51Luca
Luc a
Sé que estoy cayendo. Sé lo que me está ocurriendo.
Incluso estando bajo las mismas capas de miedos —esas que trato de fingir que no me atraviesan la piel—, una cosa es decidir una noche cualquiera no agarrar el teléfono para no escribirle a la chica que tienes en un recoveco del corazón y otra es verla allí —a pocos metros de ti, bañada por la luz del crepúsculo y las luces del barco— y decidir no acercarte para no revivir lo que nunca ha dejado de arder.
Todo mi ser intenta rehuir de lo que podría ocasionar si me dejo ser víctima de mis impulsos, pero hay otra parte, la más honda, que simplemente es incapaz de hacerlo.
Y es que ver a Oliver junto a ella en la baranda, tan cerca, ha superado los límites de lo que un corazón en pausa es capaz de soportar, sobre todo porque horas atrás, cuando aquel que alguna vez fue mi mejor amigo me miró a los ojos, leí lo que ha nacido en su interior y también supe que él pudo ver con claridad lo que hay en mí.
Porque hay cosas que son tan obvias que no pueden pasar desapercibidas, incluso cuando nunca las admitiste abiertamente; porque antes como ahora jamás lo hice con nadie.
Aunque no hizo falta siquiera: llevo el nombre de Lizzy grabado en todas partes.
Supongo que por eso, a pesar de que hay un muro enfrente de mí que se alza invisible e inmenso y no puedo derribar, me encuentro caminando en su dirección ahora que Oliver se ha ido.
En tanto voy ideando una estúpida excusa para alejarla de las posibilidades que la puedan involucrar con cualquier otro.
Lo que es absurdo, pues hace tiempo renuncié a la visión con la que alguna vez soñé y por otro lado no puedo interrumpir para siempre el inevitable curso de la vida.
Lizzy algún día, y si es que no lo ha hecho ya, elegirá enamorarse.
Elegirá compartir sus sueños… Tal vez tendrá hijos y envejecerá.
Sin embargo, ahora que ha vuelto a invadir mis días y soy más consciente de la naturaleza de aquella fractura entre nosotros, las consecuencias de esta resultan mucho más devastadoras de imaginar que en aquel entonces.
Así que aquí estoy, intentando rescatar algo, aunque sean los destellos de lo que tuvimos.
Porque en estas semanas he comprendido que nunca seré capaz de desdibujarla de mi vida por completo y menos durante mucho tiempo.
Quizá cuando volví a Paia en el fondo también buscaba esto.
Soy como el mar a la orilla cuando se trata de ella. El regreso es siempre inevitable.
—Lizzy…
Su figura, en el vestido blanco de tirantes que lleva puesto bajo una chaqueta azul, contrasta con el brillo y la oscuridad de la noche.
El tono níveo de la piel reluce como una perla y su cabello, que se escurre sobre los hombros con las puntas enroscadas, se combina con el firmamento que poco a poco pierde el último resquicio de luz y pasa a ser iluminado solo por la luna llena y las estrellas. Es una noche húmeda y cálida, ligera.
Con cierta lentitud, ella se da la vuelta.
Aún se sujeta del tubo superior de la baranda con una mano y en la otra sostiene una copa vacía en donde había vino, pero no es el impacto de su belleza lo que me deja con las palabras atascadas en la garganta, sino el halo intenso y abrumador que la rodea.
Algo en su mirada abrazadora late con fuerza y se derrite en sus pupilas.
—Luca, acaso tú…
Su tono tiembla y yo trago saliva. Sé que algo ha sucedido.
—¿Qué pasa?
Sus ojos grises me atraviesan. Y justo cuando creo que dirá algo importante o lo que en verdad ocurre, deja escapar el aire de golpe y desvía la mirada para luego sacudir la cabeza y soltarse de la barandilla.
Después, durante un segundo, vuelve a mirarme y en sus labios se dibuja una sonrisa fría que no dice nada en absoluto.
Nada de lo que hacía tan solo un momento crispaba su rostro.
—Creo que necesito un poco más de vino.
Ni siquiera se despide. Se adelanta y se pierde entre la gente.