Lo que se rompió en aquel verano 40Lizzy
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Lizzy

«Las cosas nunca cambiarán lo suficiente», declaró Luca cuando dije que las cosas habían cambiado entre nosotros.

¿Quiso decir que aunque nos hemos alejado aún podemos ser los mismos?

¿Como si fuera fácil comenzar de nuevo? Por supuesto, entonces entendí que para él puede serlo, porque Luca nunca sintió lo que yo sentí, porque él no tuvo un sentimiento entre las manos sin saber qué hacer con él.

Porque para él siempre seré la misma Lizzy.

Tal vez ni siquiera necesita entender una fractura que nunca existió.

Quizá, para él, son cosas que pasan en la vida sin mucha repercusión.

Tal vez soy yo quien se ha quedado atrapada en las espinas de lo que nunca pude olvidar.

Soy yo la que se ha autoengañado, porque aún late en mí, y lo supe desde el segundo en que lo vi de nuevo.

Y es por eso mismo que debería mantenerme lejos.

Pero luego lo vi allí, sin luz en los ojos, con una estela de confusión y tristeza a su alrededor, y solo quise quedarme a su lado.

Por eso le dije esas palabras. Porque pese a todo, siempre me preocuparé por él.

No puedo ignorar su dolor. Hace seis años su vida se rompió. Nada volvió a ser lo mismo.

Algo comienza a obstruirme la garganta. ¿Y si todo lo que he intentado entender durante los últimos años siempre ha estado de más?

¿Y si me he creído demasiado importante cuando en realidad no se trataba de mí?

¿Y si he estado viendo el panorama desde mis sentimientos heridos sin detenerme a pensarlo desde su mundo roto?

—Lizzy, ¿necesitas decirme algo?

Parpadeo y alzo la mirada. Henry deja de untar mantequilla de maní en su pan de plátano y baja la mano. Deja la cuchara, apoya los codos en la mesa y se acaricia la barbilla, recortada y salpicada de canas. Sus ojos grises, tan idénticos a los míos, me estudian con cautela.

—Sé que son tus asuntos personales y no me gusta entrometerme, pero algo sucede entre el muchacho y tú, ¿cierto?

—no tengo que preguntar a quién se refiere.

Henry siempre ha llamado así a Luca—. Lo he notado desde hace tiempo.

Y sé que no es de mi incumbencia, pero no me gusta verte triste, hija. Tal vez podrías contármelo.

—No estoy triste. —Bebo un sorbo estrepitoso de café y me relamo los labios—. No sé qué piensas, papá, pero no pasa nada. Somos tan amigos como siempre, ¿no lo parece? Sí, nos distanciamos un poco, por la distancia y todo eso. Pero no es nada del otro mundo.

Me pongo de pie y comienzo a recoger los platos. Por suerte, ya he terminado de cenar.

—Lizzy, escucha —empieza a decir Henry, y yo me obligo a detenerme y fijar la mirada en él.

Mi padre me mira con ojos conciliadores—.

Hace tiempo cometí un error que a veces aún me pesa.

En una etapa de mi vida no dije todo lo que tenía dentro porque tenía miedo por varias razones y cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde.

Por eso siempre procura manifestar todo lo que sientes.

Después, cuando pasen los años, no tendrás que vivir con la idea de lo que pudiste haber hecho o de cuán diferente pudo haber sido tu vida.

Sus palabras evocan días lejanos. Aquel verano que compartió con mamá.

Cuando estoy a punto de cuestionarlo, escuchamos que tocan dos veces la puerta.

Henry señala con las cejas que vaya a abrir y, obedeciéndole, dejo los platos en el fregadero antes de dirigirme al recibidor y respirar hondo.

Sé quién es. Abro la puerta y no me equivoco.

Luca, en el porche, aparece con mi bicicleta.

—Lo siento, me tardé un poco más de lo esperado —dice con su voz grave; un atisbo de sonrisa se dibuja en sus labios—. Pero aquí está. Así que ya sabes, cuando quieras rodar con alguien… no dudes en llamarme.

Un poco tensa, asiento en silencio y cierro la puerta detrás de mí.

Sujeto la bicicleta y Luca retrocede hasta el borde de los escalones de piedra.

Aprieta los labios y mete las manos en los bolsillos de sus vaqueros.

Una ráfaga de viento húmedo despeina su melena dorada.

La luz amarilla de los faroles de la entrada baña su rostro.

En este instante se ve tan atractivo que es casi doloroso. Me obligo a sonreír.

—Gracias, Luca.

—Bueno, me preguntaba si podíamos hablar un poco —comienza a decir con cierto titubeo y los ojos brillantes—. Es que parece que ha pasado tanto tiempo y… quiero saber lo que has hecho, si no te importa.

Tardo tres segundos en reaccionar.

—Sí, por supuesto —susurro.

La noche se hace más cálida. Luego de recargar la bicicleta en la pared, nos sentamos en la banca de madera y, como tantas veces lo hicimos en el pasado, contemplamos el murmullo de la noche mientras hablamos sin muchos detalles sobre lo que hemos hecho en los últimos dos años.

Yo le cuento sobre las cosas que en esencia no son nuevas, pero ahora con una determinación tan firme que incluso a mí me sorprende.

Y es que pase lo que pase, no me echaré para atrás en este nuevo comienzo.

