Lo que se rompió en aquel verano 42Genevieve
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Genevieve

La noche está espléndida y cálida. Nunca ha sido precisamente una niña tan callada, así que no le extraña que su madre la mire con cierta inquietud por el retrovisor.

Sin embargo, para deslindarse de las preguntas le ha dicho que está leyendo los apuntes de un tema de ciencias que se le dificulta entender, puesto que aunque está en plenas vacaciones de verano, quiere estar lo más preparada posible para la vuelta al instituto.

Ha sido una mentira convincente. Su madre no ha mencionado nada más y se ha limitado a no interrumpir a su hija.

«Here Comes the Sun» suena en las bocinas.

Las luces de los coches se reflejan en la cabina.

Pero Genevieve solo se concentra en lo que está leyendo:

Querida Holly:

Luca no ha cambiado tanto. Ahora soy yo la de los cambios.

Sigo siendo yo, como siempre, pero ahora me parezco más a una chica que a una niña.

Y sobre todo ya no hay tanta diferencia entre Rachel, Sky y yo.

Ya no me siento tan insegura al lado de ellas.

Por otro lado, es cierto que me preocupo un poco más por mi aspecto.

No utilizo maquillaje, no me gusta, pero no salgo sin brillo en los labios y una capa de rímel en las pestañas.

También me aliso el cabello constantemente y procuro mantener cada mechón en su lugar.

Creo que los fantasmas se están esfumando.

Hoy por la mañana cuando Luca salía al mismo tiempo que yo de casa y cruzó la calle para hablar conmigo y ayudarme con las bolsas de tela que cargaba en las manos, me miró de una manera que me hizo sentir cosquillas en el estómago.

No sé cómo explicarlo, pero fue diferente.

Ha sido diferente. Desde hace cuatro días que llegué a Paia he sentido esta sutil sensación.

¿Acaso me lo estaré imaginando? ¿Quizá son mis hormonas?

Henry me ha hablado de ello, sobre los cambios en la adolescencia y los nuevos deseos.

Puede ser una posibilidad. Pero Luca tiene novia y está muy enamorado.

—¿Tengo algo gracioso en la cara o qué pasa? —me atreví a preguntarle, más por impulso que por juicio propio. Luca se echó para atrás el cabello rubio que le caía en la frente luego de meter las bolsas en la pickup , tal y como se lo pedí—. Es que siento que me miras como…

—¿Como si hubieras cambiado? —me interrumpió.

Cerró la puerta del copiloto antes de apoyarse en ella de espaldas. Yo me quedé congelada a un metro, aturdida.

—¿A qué te refieres?

Sus ojos verdes brillaron, cautelosos.

—Ya no eres una niña pequeña, Lizzy. Eso es obvio —dijo con sencillez y, justo cuando mi latido comenzó a precipitarse en el pecho, Luca sonrió con ternura—.

Pero aunque ya no lo parezcas tanto, aún lo eres para mí.

Así que, como lo haría un hermano mayor, me encargaré de protegerte de todos esos chicos que empezarán a molestarte.

No dejaré que tengan ninguna oportunidad si no tienen buenas intenciones.

Rodé los ojos y sacudí la cabeza.

—No necesito ningún protector.

—No, pero lo seré de todos modos.

23 de junio de 2014

Querida Holly:

Luca me enseñó sus bocetos. Sus trazos con el lápiz han mejorado.

También se ha vuelto mejor fotógrafo y ni qué decir como surfista.

Ha continuado ganando algunas competiciones juveniles que se han celebrado en la costa norte de Maui.

Estuvimos en su habitación y, durante dos horas, me enseñó todo lo que ha hecho durante los últimos meses.

Me gustó ver el brillo en sus ojos mientras explicaba cada cosa.

También le hablé sobre la novela que estoy escribiendo y que de hecho, ya voy por la mitad.

Estoy tan enganchada a la trama que apenas puedo pensar en otra cosa.

Eso está siendo beneficioso en este verano en especial.

Me permite concentrarme en lo propio y no estar tan al pendiente de Luca y Rachel.

Cuando nos cansamos de hablar y ya no tuvimos nada más que decir, nos recostamos en su cama, uno al lado del otro.

A pesar de la tensión que sentí, fui capaz de relajarme.

Creo que ya estoy dominándolo. Después de un largo silencio, le hablé sobre mi nueva banda favorita.

Luca no es seguidor de Coldplay, pero le gusta lo suficiente, así que le pedí sus audífonos de cable y reproduje en mi celular mi canción favorita actual: «A Sky Full of Stars».

Cada uno se puso un audífono y, mientras la escuchábamos, sentí que mi corazón le estaba dedicando cada línea.

En ningún momento evoqué lo sucedido con Ethan —que al final ha terminado porque le he pedido que seamos solo amigos—, sino todos los momentos que hemos vivido juntos. Pero no pude decírselo.

Al final, antes de iniciar con el repertorio de Michael Jackson, cuando mi canción terminó, Luca tomó mi celular y él escogió la siguiente: «Iris», de Goo Goo Dolls.

Mencionó que llevaba una semana en bucle con esa canción.

Nunca la había escuchado. Me gustó mucho.

