Lo que se rompió en aquel verano 47Luca
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Luca

El trayecto a Lahaina ha sido ameno. Pero no tanto como me gustaría admitir.

Durante aproximadamente una hora, de manera disimulada, me he pasado atento a cada interacción entre Oliver y Lizzy.

Por ejemplo, noté que él prestó más atención de la necesaria cada vez que ella hablaba, así como su evidente intención por sentarse a su lado en los asientos de en medio.

Miley se quedó en la otra ventanilla. Nadia, por su parte, prefirió estirarse en un espacio libre del maletero, mientras que a mí no me quedó más opción que ir de copiloto junto a Havika. Por eso tuve que pintar mi mejor cara.

He tratado de pasar por alto todo esto. Pero no he podido hacerlo desde el otro día, cuando llegué a la bahía de Paia con toda la intención de interrumpirlos.

Y es que… ¿qué es lo que pretende Oliver?

Nunca vio a Lizzy de esta manera. No recuerdo que lo manifestara ni una sola vez.

Pero si debo ser drásticamente sincero, tendría que admitir que cualquier hombre podría interesarse por la Elizabeth Hall de veinticuatro años.

Es imposible que los demás no reconozcan su belleza, su inteligencia y esa aura de sensibilidad que siempre la acompaña.

Si Lizzy está presente de algún modo ilumina los instantes y los hace únicos con su manera de sentir y percibir el mundo, como si las cosas fueran más extraordinarias de lo que en realidad son. Como si la magia existiera.

Quizá no hay mucho que comprender. Oliver tan solo ha visto en ella lo que es innegable y encima no se trata de una desconocida para él. Lizzy también fue su amiga. No puedo culparlo ni sorprenderme.

En cierto punto, cuando aquello tomó claridad en mi mente y me llené de amargura y resignación, hice lo posible por dejar de prestarles atención y olvidarme de la única razón por la que acepté subirme a esta camioneta.

Incluso consideré la idea de fingir un malestar y regresar a Paia.

Pero algo me lo impidió. Quizá el hecho de que Oliver haya decidido acercarse a ella más de lo que estoy dispuesto a soportar.

—Joder —escupo la palabra.

—Ey, Luca, ¿todo bien? —dice Oliver a mis espaldas, mientras cierro la puerta con un golpe sordo—. ¿Necesitas ayuda con algo?

Finalmente, hemos llegado a la casa de los padres de Havika y todos han empezado a bajar sus cosas. ¿Por qué Oliver tiene que ser siempre tan amable?

—Todo bien, gracias.

Me cuelgo la mochila al hombro y fuerzo una sonrisa amigable, pero el gesto es tan poco convincente que Oliver apenas aprieta los labios antes de encaminarse hacia la entrada de la casa.

Es una residencia de dos pisos con fachada color marfil, un porche frontal y una puerta principal con un arco decorativo en la parte superior.

Lo veo traspasar el umbral y, detrás de mí, escucho los murmullos de una conversación entre Miley y Lizzy.

Pasan a mi lado y Miley se adelanta. Lizzy, en cambio, se detiene y voltea sobre su hombro.

Sus ojos grises brillan bajo la luz de la mañana y su cabello suelto contrasta tanto con su piel nívea que parece más oscuro de lo que es.

Es tan solo un segundo, pero no puedo evitar sentir la tensión en mi sistema al estudiarla.

Está enfundada en un vestido azul pálido a rayas con tirantes que cae grácil hasta la mitad de sus muslos y lleva sus típicas Converse blancas.

Su sonrisa, la de siempre, es capaz de iluminar cualquier momento.

—Luca, ¿no vienes?

Asiento y trato de sonreír. Pero ella no me espera más.

—Entonces, ¿qué les parece el plan? —exclama Miley mientras desayunamos todos en la mesa del comedor.

La madre de Havika, Lilo, nos ha recibido con poke de atún, tostadas de taro con mantequilla y café—.

He reservado los lugares en el barco de último minuto gracias a la ayuda de un amigo que trabaja en una empresa de cruceros turísticos.

Después del desfile tenemos que estar en el puerto media hora antes de las siete.

La mayoría muestra su apoyo. Yo me limito a seguir desayunando.

Quizá, algunos años atrás, habría compartido alguna opinión o incluso habría abierto otra posibilidad para elegir.

Me habría interesado más en el tema. Pero ahora mismo me basta con que nadie se fije en mi falta de intervención.

Claro, a excepción de Lizzy, que me mira de manera particular, como si estuviera percatándose de ello.

Ante esto, no vuelvo la atención y finjo estar distraído con mi platillo.

—Chicos, creo que sería la primera vez que ven los fuegos artificiales desde un barco, ¿no es así?

—interviene Lilo con el mismo tono dulce de mi recuerdo antes de sonreírle a su hijo, Havika, quien apenas le devuelve el gesto sin mucha franqueza.

Casi a la vez, comienza a levantarse de la mesa mientras se acomoda el escote de la blusa—.

La verdad es que es una experiencia fantástica.

De hecho, fue en uno de esos, un cuatro de julio, cuando Elenek y yo nos conocimos.

Pero bien, no los aburriré con historias del pasado; sigan disfrutando del desayuno.

Los veré en el restaurante antes del desfile, ¿de acuerdo?

Prepararé el mejor pollo Huli Huli para ustedes.

—Gracias, mamá —contesta Havika.

Después, cuando Lilo se marcha y todos han ayudado a levantar la mesa, algunos suben a las habitaciones asignadas para alistarse.

Yo, en cambio, prefiero quedarme en la cocina mientras me tomo otra taza de café.

Al costado del fregadero hay una pequeña ventana que permite ver el exterior de la calle, de modo que mientras me apoyo en la encimera y dejo que los minutos pasen, mi atención se concentra en el poco tránsito de la calzada, los detalles frontales de la camioneta de Havika, los colores de la tarde cálida y bochornosa…

Y así, justo cuando me termino el café y estoy a punto de lavar la taza e irme, la presencia de dos personas me detiene en mi sitio.

Contemplo con cierta pesadez en el pecho la escena: Oliver abre la puerta del maletero para buscar algo, mientras conversa con Lizzy, quien espera a su lado con una sonrisa amable en el rostro.

Trago saliva e intento dejar de mirar, pero no puedo.

Cada día que tengo a Lizzy tan cerca y tan lejos de mí, me hago más consciente de lo que he hecho de nosotros.

Yo mismo me encargué de pulverizar las ilusiones que quizá alguna vez pude hacer realidad.

Ahora es demasiado tarde para reconstruir ese puente.

Si antes ni siquiera había llegado a la mitad, ahora está hecho ruinas.

Pero a pesar de todo, duele. El regreso de Lizzy cuando menos lo esperaba, duele y también alivia.

Porque si debo ser sincero, tengo que admitir que de no haber vuelto a Paia, no habría pasado mucho tiempo antes de que yo mismo la buscara.

Ya estaba al borde de hacerlo. Estos años de ausencia me han enseñado que no puedo apartarla de mi vida como una ficha más.

—La quieres, ¿verdad? —Una voz aguda y suave me saca de mi ensimismamiento y dejo de mirar por la ventana. Volteo sobresaltado y descubro a Nadia, quien entra a la cocina y se sirve un vaso de agua. Tiene el cabello húmedo y lleva otro atuendo—. Tranquilo, nadie nos está escuchando.

—No sé a qué te refieres —murmuro.

Ella suspira y toma asiento en uno de los taburetes de la pequeña isla de la cocina.

Vuelvo a mirar hacia el exterior, pero Oliver y Lizzy ya no están.

Poco después escucho los pasos de ambos subir las escaleras.

Sujeto la taza con más fuerza de la necesaria y tenso la mandíbula antes de dejarla en el fregadero. Trato de conservar la serenidad.

—Sé lo que es amar en silencio a otra persona que en algunos casos también siente lo mismo —asegura Nadia, con un tinte que pertenece a tiempos pasados—.

Apenas te conozco y no sé mucho de ustedes.

Miley no suele compartirme grandes detalles de sus amigos, pero a veces soy capaz de reconocer lo que yo he vivido.

Tal vez te agarré en defensa baja, pero no importa. No le diré a nadie.

Sacudo la cabeza y bajo la mirada. Meto las manos en los bolsillos del pantalón y me concentro en las baldosas de terracota.

—Así que eres muy perceptiva —apunto con tono equilibrado—. Ella también lo es, pero nunca se ha dado cuenta. Supongo que es fácil confundir el cariño, sobre todo cuando ha existido desde la niñez.

—No estés tan seguro de eso.

Frunzo el ceño y la miro.

—Es simple experiencia, un pasado que ya no puedo cambiar —explica con aire triste, concentrada en su vaso lleno de agua que reposa sobre la superficie de mármol—.

Él y yo nos mirábamos igual, pero nunca dimos el paso.

Hace cuatro años se mudó a otro país. Lo despedí como a un hermano y no le dije que lo amaba.

Lo dejé ir y no hice nada para retenerlo.

Después… me sentí capaz de decírselo, pero ya era tarde.

Hace poco supe que se casó y que está esperando a su primera hija.

Ha hecho su vida. —El silencio nos absorbe.

No me atrevo a romperlo—. Y cuando digo que nos mirábamos igual, me refiero a que hace poco me llamó por teléfono para despedirse de mí.

Para decirme lo que nunca se atrevió a decirme en persona.

¿Y sabes qué? Me quedé callada porque ya no era tiempo.

Tuve que hacer lo correcto —determina con tanta ligereza que me cuesta creer que esté hablando de sus sentimientos conmigo—.

Te lo digo porque si pudiera volver atrás, haría las cosas diferentes.

Pero no te preocupes. No digas nada. Tu secreto está a salvo, Luca.