41Luca
Luca
Una cosa se repara y otra se termina de romper.
Desde la noche anterior, cuando la ansiedad me superó e intenté difuminar los últimos dos años de silencio y volver al cauce de lo que éramos, no pensé que me arrepentiría de haberlo hecho.
Porque esas palabras que Lizzy pronunció, la definición de lo que siempre seré para ella, me atravesaron el pecho de la misma forma que en el pasado.
Sin embargo, duele aún más la convicción de que aun si tuviera una mínima oportunidad con ella, la echaría por la borda.
Y es que en el fondo sé que yo mismo he estado creando las rendijas, y ahora tan solo me limito a ver la vida pasar, como lo hice entonces cuando envié aquel último mensaje y no volví a buscarla.
—Luca, ¿te encuentras bien?
Escucho la voz de Kai detrás de mí. Apoyado en la cabina delantera de mi Volkswagen, mientras contemplo cómo la luz del crepúsculo baña el pueblo, me concentro en fumar un cigarrillo.
No es un vicio, pero soy consciente de que en el último año me he vuelto más fumador que antes.
Exhalo el humo por la boca, despacio, y este crea aros difusos en el aire.
—¿Por qué no podría estarlo?
Mi hermano se recarga a mi lado. El clima de este primero de julio está siendo aún más bochornoso y cálido que el de las últimas semanas.
Los días más calientes del año se avecinan y con ellos los ecos de todo lo que está congelado en el álbum de fotografías que guardo con celo y nunca enseñé a nadie.
—Ya, pero te he visto un poco taciturno.
Solo estoy preocupado por ti, lo sabes. Quiero que estés bien —dice con franqueza antes de cruzarse de brazos y lanzar un suspiro—.
Luca, sé que ambos hemos estado más concentrados en Manu por lo que ha estado atravesando y todo eso, pero no te olvides de ti mismo.
Yo no lo he hecho y aunque no sea bueno para demostrarlo, sabes que te quiero.
Fumo otra calada y bajo la mirada.
—¿También los echas de menos?
Kai le da un puntapié al suelo.
—Todos los días de mi vida —responde con un dejo de nostalgia que puedo sentir en la piel como un rasguño—.
Pero papá y mamá siempre nos enseñaron a ser resilientes y por eso vivo en honor a ellos.
Trato de ser feliz porque desde dondequiera que se encuentren quiero que puedan sentirse orgullosos.
Ayer hablé con Manu y… lloró por primera vez en mucho tiempo.
Creo que la terapia ha empezado a remover cosas en él.
—Él lo necesitaba —murmuro.
—Quizás tú también necesitas mirar dentro de ti y sacar lo que ya no necesitas —continúa Kai y, al mismo tiempo, me quita el cigarrillo para darle una calada.
Saca el humo y luego tose una vez—. Será mejor que dejes esta mierda por un tiempo.
—Ladea el rostro y sonríe—. Y oye, por cierto, veo que ya resolviste las cosas con Lizzy.
Los vi hablar durante la comida. —Kai cambia de tema, acertadamente, porque ya no estaba dispuesto a decir más sobre lo anterior—.
Pero… déjame adivinar. No ha sido tal y como querías, ¿verdad?
—No sé a qué te refieres.
Él sonríe de par en par.
—A mí no me engañas tan fácilmente.
—¡Papá! ¡Ven aquí!
Escuchamos la voz aguda de Malea y, en un santiamén, aparece frente a nosotros para agarrar la mano de su padre y llevárselo a rastras al interior de la casa.
Kai y Anela se casarán en Honolulu el veintiuno de este mes.
Ya lo tienen todo organizado: desde la ceremonia en la playa, el salón a orillas de la costa, el menú y los cócteles, hasta el hospedaje para los invitados —en el hotel de Elikai y Freya— y los cientos de detalles que con toda seguridad crearán la fiesta perfecta.
Por eso nos reunieron a todos y, por supuesto, Miley, Havika y Nadia fueron invitados.
De hecho, ahora mismo, los veo salir por la puerta principal junto a Oliver y Lizzy.
La mayoría me saluda apenas con un gesto —no se detienen y empiezan a caminar sobre la acera calle abajo—, pero entonces Lizzy voltea sobre su hombro y, tras murmurarle algo a Oliver, se dirige hacia mí.
Dejo de apoyarme en la combi y meto las manos en los bolsillos de los vaqueros, de pronto nervioso.
Está bellísima. Lleva un vestido rosa pálido de algodón y Converse blancos.
Su cabello liso y quebrado en las puntas, esta vez suelto, enmarca su rostro con gracia.
Por un instante, no puedo evitar recorrerla de arriba abajo con la mirada.
Las curvas de su cuerpo y sus piernas tonificadas son un dulce tormento.
Porque después de todo, he terminado por aceptar que Lizzy siempre será todo lo que jamás podré tener.
—Luca, apenas lo estamos discutiendo, pero lo más seguro es que celebremos el Cuatro de Julio en Lahaina.
Nos iremos el martes por la mañana en la camioneta de Havika y luego regresaremos juntos, porque en sí las vacaciones de los chicos terminan el próximo viernes.
Y bueno, me gustaría que vinieras con nosotros.
—Tengo que hacer un esfuerzo para ordenar mis ideas—.
Entonces, ¿qué dices? ¿Nos acompañas? Será divertido.
Asiento y esbozo una sonrisa titubeante.
—Sí, claro. ¿Por qué no? Gracias.
—Bien, perfecto. —Se pasa un mechón por detrás de la oreja—. Entonces… después nos vemos. Adiós, Luca.
—Adiós, Lizzy.