43Lizzy
Lizzy
—Así que han vuelto a la normalidad —escucho decir a Miley con cierta discrepancia mientras, al igual que yo, se apoya en su tabla y se deja mecer por las cálidas aguas de la bahía de Paia—.
Pero me dices que solo han hablado del tema por encima.
Amiga, eso no es arreglar nada en realidad.
Nunca es tan simple. Solo están prolongando el punto de quiebre.
El sol se está alzando en el horizonte. La brisa fresca me rocía las mejillas.
—Es que no hay mucho que arreglar porque nunca se rompió nada.
Lo sabes porque eres la única persona a la que le fui contando cómo pasaron las cosas —replico con seguridad—.
Además, creo que durante todo este tiempo siempre lo he estado juzgando desde mi perspectiva, sin reflexionar lo que él tuvo que enfrentar.
Su vida cambió para siempre y a veces los estragos salen a relucir mucho después del gran golpe.
Tal vez él nunca pudo hacer otra cosa que alejarse. Tal vez necesitaba estar solo.
—Lizzy…
Empiezo a sentir un nudo en la garganta.
—Yo en cambio solo tenía sentimientos no correspondidos.
Me sentí herida y me obligué a sepultarlos para protegerme.
Puse capas y capas, aunque nunca lo conseguí del todo como me lo hice creer —me sincero con la voz quebrada—.
Nunca he dejado de querer a Luca como siempre lo he querido.
Pero ya está. Al final de cuentas, nuestra amistad es más importante y también lo único que no quiero perder.
Por eso he llegado a esta especie de tregua, de nuevo comienzo.
Ya no hace falta escudriñar entre todo el pasado.
—Me fijo en el resplandor del mar: la espuma liviana en la superficie—.
Creo que ya lo he comprendido todo —continúo con más entereza, con una sutil resignación que duele en cada uno de mis poros—.
Ahora soy yo la que guardará sus sentimientos.
Tal vez algún día desaparezcan por completo y dejen de doler.
Estoy aceptando que prefiero tener a Luca cerca de mí que alejarme de él solo para evitarme sufrimientos.
El mar nos sacude con ligereza. El sabor de la sal salpica mis labios.
—No me parece que simplemente te resignes a aceptar las cosas como crees que fueron y no trates de encontrar la verdad entre ustedes, Lizzy —se empeña Miley—. Luca dijo que está arrepentido, pero ¿te dijo por qué se alejó tanto de ti? ¿Tan siquiera se lo cuestionaste?
—Los motivos son obvios. ¿Y qué puedo esperar que diga? —murmuro con la atención perdida en la franja verde de árboles tropicales y palmeras que bordea la costa—. Después de todo, no solo fue Luca quien se alejó. Yo también lo hice. Los dos lo hicimos.
Por la tarde, después de una mañana de surf en la bahía he venido a la boutique para atender unas horas, como lo hago a diario en mis tiempos libres.
Henry me ha repetido varias veces que todo su apoyo no está condicionado, pero esta es una buena manera de retribuirle todo lo que me está brindando al permitirme vivir con él y tener la libertad de dedicarme solo a lo que quiero construir.
Eso no podría pagárselo con nada. Sé que soy afortunada por tenerlo.
Sin embargo, también significa un poco de dinero que ahora mismo me viene bien para mis gastos personales. Es un ganar para ambas partes.
Ayer por la noche mi madre me llamó para saludarme y como es habitual, volvió a tocar el tema del dinero.
Pero una vez más le repetí que por ahora no necesito ningún fondo, que con mis ahorros y lo que gano con Henry me basta.
No es que esté despreciando mis oportunidades, pero me siento mejor haciéndolo así.
Es una manera de no cargar expectativas en los demás.
Sobre todo, se trata del compromiso propio.
—Lizzy, voy a salir a comprar algo cerca de aquí —me avisa Wilbert en voz alta mientras termino de acomodar algunas prendas que han quedado sueltas en los vestidores—. Cualquier cosa que se ofrezca, me llamas al celular. No tardo nada.
Tres segundos después, ya se ha ido.
Lanzo un suspiro y regreso al mostrador.
La luz del sol entra a raudales por los ventanales.
El aire acondicionado está encendido y las luces cálidas de las lámparas de techo bañan los artículos dispuestos en los estantes y las prendas que cuelgan en los percheros.
Las paredes azul cielo, lisas, le dan un aire acogedor y límpido a la tienda.
Me siento en el taburete. Como ya no hay nada más que hacer, agarro el libro que estoy releyendo: El principito , de Antoine de Saint-Exupéry.
Es la edición ilustrada en tapa dura que Henry me regaló cuando cumplí diez años.
Aún sigue casi intacta, ya que siempre la cuidé en extremo.
