44Lizzy
Lizzy
Tras la bruma matinal el sol ya ha salido y la humedad abraza cada rincón.
Es una mañana apacible y despejada, con poco viento, como las que suelo disfrutar.
A pesar de que no he dormido mucho por cuestiones en las que no se me antoja profundizar ahora mismo, me he levantado temprano para caminar un poco por los senderos y la playa de la bahía de Paia.
Las canciones de Coldplay se reproducen en mis audífonos y entremezclado con las notas se cuela el murmullo incesante del mar. Es una actividad relajante.
Hay algo fascinante en recorrer los mismos lugares donde viviste innumerables momentos de tu infancia.
Es como volver un poco al pasado y sentir los sabores, las texturas y las cosas que desde una mirada más pura e inocente eran capaces de emocionarte.
Entonces descubres que el mundo sigue igual, pero tú has cambiado.
Porque antes yo saltaba por allí, me embarraba de arena entre las piedras, me ensuciaba el cabello y no me importaba regresar a casa con la ropa hecha jirones.
Percibía las sensaciones con más intensidad por simples que fueran y una bola de helado era suficiente para alegrarme el día entero.
Supongo que cuando somos niños no teorizamos tanto y nos limitamos a estar presentes.
Las emociones no se sienten eternas y los nuevos comienzos son las cosas más triviales e insignificantes del mundo.
Cuando crecemos nos arraigamos. Nos volvemos más densos y complejos.
En eso me quedo pensando hasta que regreso al aparcamiento donde he dejado asegurada mi bicicleta. A lo lejos veo a Oliver, quien baja de su auto gris con un balón de baloncesto y dos botellas de agua entre las manos. En cuanto me ve alza el brazo y comienza a caminar hacia mí.
—Te entiendo a la perfección. Hace no mucho tiempo estaba pasando por algo similar, ¿sabes?
—dice Oliver mientras rebota el balón antes de encestar con un movimiento ágil y limpio.
En los últimos treinta minutos nos hemos estado entreteniendo con juegos de la infancia.
Ahora estamos tomando un descanso y solo lanzamos tiros sin más—.
Creo que los que somos creativos solemos pasar por este tipo de procesos porque todo lo que hacemos parte del interior.
Si algo no está funcionando, la raíz está en nosotros mismos.
Le pido el balón y él me lo pasa. Me concentro en tirar a la canasta. No logro encestar y esbozo un mohín.
—Sí, tienes razón, pero también considero que estoy un poco oxidada y no me sorprende.
Han pasado tres años desde la última novela que concluí.
Aunque nunca dejé de escribir se siente como un problema de confianza —admito mientras Oliver me entrega el balón y me insta a volver a intentarlo—.
En fin, me estoy dando una pequeña pausa.
Siempre intento hacer mi mejor trabajo y por eso no quiero forzarlo.
—Lanzo el tiro y esta vez encesto. Muestro una sonrisa de satisfacción—.
Así que digamos que estoy en búsqueda de inspiración.
Oliver recupera el balón, pero deja de prestarme atención.
—¿Esa de allá no es la combi de Luca?
Sigo su mirada y mi corazón se salta un latido.
En efecto, se trata de su Volkswagen. Incluso a lo lejos jamás podría confundir la combi naranja que se ha estacionado justo al costado del coche de Oliver.
Poco después, Luca baja campante con una mochila al hombro y una tabla de surf bajo el brazo.
Lleva una bermuda gris, gorra y una camiseta azul marino.
El estómago se me revuelve. ¿Qué hace Luca aquí?
Intento comprenderlo de forma razonable.
Ayer le dije que estaría con Oliver aquí mismo para jugar baloncesto.
Cierto, pero al parecer él viene con el plan de surfear y quizá sea solo una coincidencia.
Sin embargo, el hecho de que haya elegido precisamente esta playa para surfear hoy mismo me hace ruido.
Este parque de playa es muy popular y bastante cercano al centro de Paia…
Luca ya nos ha visto. Alza la mano libre, pero no finge sorpresa.
Mantiene una expresión relajada mientras camina.
Cuando finalmente se detiene a unos cinco metros de nosotros, fuera de la pista, descansa la punta de la tabla en la hierba.
Esboza una sonrisa amable pero forzada. Son particularidades que puedes notar a pesar del paso del tiempo en personas que has conocido desde la infancia.
—Oye, hermano, ¿quieres unirte?
La palabra «hermano» se siente nostálgica. Es como si evocara algo que ya no es.
—En eso estaba pensando —responde Luca, con la atención repartida entre Oliver y yo—. ¿Llevan mucho tiempo aquí? Quizás una partida antes de surfear me vendría bien.
Sus ojos se posan completamente en mí. Solo soy capaz de sonreír con las sensaciones ocultas detrás de los párpados. Oliver rebota la pelota dos veces.
—Pues a jugar —convengo.