Aunque me sentí feliz y triste por igual.

Triste porque con toda seguridad Luca la escuchó pensando en Rachel.

Y feliz porque imaginé que me la estaba dedicando a mí.

04 de julio de 2014

Querida Holly:

Hoy celebramos el Día de la Independencia en Lahaina.

Como suele ser, estuvimos la mayoría. Pero Luca no pudo venir, pues lo celebró con la familia de Rachel en Paia.

Sí, me desilusionó su ausencia, pero al mismo tiempo sentí alivio, pues cada vez que lo veo con ella siento que me cubre un balde de agua fría.

En fin, él no fue el único. Dylan y Cameron tampoco quisieron venir.

Ahora los dos tienen novia y, al igual que Luca, se pasan la mayor parte del tiempo con sus chicas.

Poco a poco, todo está empezando a cambiar.

Ya no hacemos tantas cosas en grupo como antes.

Supongo que es algo normal: ya no somos niños y ahora comenzamos a cambiar de rutinas y de amigos.

Aunque yo sigo haciendo las mismas cosas y me sigo juntando con las mismas personas.

Mi apariencia sí que ha cambiado, me lo dice el espejo, pero sigo siendo la misma chica sensible que siente demasiado y a la que le cuesta un mundo expresar verbalmente sus sentimientos.

—¿Qué se siente?

Oliver estaba sentado a mi lado. Llevaba allí más de veinte minutos sin decir nada.

Claro que lo había notado, ya que Oliver suele ser un gran conversador y nunca está muy callado.

Sin embargo, mientras Miley, Havika y los demás estaban en la mesa, no pude preguntarle al respecto.

Cuando ellos se fueron por más bebidas, volqué toda mi atención hacia él.

Su piel morena estaba cubierta por un brillo dorado y sus rizos castaños se le alborotaban en la frente con la brisa.

Sus ojos marrones relucían un poco extraviados.

Estábamos en el jardín de Elenek. El olor de las hamburguesas estaba en el aire.

—¿Qué se siente qué? —cuestioné. Tomé un sorbo de mi limonada.

—Tener una profunda conexión con alguien —dijo con un hilo de voz y una sonrisa vaga en los labios—.

Una conexión como la que tú tienes con Luca, porque debe ser especial, ¿no?

Como una inspiración. Lo digo porque me he dado cuenta de que cuando compongo las letras de mis canciones, no imagino el rostro de nadie en particular.

Tan solo trato de imaginar lo que otros deben de sentir respecto al amor.

Escribo los sueños de otros. Nunca sobre los míos.

—¿Quieres decir que quisieras estar enamorado?

También quise añadir: «¿Y quieres decir que yo lo estoy de Luca?». Pero no lo hice, porque entonces comprendí que ese hecho es casi una obviedad para Oliver y para cualquiera. Más allá de cualquier cosa, yo amo la existencia de Luca. Y creo que aunque falte la vena romántica, él también ama la mía.

Oliver lanzó un suspiro.

—Supongo que solo quisiera ser especial para alguien y que esa persona también lo fuera para mí —replicó con simpleza y luego rio por lo bajo—. Pero al parecer eso no es para todos. O no lo sé. Quizá aún no lo he encontrado. O aún no lo he podido ver.

05 de julio de 2014

Querida Holly:

—Se trata de Kai, ¿verdad?

Antes de irnos para el desayuno de despedida en la casa de Elenek —donde todos los demás pasaron la noche—, detuve a Miley del brazo antes de que saliéramos de su habitación. Siempre que nos quedamos en Lahaina, yo voy a su casa y me quedo con ella. Ella negó al principio.

—Miley, me di cuenta de cómo lo mirabas ayer —susurré en voz baja, no fuera a ser que su padre nos escuchara—. Te conozco lo suficiente.

Sus ojos marrones brillaron con resignación.

—Sí, pero me avergüenza admitirlo. —La solté del brazo.

No dije nada ante ello—. Él tiene veintidós y yo quince.

Todavía soy una niña. Por obvias razones es algo imposible y además no está bien —confesó—.

Pero cada vez que lo veo siento que todo brilla y que mi mundo solo se concentra en él...

Desde hace un año es así. —Miley sonrió con marcada desilusión—. Anela tiene mucha suerte.

—No sé qué decir —admití.

Ella se encogió de hombros.

—Tal vez que lo lamentas —contestó sin reproche y luego se pasó un mechón de cabello lacio y castaño por detrás de la oreja —. Lizzy, esto es algo que no le he dicho a nadie, solo a ti. Y quiero que permanezca así. Es un secreto.

—Sabes que puedes confiar en mí.

Miley asintió, complacida.

—Supongo que ahora las dos sabemos qué se siente querer a una persona en silencio, ¿no? Y tengo que decirlo: es estúpidamente desagradable —añadió con acidez—. Lo peor es que no elegí esto, solo sucedió y todo se fue a la mierda. Pero al menos espero nunca ser víctima de mis impulsos. Ya sabes.

Alcé una ceja.

—¿Qué clase de impulsos?

—La clase de impulsos de los que sueles arrepentirte.

Ambas nos reímos. No hizo falta decir nada más.

12 de julio de 2014

Querida Holly: