Lo que se rompió en aquel verano 50Lizzy
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Lizzy

Aún no soy capaz de serenarme. No he dejado de darle vueltas al asunto, una y otra vez.

Y es que no puedo negarlo. La situación anterior, que tuvo la mínima importancia, ha creado una pequeña y dura avalancha en todas las cosas que he mantenido en pausa, sin escarbar.

Y ahora que nos hemos alejado de las multitudes del desfile y hemos embarcado en el puerto de Lahaina a la hora indicada, sigo con la atención perdida y los adentros retumbando con más fuerza que el murmullo del mar, los ecos de las voces y la música que el DJ toca a bordo en la cubierta inferior.

No he vuelto a cruzar palabra con Luca y ha sido a propósito. Me siento frágil y a merced del viento.

—Solo diré que esa escena en el restaurante antes del desfile estuvo interesante —escucho decir a Miley en voz alta, mientras ambas sostenemos una copa de vino y picamos algún que otro pupu , una variedad de poke , sushi y kalua pig , servidos sobre una bandeja al filo de la barra—.

Y no vas a negarme que a ti también te sorprendió, ¿no es así?

La tensión casi me impidió respirar, lo juro.

Sé lo que intenta sugerir. Pero solo niego con firmeza.

—Miley, no significa lo que seguramente estás pensando, en absoluto.

Ni siquiera tuvo importancia —replico antes de tomar un sorbo de mi copa de vino.

Siento el líquido recorrer la garganta y el sabor dulce y ligero se queda percibido en los labios—.

Por Dios, Luca tiene novia. Se llama Blair, ya te había contado sobre ella, ¿recuerdas?

No han terminado, así que esto es ridículo.

Cuando perdí comunicación con él ya no supe más sobre su relación con esa chica, pero supongo que pensé que ya no estarían juntos, porque me sorprendí cuando el otro día admitió que sigue con ella.

Miley termina de masticar un pupu antes de limpiarse la boca con una servilleta.

—Vaya, no lo sabía. ¿Por qué no lo dijiste antes?

Como no lo habías comentado en estos días y como él regresó a Paia y todo eso…

asumí que ahora estaría soltero. —Frunce el ceño con disgusto.

Se muerde el labio inferior. El piercing brilla bajo las luces de colores que salpican por todos lados—.

Pero si aún tiene esa novia como dices, entonces es un cabronazo, ¿sabes?

En fin, perdona, tienes razón. Yo he estado explayándome de más, pero solo ha sido porque tenía la esperanza de que las cosas…

Deja de hablar y chasquea la lengua. Ahora me mira un poco avergonzada.

—No pasa nada, pero entonces ya comprendes por qué tengo mucho que perder si pretendiera ser sincera con él sobre mis sentimientos. Lo arruinaría todo. Es mejor así. Tal vez algún día deje de afectarme de la forma en la que aún lo hace.

—Sí, creo que es un asunto preocupante —asegura.

—¿Por qué lo dices?

—Porque es cierto que Luca ya no se parece al de antes, y ahora nada puede asegurarte que el dolor no lo haya cambiado y pueda ser alguien capaz de jugar con los sentimientos de quien fue su mejor amiga.

Ya no somos adolescentes, Lizzy, sabemos cómo se pueden dejar llevar las cosas.

No lo sé, si estuviera en tu lugar… procuraría mantenerme lejos de él.

Sin embargo, en silencio tengo varias cosas que refutar:

Luca, sin importar cómo sea ahora, nunca será capaz de lastimarme.

Prefiero su lacerante cercanía a su irremediable ausencia.

Si Luca me necesita, pese a todo siempre estaré allí.

Luego de la conversación con Miley, comprendo que me encuentro en una situación desventajosa, como antes, cuando lo quería en silencio y él estaba con alguien más.

Aunque con una diferencia: antes encerraba mis sentimientos en un diario y me dejaba inspirar por ellos y ahora los bloqueo con cadenas, con más fuerza que nunca.

Sin embargo, es cierto que en aquel entonces tuve la oportunidad de ser sincera y no lo hice.

No tenía nada que perder y la ocasión era perfecta.

