Lo que se rompió en aquel verano 46Lizzy
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Lizzy

—¿Con algo de sueño?

Veo a Havika acercarse a mí. Mete las manos en los bolsillos de su bermuda y se apoya, como yo, en uno de los laterales de su Mazda.

Como ya lo habíamos acordado, quedamos en reunirnos frente a su hotel a las siete de la mañana.

Yo he sido la primera en llegar, diez minutos antes de la hora.

Luca y Oliver aún no aparecen, y Miley y Nadia siguen preparándose en sus habitaciones.

—En realidad no, ¿y tú? —sonrío débilmente y enrosco un mechón de mi cabello en el dedo índice—. Espero que hayas dormido bien. Henry no me dejó salir de casa hasta que le prometí que iríamos con cuidado. A veces es demasiado precavido.

Havika se ríe entre dientes. Durante el verano el amanecer en Paia suele ocurrir un poco más temprano que en los meses más frescos, de modo que los primeros rayos del sol ya están bañando la vegetación verde, las coloridas construcciones que bordean las aceras y el movimiento relajado de la gente que se levanta para iniciar un nuevo día.

Sobre todo, para conmemorar una de las fechas más importantes del país.

—No te preocupes, la probabilidad de que suframos un accidente es mínima porque conozco la carretera como la palma de mi mano.

—Relaja los hombros y se cruza de brazos.

Su piel aceitunada, tan cerca de la mía, reluce con un contraste total —.

En fin, no creo que regresemos por la noche. Mis padres ya tienen las habitaciones.

Asiento con cierta incertidumbre. Entrelazo las manos.

—¿Ellos cómo están?

Havika lanza un suspiro. Su expresión se vuelve serena y concentra la atención a lo lejos, pero en ningún punto en realidad. Es como si estuviera escarbando en su interior.

—Bien, supongo que lo suficiente —declara con simpleza—. Pero en el fondo creo que estarían más felices si mi orientación sexual fuera otra. Sí, el tiempo ha ayudado a que se hagan a la idea, pero aún es complicado.

Me tardo un poco en contestar.

—Imagino lo difícil que ha sido para ti.

Havika sonríe con cierto abatimiento, pero también con un brillo de satisfacción propia.

—Sí, pero supongo que no todos son capaces de enfrentar las mismas batallas como uno esperaría —manifiesta con voz firme, orgullosa—. Es cierto que cada uno tiene sus propios procesos, pero he aprendido a no quedarme donde soy más desdichado que feliz, por mucho que desee estar allí.

—¿Lo dices por…?

Havika baja la mirada.

—Él dijo que ya estaba listo, pero una semana después supe que presentó a esa amiga del trabajo como su pareja a sus padres y eso fue todo.

Ya no pude más. Nalu intentó retenerme y llegar a una propuesta para que nuestra relación no terminara, y casi acepto, pero me amo lo suficiente como para no ser el secreto de nadie.

—Te rompió el corazón…

—Él también se lo rompió —añade Havika.

Trago saliva y me relamo los labios.

—¿Y te arrepientes de lo vivido?

Havika no responde de inmediato. Suelta los brazos a los costados e inhala una profunda bocanada de aire que luego deja salir por la nariz. Después alza la mirada hacia el cielo, azul y resplandeciente, con poca nubosidad.

—La versión lastimada de mí podría decirte que preferiría no haberlo conocido para no sentir esto que me sigue doliendo, pero el que soy ahora, el que se ha dado cuenta de que puede afrontar cualquier decepción, sabe que ningún resultado es demasiado catastrófico por el privilegio de atreverse a ser uno mismo y expresarse con honestidad.

Al final todo pasa y solo queda la convicción de que has elegido lo que querías a cada instante.

Sus palabras se cuelan entre las rendijas de mi interior.

Llegan hasta el fondo, donde las capas lo cubren todo.

Entonces, como si el universo supiera cómo atizar lo que nunca he sido capaz de liberar y aceptar de mí misma —aquellos huecos que intento rellenar o finjo que no están—, Luca aparece caminando a lo lejos con una mochila a la espalda.

Su expresión meditabunda cambia un poco cuando sus ojos se encuentran con los míos y me regala una sonrisa ladeada, mi favorita.

Una que aunque dura un instante, es capaz de afectarme. Mi corazón se agita como un colibrí.

—Así que no, Lizzy. No me arrepiento en lo absoluto.