Lo que se rompió en aquel verano 45Luca
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Es un poder suyo.

La presencia de Elizabeth Hall, desde que tengo memoria, siempre ha sido un propulsor de la vida misma, porque en su cercanía las cosas y las situaciones toman otra tonalidad, incluso aquellas que en cualquier otro momento me serían indiferentes.

Por eso no puedo negarlo: estas dos últimas semanas se han sentido renovadas, distintas, como si la niebla constante que empañaba mis días se estuviera disipando.

El agujero que nunca he sido capaz de llenar sigue goteando vacíos, pero el reflejo de un arcoíris comienza a pesar más.

Como antes, cuando todo era más liviano y no había un miedo atroz en el fondo de mi alma.

Un miedo que me carcome y que no puedo ni pronunciar en voz alta.

Porque es más fácil seguir adelante cuando ignoras el peso que cargas sobre los hombros.

De esta manera te sientes menos miserable por las decisiones que has tomado y por aquellas que por lo mismo no te atreves a tomar.

Mientras el agua fría se desliza por mi cuerpo, siento cómo las espinas empiezan a abrirse por dentro, solo para darme cuenta de los errores que he cometido en los últimos años.

Pienso en Blair, en por qué me acerqué a ella y en la manera injusta en la que intenté enterrar todas mis imposibilidades a su lado.

Yo no decidí terminar, pero aunque nunca lo dijo, sé que fui la causa.

Me he convertido en una versión lamentable de mí mismo.

Cuando salgo de la ducha, me pongo lo primero que encuentro y luego me siento en el borde de la cama. Apoyo los codos en las rodillas y entrelazo las manos por detrás del cabello húmedo de la nuca. Fijo la mirada en el piso y dejo escapar un suspiro. El silencio es ensordecedor.

Después de varios minutos, blancos y perdidos, me pongo de pie y abro el último cajón de la cómoda de madera. Tenso, saco el álbum de fotografías que nunca le entregué a Lizzy en aquel último verano. Lo tomo entre las manos y regreso a la cama.

Enciendo la luz de la lámpara del buró. Siempre he tenido este álbum conmigo.

Lo traje desde Honolulu. Sin embargo, apenas lo he abierto un par de veces desde que lo armé para el cumpleaños número dieciocho de Lizzy.

En estas páginas están guardadas todas las cosas que a pesar de mis múltiples esfuerzos nunca he dejado atrás.

Abro el álbum de tapas duras y lisas de color gris y los recuerdos parpadean como luces intermitentes en las sombras apacibles de la habitación. Trece veranos están contenidos para siempre en este pequeño objeto de treinta por treinta centímetros. Los veranos que siempre nos pertenecerán.

Con las yemas de los dedos acaricio aquella fotografía que le tomé a Lizzy en una de nuestras excursiones al Haleakala, cuando le dije que me gustaba su sonrisa.

En realidad, quise decir que me gustaba ella.

Recuerdo los sentimientos confusos y tumultuosos que emergieron aquel año, cuando ya era un adolescente y ella aún una niña.

Con el paso de los días, me fui volviendo consciente de que mis sentimientos habían cambiado: ya no podía pensar en ella solo como mi mejor amiga.

Pero me sentí culpable porque en sus ojos veía una latente inocencia.

Para Lizzy, yo seguía siendo una especie de hermano mayor, su confidente y compañero de veranos.

En defensa, lo más inteligente que pude hacer fue ocultarlo e interesarme por otra persona.

Las cosas no cambiaron demasiado hasta que cuatro años después, cuando ya no pude refrenarlo más, ocurrió lo que ocurrió.

Con pesar sigo pasando las páginas del álbum, invadido por la añoranza, los ecos de cada instante removiendo mis entrañas…

De pronto me encuentro con una cadena de plata con un dije de sol y una pequeña nota que Lizzy escribió de su puño y letra.

Me la dio en mi cumpleaños número veintidós.

Aquel día la recibí en un paquete. Trago saliva y leo el escrito: «Un día dijiste que mis ojos alumbran la noche, pero en realidad tú eres el sol que los ilumina.

Haz lo posible para que no dejes de brillar.

Aún estaré aquí. Siempre». Inhalo una bocanada de aire y cierro el álbum de golpe, junto con los recuerdos y la cadena que nunca saqué de allí.