Pero en lugar de eso, cerré la puerta y no esperé a que él pudiera tocarla.

¿Por qué lo hice? Comienzo a necesitar aire fresco.

Alejarme de mis propios cuestionamientos.

Con la copa de vino aún en la mano, avanzo con premura entre la gente y busco las escaleras para llegar a la cubierta superior.

Allí la brisa húmeda y fresca del mar me abraza y el sabor de la sal se impregna en mi cuerpo, colándose por debajo del vestido blanco de algodón que he elegido para esta noche de fiesta.

Al llegar a la casa de Havika me duché y me arreglé de nuevo, aunque como había previsto que a esta hora estaría fresco, llevo una chaqueta azul marino que me cubre la espalda y los hombros.

En esta parte del barco la multitud es la misma.

Los niños ríen con sus padres y las parejas se abrazan.

Trago el nudo que se ha formado en mi garganta y camino por entre las filas de los asientos hasta llegar a la baranda de acero, donde me sujeto con una mano del tubo superior.

Allí permanezco bebiendo a sorbos mi copa de vino, con la mirada perdida en el horizonte.

El barco navega a lo largo de la costa oeste de Maui y las vistas no podrían ser más grandiosas.

El sol está a punto de ponerse a lo lejos; algunas personas ya capturan con sus cámaras los colores cálidos que bañan las laderas de las montañas y los confines del océano.

—¡Lizzy! —Escucho la voz de Oliver a mis espaldas y volteo sobre mi hombro con cierta torpeza—. Te estaba buscando y no te encontraba.

Alzo la copa de vino y sonrío.

—Estoy aquí mismo.

Oliver se acerca a mi lado y apoya los antebrazos en la parte superior de la baranda.

—Las vistas son espectaculares, ¿no? —Señala con las cejas hacia el panorama que nos rodea—. La naturaleza nunca deja de sorprender. Incluso para alguien como yo que ha pasado toda su vida en una isla.

El viento ondea sus rizos castaños.

—La naturaleza es inspiradora —afirmo.

—Sí, como el amor —responde él.

Mi mano se cierra con más fuerza alrededor del tubo de la baranda.

Tomo otro sorbo de vino mientras el murmullo del mar nos envuelve.

De repente, aunque sigo concentrada en los colores cálidos y suaves que tiñen el horizonte, de reojo noto que la expresión animada de Oliver cambia.

Se hace más sosegada, pero no logro entrever nada.

Solo siento que algo cambia en el ambiente y, si no estoy imaginándome cosas, empiezo a percibir una tensión diferente: una especie de lamentación e incomodidad que me embarga.

Porque Oliver es uno de esos amigos que quieres tener cerca toda la vida, sin que nada complicado interfiera.

Lo escucho carraspear con suavidad.

—En fin, pronto iré a Kahului porque tengo programadas dos presentaciones importantes en un reconocido restaurante para el sábado y domingo, y…

bueno, sé que esto puede ser extraño, pero me preguntaba si quisieras acompañarme —pronuncia cada palabra con la misma incertidumbre y cautela que se refleja en sus ojos marrones cuando se encuentran con los míos—.

Me encantaría que estuvieras allí, será divertido.

Inhalo una bocanada de aire con dificultad.

—Oliver, yo… —titubeo y desvío la mirada hacia los nudillos de la mano con la que me sujeto a la baranda—.

No sé cómo decir esto. Quiero decir, quizá no es como lo estoy pensando y disculpa si estoy siendo imprudente, pero creo que tengo que ser clara contigo.

Ya sabes, no quiero que las cosas entre nosotros se vayan a confundir.

Siempre hemos sido buenos amigos. No me gustaría perder eso.

La brisa me moja las mejillas. El cabello se revuelve sobre mis hombros. Cuando alzo la mirada, él ya no me mira.

—Sí, por supuesto. —Oliver sacude la cabeza y lanza un suspiro antes de apretar los labios y sonreír con un gesto un poco triste y resignado—.

No sé en qué estaba pensando, porque sé que nunca has pensado en mí de esta manera, pero…

si aún puedo ser sincero, entonces diré que eres una chica con la que cualquier hombre soñaría estar.