Ahora que me estoy dando una pausa con el avance de mi proyecto, he decidido hacer las cosas que siempre me han hecho feliz.
Quizá, como dice Henry, es la mejor manera de volver a conectar con mi propia voz. Estoy siguiendo su consejo.
En las bocinas de la tienda suena «Fix You» a medio volumen.
Desde hace algún tiempo se ha convertido en mi canción favorita.
Siempre que la escucho es inevitable sentir una oleada de amor y fortaleza para seguir apostando por mí y por mis sueños.
Aunque ahora mismo no tengo ninguna puerta abierta, estoy arriesgándolo todo porque sé que a lo largo del camino se encuentran las oportunidades que te llevan a la meta; no antes, cuando ni siquiera lo intentas.
Los puentes que te llevan al otro lado de los miedos se construyen, y a veces es necesario derrumbar todo lo que había atrás.
Lo he pensado con mucha lucidez. Sí, es probable que me enfrente a muchos fracasos, rechazos y más barreras, pero no voy a detenerme.
Pase lo que pase, no daré marcha atrás. Esto es lo que quiero para mi vida. Esto es por lo que quiero luchar.
Finalmente, cuando decido concentrarme y abro el libro en la página donde he puesto el separador, escucho que alguien entra a la tienda.
Alzo la mirada y me encuentro con la sonrisa y la risueña mirada de Oliver Fisher.
Sus dientes blancos contrastan con su piel morena y, como siempre, los rizos castaños lucen alborotados sobre la frente.
Lleva pantalones holgados de lino y una camisa azul cielo.
—Lizzy, ¿qué tal? Pasaba por aquí para… ¿Te interrumpo? —Juguetea con el borde de su camisa y sigue avanzando hasta llegar al mostrador de madera.
—No, adelante. Solo estaba leyendo.
Dejo el libro sobre la superficie y le regalo una sonrisa.
—Bueno, me preguntaba si mañana tienes un rato libre a eso de las nueve, temprano. No lo sé, igual ya tienes planes con Miley y… los demás.
—Pues tú dime —lo interrumpo con buen ánimo—. No tengo ningún plan. Bueno, hemos estado haciendo un poco de surf por las mañanas, pero puedo cambiar de planes.
La sonrisa de Oliver ilumina su rostro.
—Hace tiempo que no voy a la cancha de la bahía para jugar baloncesto y, bueno, en el pasado solíamos ir de vez en cuando, ¿recuerdas? Después podríamos ir a desayunar a alguna cafetería del centro. Como en los viejos tiempos.
Lo sopeso durante un instante, pero no veo nada extraño en su invitación. Oliver y yo siempre hemos sido grandes amigos.
—Sí, claro, ¿por qué no? —Me encojo de hombros—. También tengo mucho tiempo sin jugar una partida de baloncesto.
—Perfecto. Entonces ¿paso por ti?
Me río entre dientes.
—No hace falta, llegaré en bicicleta —repongo y señalo la bici que está acomodada en una esquina de la tienda—. En ella me estoy desplazando a todos lados. No la había utilizado desde el último verano que pasé aquí, pero está en perfectas condiciones.
—Sí, ya lo veo.
Oliver apoya un codo en el mostrador.
—En fin, ¿cómo van las cosas en casa? —indago con una sonrisita divertida—. Supongo que bien, ¿cierto? Henry busca cualquier excusa para visitar a tu padre, o mejor dicho a Molly. Él sigue negándolo, pero es evidente: Molly Robinson le gusta y mucho. Creo que ahora mismo debe estar por ahí.
—Mi padre está cooperando —señala Oliver con gracia—.
Ellos siempre han pasado tiempo juntos, pero esto de jugar a diario al ajedrez y a las cartas…
se está volviendo una afición. Y Molly, por supuesto, está encantada.
—Ambos nos reímos porque lo entendemos—.
En fin, mañana irán a Kahului para hacerse la prueba de ADN, y después de diez días sabrán si son hermanos o no.
Aunque por el parecido y las fotografías que ella tiene de mi abuelo… dudo que la prueba salga negativa.
—Supongo que estarán nerviosos.
—Un poco, sí.
Oliver echa los hombros hacia atrás y se pasa una mano por los rizos de la coronilla. Se acomoda el cuello de la camisa y luego echa un vistazo a la pantalla del celular.
—Ya me voy, Lizzy. Tengo que ocuparme de unos pendientes, pero igual, si hay planes para la noche y van a cenar a alguna parte me avisan para unirme.
—Oliver esboza una sonrisa conciliadora—.
Claro, si es que no termino de trabajar hasta muy tarde.
Hoy me cancelaron la presentación en Kahului y estaré donde siempre, pero creo que el músico que sigue después de mí está enfermo y quizás tenga que cubrirlo.
—Bien, si hay algo, te mandaré un mensaje.
Cinco minutos después, cuando asumo que ya nada interrumpirá la lectura del libro que tengo entre manos, noto de soslayo que la puerta de la entrada vuelve a abrirse de par en par.
Como pienso que se trata de Wilbert, no me molesto en mirar, hasta que el silencio se hace largo y alzo la vista.
Al instante me quedo en blanco. No se trata de Wilbert y tampoco de un cliente. Es Luca West.
Su aparición provoca que todos mis sentidos se centren en su sencilla presencia.
Tal vez los demás no lo perciban así, pero yo sí lo hago.
Como una luciérnaga en la oscuridad o una nota de piano en el silencio, Luca siempre consigue que todo lo demás pase a ser un mero lienzo de fondo.
Y aunque no quisiera admitirlo, la diferencia que hay entre su entrada y la de quien anteriormente estuvo aquí resulta bastante abrumadora.
Sus ojos verdes brillan cautelosos. Lleva pantalones de mezclilla sueltos y una camiseta negra de manga corta que cae amplia sobre su tonificado torso y deja al descubierto los músculos de los brazos.
Su cabello rubio y salvaje se apelmaza sobre los hombros, por detrás de las orejas.
Su piel bronceada, como una perla dorada, brilla bajo las cálidas luces del local.
—Lizzy, hola… ¿Estás ocupada?
Su voz suave y grave rompe el hielo. Ahora mismo las notas de «Yellow» suenan de fondo en las bocinas.
Me muerdo el labio inferior y, sujetando con un poco más de fuerza el libro, lo dejo sobre la superficie del mostrador.
Él avanza con pasos lentos desde el umbral, pero no llega hasta el filo del mueble como minutos antes lo hizo Oliver, sino que aguarda a cierta distancia, con las manos en los bolsillos de los pantalones.
—No, no precisamente —respondo y bajo la mirada hacia la portada del libro, tan solo para tratar de despejarme—. No hay mucho que hacer y… solo estaba leyendo.
Cuando alzo la vista, lo veo sonreír. Pero su atención está fija en el libro.
—Tu libro favorito y, por lo que veo, la edición que tanto te gusta. —Noto un aire de nostalgia en su expresión—. ¿Cuántas veces has leído El principito ?
—Probablemente más de diez.
—Sí, debe ser.
Me levanto del taburete y apoyo las manos en el filo del mueble de madera. Estoy tranquila, sí, pero siento los latidos de mi corazón en la garganta. Y lo peor de todo es que se trata de un momento tan rutinario y cero sugerente que es casi ridículo.
—Y bueno, ¿vienes a comprar algo o…?
—Vengo a hacerte una invitación. —Intento no mostrarme sorprendida. ¿Hoy se trata de un día de invitaciones?—. ¿Mañana tienes algo que hacer?
—Mmm, ¿a qué hora?
—Por la mañana —indica con una sonrisa que solo dura un instante antes de desvanecerse—.
No lo sé. Pensé que quizás te apetecía una rodada corta en bicicleta, con alguna parada para tomar fotografías, refrescarnos y luego comer algo en Mama's Fish House.
Hace años que no lo visito y supongo que tú tampoco.
Echo de menos esos planes contigo. Como antes.
Ya sabes. —Los recuerdos se pegan en mi piel, pero no encuentro qué decir—.
Bueno, igual solo es una sugerencia —continúa Luca ante mi extendido silencio—.
Pensé en algo sencillo para distraernos un poco y… pasar un buen rato. Solo eso.
Asiento y me relamo los labios. Una parte de mí se siente complacida y emocionada porque es evidente que Luca intenta volver a acercarse a mí, como regresar a lo que fuimos.
Esto indica que no solo yo lo extraño, pero en realidad aún tenemos mucho que entendernos y conocernos.
Ambos hemos cambiado. Ya no somos aquellos adolescentes.
—Sí, lo sé, y aceptaría porque me gusta la idea, pero… —Me rasco la mejilla y lo miro con pesar mientras él aguarda con cierta inquietud—. Justo hace nada, unos cinco minutos, Oliver vino a invitarme a jugar baloncesto mañana a la misma hora. Y yo acepté porque no tenía idea de esto. Así que…
Luca alza ligeramente las cejas y desvía la mirada.
—Ya, entiendo.
—No lo sé, igual otro día…
—Está bien. Lo dejaremos para otro día, Lizzy. —No me deja terminar—. Quizás para después de las celebraciones en Lahaina.
Luego, tras un par de minutos, Luca también se marcha y la tienda vuelve a convertirse en un espacio con poca calidez y gracia. Mis pensamientos, como avispas furiosas, no cesan; ni siquiera cuando, finalmente, me dispongo a leer sin ninguna interrupción.