Lo que se rompió en aquel verano 48Lizzy
45%

48Lizzy

Lizzy

La música en vivo y las banderas del país lo inundan todo.

Los restaurantes de los hermanos Dunn están ubicados sobre la principal vía de Lahaina —la calle Front—, atiborrada de cafeterías, tiendas, galerías de arte, lugares históricos y vistas espectaculares al océano.

Están casi juntos, separados por una cuadra, pero hemos venido al de Elenek.

Tal como lo había anunciado Lilo, nos ha preparado el mejor pollo asado a la parrilla, marinado en una salsa dulce y salada a base de soja.

Hemos llegado a pie, ya que la calle está muy concurrida y además es exclusivamente peatonal desde cierta hora de la tarde.

Es bien sabido que la celebración de fiestas patrias más significativa de Maui tiene lugar en Lahaina, así que es casi imposible no disfrutar del ambiente que se respira en este día.

Mientras el desfile aún no comienza, sentada con los demás en una mesa de la terraza del restaurante al aire libre —una zona privilegiada—, me dedico a contemplar todo lo que acontece a mi alrededor: los niños se amontonan en los puestos de hamburguesas y helados, familias enteras apartan lugares sobre las aceras con sillas plegables, artesanos locales venden ropa, joyería y obras de arte y grupos de jóvenes con ropa veraniega y patriótica caminan con bebidas en las manos y sombreros en la cabeza. La alegría se expande en cada rincón.

—Lizzy, voy por helados, ¿de qué quieres el tuyo?

La voz de Oliver me devuelve al presente. Me he perdido la conversación en la mesa y solo percibo las risas y expresiones afables de todos, excepto la de Luca, quien parece más concentrado en sus pensamientos mientras gira la tapa de una botella entre los dedos.

—Oh, de lo que sea está bien —sonrío.

Oliver me devuelve la sonrisa.

—¿Chocolate o vainilla?

—Ninguno de los dos —interviene Luca desde su lugar, al costado izquierdo de Oliver, con tono simple y cauto—.

En realidad, el favorito de Lizzy es el de mantequilla de maní con coco, pero con uno de esos dos sabores estará bien.

Por cierto, la vainilla sería el último sabor que ella escogería. No le gusta en absoluto.

Me quedo perpleja ante sus palabras.

Oliver lo mira un segundo, alza un poco las cejas y luego asiente.

—Genial, pero tal vez en esta ocasión puede que se le antoje algo distinto —opina Oliver con condescendencia antes de mirarme de nuevo—. Entonces, Lizzy…

Siento el escrutinio de Luca sobre mí. Mis manos se tensan bajo la mesa.

—De hecho, hace poco tiempo empezó a gustarme la vainilla —declaro con una sonrisa fugaz. Me encuentro con los ojos verdes e inaccesibles de Luca—. Pero hace tanto calor que cualquiera de frutas, como piña, estaría bien.

Y así, mientras los minutos se extinguen, hago lo posible por reírme de las ocurrencias de Havika y evadir las miradas interrogativas de Miley.

Cuando el desfile comienza me concentro en los detalles del espectáculo frente a nosotros: las carrozas decoradas con temas patrióticos, donde predominan el rojo, el blanco y el azul; las bandas escolares y comunitarias; el hula tradicional hawaiano y las representaciones históricas.

Sin embargo, una parte de mí no puede apartar la atención de Luca.

Soy muy consciente de su gesto ausente y también de cuando se levanta para alejarse del incesante barullo.