Lizzy, siempre has sido una buena amiga para mí y te quiero bastante, lo sabes, pero supongo que estos días empezaron a cambiar desde que volviste a Paia.

No he podido evitarlo. Creo que en realidad este pequeño espejismo ha removido cosas en mi interior, cosas que…

¿Recuerdas la conversación que tuvimos en un día de Independencia tal como este?

Precisamente aquí, en Lahaina. En la casa de los padres de Havika mientras comíamos hamburguesas.

El sol empieza a ponerse a lo lejos, provocando que los colores del cielo a su alrededor se derramen como venas rotas. Los adultos y niños, en ambas cubiertas, fotografían y señalan asombrados el bello escenario que ocurre a diario, pero que hoy se respira distinto.

—Sí, aún lo recuerdo.

Y es que aquella tarde las palabras de Oliver tocaron un recoveco especial de mi corazón y algo cambió en mí, como si finalmente todo se hubiera enchufado.

—Dije que cuando escribía canciones no imaginaba el rostro de nadie, sino que intentaba evocar lo que otros sentían respecto a uno de los sentimientos más nobles que un ser humano puede ser capaz de concebir.

Ese tipo de amor que te atraviesa hasta los huesos —rememora con la voz teñida de un rasguño ausente—.

Lo que quiero decir es que luego de tanto tiempo, perdí la esperanza de que eso me pasara alguna vez.

Y no lo sé, quizás por eso todas estas emociones...

Supongo que intenté hallar algo parecido en una persona como tú porque ya te lo he dicho, eres el tipo de persona de la que cualquiera quisiera enamorarse.

Y yo estaba antes de este minuto, digamos, algo decidido.

Oliver guarda silencio. Transcurren largos segundos.

La brisa se siente un poco más fría. Bebo el último sorbo de vino y me concentro en el vaivén de las aguas.

La última luz del día, la que acompaña al crepúsculo, comienza a cernirse sobre la ciudad, que se ha vuelto más brillante a lo largo de la costa.

Inundada por un ambiente electrizante y alegre, está a la espera de los fuegos artificiales.

—Todos tenemos vacíos, Oliver, aunque muchas veces ni siquiera se vislumbran —digo en un arrebato de fragilidad propia—.

Pero allí están, y algunos pueden cortar y alejarnos de los que amamos.

Creo que no deberías perder la esperanza, porque tienes una manera única de ver el mundo con tu música.

Además, la vida no se acaba porque a los veintiséis aún no hayas encontrado ese tipo de amor que te atraviesa hasta los huesos, o al menos el indicado.

De reojo, lo veo sonreír. Gira el rostro hacia mí y luego añade:

—Creo que deberías intentarlo con Luca. —Su comentario despeja todo lo anterior.

Trago saliva y lo miro, ceñuda. Hay un brillo firme en sus pupilas—.

Ahora mismo no me agrada mucho decirlo, pero es innegable que siempre han sido ustedes dos —dice con certeza—.

No sería justo que la vida no los terminara por juntar.

—Oliver, ¿de qué estás hablando?

—Para Luca siempre fuiste tú, Lizzy —afirma con demasiada seguridad—.

Nadie más que tú. —No soy capaz de replicar nada.

Dejo de percibir el pulso a mi alrededor.

Es como si todo entrara en nítida pausa—.

Ahora no lo sé, no sé cómo sea para él con exactitud.

Siento que ya no nos conocemos mucho. —Oliver aparta la mirada de mi rostro y la fija de nuevo en el brillo del mar, donde de un momento a otro dos delfines emergen del agua, cortan la superficie y saltan.

La inesperada aparición provoca gritos de júbilo entre la gente que llena las cubiertas.

Sin embargo, yo apenas me percato de lo que ocurre—.

Pero si de algo puedo estar seguro es del hecho de que siempre serás especial para Luca.

Basta con fijarse en la manera en la que nunca ha dejado de mirarte.

Si me preguntas es fácil darse cuenta de eso.

Después, Oliver se va y me deja sola. Me deja allí, con las llamas ardiendo.