Siempre tuve el mismo deseo, pero no la misma voluntad. Ahora me siento inquebrantable.

También le hablo sobre Genevieve, los abuelos, mi madre, Elliot, mis amigos en San Antonio, las cosas que no funcionaron con Marcel —Luca se enteró en su momento de mi relación con él—, la desesperación y la frustración diaria por no estar siendo yo misma.

Aunque por supuesto, no le hablo sobre la profunda añoranza ni sobre las cosas que nunca le dije y guardé para siempre en un diario; sobre las capas que puse encima de los sentimientos para no echarlo de menos y seguir con una vida sin muchos colores.

—No te presiones tanto y date una pausa.

Luca mira al frente. Yo también.

—Es lo mismo que opina Henry —murmuro con las manos entrelazadas en el regazo—. Y sí, tal vez tengo que dejar que todo fluya y no forzarlo. No lo sé, creo que voy a releer algunos de mis libros favoritos, escuchar mi música favorita y… cualquier plan que se me ocurra, supongo que ayudará.

—Estaré pensando en uno bueno, ¿te parece?

Su voz es un eco profundo y suave. Es imposible no sentir el corazón en la garganta.

Sin embargo, hago lo posible para ignorarlo y me concentro un poco más en las sombras de los arbustos, en el sabor salado de la brisa, en las líneas cafés de la loseta.

En los minutos siguientes, Luca también me comparte sobre su vida actual: la mejora de Manu con las terapias, sus amigos de siempre, la rutina con el trabajo en línea, sus tíos y los primos…

La ausencia de una pasión que en el pasado era un tema recurrente.

—Sigo haciendo todo lo que soy capaz de disfrutar, lo que siempre he hecho, pero nunca es suficiente —confiesa con la misma mortificación que en viejos veranos, cuando abría su corazón solo conmigo—.

Creo que nunca lo será, pero supongo que así es para la mayoría hagan lo que hagan, y ya no debería importarme tanto.

Solo pasa que a pesar de todo, creo que siempre tuve la esperanza de haber nacido para algo especial.

Lanzo un pequeño suspiro.

—A veces creo que he tenido suerte y otras veces no tanto —reflexiono en un intento de hacerle ver otros matices, unos más replegados y escondidos—.

Es como… no poder ser otra cosa y también sufrir por ello, por la incapacidad.

Al menos cuando algo no te exprime por completo supongo que puedes variar las formas y no verlo todo desde el mismo ángulo.

Luca se mantiene en silencio. Sé que lo está asimilando. Cuando pasan dos o tres minutos, se pone de pie y avanza un par de metros hasta el barandal de madera que protege el porche. Apoya la cadera entre los balaustres y se cruza de brazos, con la atención perdida entre mi rostro y la fachada.

—Lizzy… —Sus ojos verdes me atrapan con seguridad—.

Tal vez ya sea demasiado tarde, pero quiero pedirte una disculpa sincera.

Necesito que me perdones por haber desaparecido de tu vida.

Quizás fuimos los dos, sí, pero fracasé en mi promesa de nunca dejar que la vida nos superara, nos alejara y nos convirtiera en algo que no se siente como nosotros del todo.

En verdad lo lamento… Tan solo para no haberlo permitido, desearía volver el tiempo atrás.

Entonces enmendaría eso y muchas otras cosas.

Sus palabras me saturan cada vena. Se me hace un nudo en la garganta.

En su voz puedo sentir su arrepentimiento y, desde su propia mirada, comprendo que tal vez Luca necesitaba transitar en soledad los estragos de una herida que yo no podía compartir.

Como lo pensé antes, nunca se trató de mí.

Aun así, tal vez no lo pude pensar de otro modo porque para mí solo había un sentimiento roto.

Un amor oculto y despedazado. Y ahora me doy cuenta de que eso queda en segundo plano.

Porque pese a todo, sé que siempre querré a Luca West en mi vida. También sé que, como lo dijo Henry, podría ser sincera y manifestar lo que tengo en el corazón en este preciso minuto, pero eso terminaría creando una brecha imposible de reparar entre los dos.

Y es que incluso cuando me duele su cercanía, la necesidad de sentirlo cerca es implacable. Porque de la manera más íntima posible, él forma parte de mi vida. Es parte de mi historia y eso no puedo cambiarlo. Hacerlo sería mutilarme a mí misma. Justo como lo he estado haciendo.

—Nunca serás un extraño para mí, Luca —digo e inhalo una bocanada de aire con la garganta ardiendo y esbozo una sutil sonrisa que está llena de espinas—.

Siempre has sido y serás mi mejor amigo.

Eso es algo que nunca va a cambiar. Nada de lo que pase en el mundo podría hacerlo.

Ni siquiera todo el tiempo que estuvimos sin hablar.

Sus ojos se entrecierran. Algo se derrama en sus pupilas.

—Me alegra escuchar eso.

Aparto la mirada con cierta brusquedad.

—Por cierto, antes olvidaste hablarme sobre una persona —murmuro con entereza, como si no acabara de cerrar una puerta con candado, quizá para siempre—. Sobre Blair, tu novia, supongo que aún están juntos, ¿no es así? Recuerdo que dijiste que estaban muy enamorados.

Luca tarda unos segundos en contestar. Luego suelta los brazos a los costados.

—Sí, Blair y yo aún seguimos juntos.