no me pasa desapercibido que no se fija en mí—. Cuídense, nos vemos pronto.
Agarra su mochila y abre la puerta. Una punzada extraña me recorre el pecho cuando Havika permite que Luca cruce por delante de la camioneta antes de retomar el trayecto.
La música vuelve a llenar la cabina. Sin embargo, antes de que vuelva a percatarme de cualquier otra cosa, volteo con disimulo para mirar cómo su figura se pierde en la calzada que dejamos atrás.
Después de un vasto almuerzo en una cafetería del centro, Oliver se ha despedido sin haber participado mucho en la conversación y Havika y Nadia se han adelantado al hotel.
Miley y yo, por nuestra parte, hemos terminado un poco más tarde y ahora caminamos sobre la acera de la carretera que atraviesa el pueblo.
Ya le he avisado a Henry de mi llegada. De hecho, le he sugerido que podría pasar a la boutique para quedarme allí atendiendo unas cuantas horas, pero me ha pedido que mejor vaya a casa, me relaje y descanse. De modo que eso es lo que haré.
—Oliver ha estado un poco raro, ¿no te parece?
—Quizás solo está cansado —opino.
Había pensado en compartirle a Miley lo sucedido con Oliver, pero aunque él no me lo pidió como tal, hay cosas que se tienen que mantener para una misma. Considero que no todo es necesario de divulgar, sobre todo cuando se trata de fragilidades ajenas.
Miley suspira y delinea el labio superior con la lengua.
—En fin, creo que dormiré toda la tarde —anuncia con una sonrisa plena en cuanto llegamos a la entrada del hotel.
La fachada es rústica, de color hueso, con ventanales que muestran algunos maniquíes de la boutique —.
Ya no quedamos en nada concreto, pero supongo que pasaremos el último día con un picnic en la playa de la bahía.
Aún no hemos jugado baloncesto. Te llamaré cualquier cosa, ¿vale?
Asiento y me rasco por debajo del mentón.
—Sí, me parece bien. —Esbozo una sonrisa—. Creo que yo también voy a descansar, aunque tal vez me ponga un poco con la computadora.
—Sobre eso, ¿no quisieras compartirme lo que llevas de tu proyecto? Puede que tener una lectora te ayude a inspirarte más.
Aprieto los labios.
—Lo consideraré.
—Bien. —Sonríe y suelta los brazos a los costados.
—Miley…
—¿Sí?
—Creo que aunque debería, precisamente por cómo son las circunstancias, no seré capaz de alejarme de Luca —confieso con claridad y resignación—.
Sobre todo cuando siento que no la está pasando del todo bien.
Y es que más allá de todo lo que nos hemos alejado y ha pasado en estos últimos años, él siempre será mi mejor amigo.
¿Esto me hace mala persona? ¿Debería apartarme solo porque tiene novia?
Miley no responde enseguida.
—Lizzy, te entiendo —dice con voz clara—.
Quizás ayer hablé con demasiada ligereza sobre las apariencias, como cualquier amiga a la que le preocupas, pero lo cierto es que tu amistad con Luca es muy valiosa y no está mal —hace una pausa.
Se ríe entre dientes—. Mi padre aún no acepta del todo la idea de que vaya a casarme con un extranjero que no conocía hace poco más de tres meses, pero creo que esto es lo que significa.
Nadie nos puede comprender mejor que nosotros mismos, ¿no es así?
Cuando me despido de Miley y la dejo atrás, pienso sobre la última cuestión que pronunció y que no debería resultar tan difícil para mí, pues ya lo estoy haciendo.
Me comprendo. Sé quién soy y quién quiero ser.
He elegido hacerle caso a mi corazón y por eso he decidido perseguir mis sueños más hondos sin importar todo lo que he dejado atrás para construir el único puente por el que quiero aventurarme.
He quitado las capas de inseguridades y miedos que me impedían creer en mí misma y en lo que puedo lograr.
Entonces… ¿por qué es tan difícil hacerlo cuando se trata de Luca?
Cuando no solo se trata de lo que quiero ser, sino de cómo quiero vivir. Cuando pienso en dúos.
Llego a casa y la tranquilidad inunda cada rincón, pero el silencio contiene un murmullo tan ensordecedor de cosas frágiles e invisibles que me perturba y se cuela por debajo de las venas.
Para aplacarlo, pongo en el celular una playlist de lo que suelo escuchar: Coldplay, Ed Sheeran, Adele, Lana del Rey, Billie Eilish, entre otros.
Dejo que las horas mueran, me ducho, tomo una pequeña siesta y luego por fin me siento en mi escritorio.
Aunque en lugar de continuar con el manuscrito, abro mi libreta y sueño con posibles escenarios entre mis personajes para futuros capítulos que me apresuro a escribir por encima, sin detalles.
Cuando el crepúsculo cae y la tarde se ha ido, Henry ya ha llegado a casa, aunque apenas intercambiamos palabras, pues comenta que se muere de sueño y que tomará una siesta antes de levantarse para cenar.
Voy a la cocina y me preparo un café. Y lo contengo.
Lo contengo. Hasta que con la sensación de tener algo pesado en los hombros, empiezo a dar vueltas por la cocina sin atreverme a mirar por la ventana que por suerte tiene las persianas cerradas.
Sé que estoy resistiendo algo, un impulso, y sé perfectamente lo que es.
Lo que toda la vida experimenté. Poco a poco el deseo de su compañía, de volver a ser nosotros, ese par de amigos que siguen conociéndose en cada verano —con las partes viejas y nuevas que nos van construyendo—, empieza a ser mucho más fuerte que cualquier escudo propio.
Entonces salgo de la cocina. Me dirijo al recibidor y allí me quedo.
Sin moverme. Trago saliva con el pulso precipitado en las venas.
Miro la puerta como si tras ella un abismo me aguardara.
Horas atrás, en mi habitación, abrí el estuche en donde guardo joyería y un collar especial que aunque nunca utilizo siempre llevo conmigo.
No lo pude dejar en San Antonio. Lo agarré y lo puse en el bolsillo de mi pantalón corto de mezclilla.
Ahora mismo quema en mi piel a través de la tela.
Lo siento allí, como a todos los recuerdos.
Saco el aire y abro la puerta. Pero Luca ya está al otro lado.