39Luca
Luca
Es como volver a un recuerdo. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Aunque hay barreras, en esencia es igual.
Es ahora cuando comprendo la suerte que tuve cuando ella entró en mi vida.
Lizzy es ese tipo de persona con la que, pase lo que pase, las cosas nunca cambiarán demasiado y el paso de las estaciones nunca traerá consigo un invierno tan gélido que borre nuestra historia.
De algún modo siempre nos reconocemos. Incluso ahora que nada nos une. Porque aquí estamos.
Ella no habló mucho cuando dejamos su bicicleta en el garaje de mi casa —con la promesa de que la repararía en cuanto regresáramos—; por mi parte, yo aproveché para ponerme una camiseta antes de preparar las dos bicicletas que para variar, fueron las que utilizamos en el último verano que pasamos juntos.
Lizzy se percató de ello, pero no dijo nada.
Hicimos una pequeña rodada de menos de quince kilómetros —ida y vuelta— por la carretera camino a Hana.
La misma que en el pasado formaba parte de nuestra rutina, a veces solos, a veces acompañados.
Sin embargo, a diferencia de aquel tiempo, esta vez no hicimos ninguna parada.
Aun así, mientras la brisa marina y las ráfagas de viento húmedo cortaban mi cuerpo, sentí que no faltaba nada.
Me mantuve a su lado a la misma velocidad y, en vez de maravillarme con las vistas de la naturaleza —tan fantásticas que nunca dejan de sorprenderme—, lo hice con la imagen de ella: el cabello de su coleta ondeando al viento, la curva de su cintura, su piel nívea brillando bajo los rayos del sol, sus ojos fijos…
Y ahora que ya nos hemos detenido y avanzamos a pie, empujando las bicicletas por la calle, nuestras respiraciones aún siguen un poco agitadas y el sudor ilumina nuestros rostros.
Trato de no hacerlo, pero no puedo evitar fijarme en el color cálido de sus mejillas, sus labios húmedos y rosados, sus clavículas expuestas.
Un muro de acero entre nosotros que no se rompe.
Pero al mismo tiempo, ambos lo ignoramos. Porque incluso siendo frío es cómodo.
—¿Ya has desayunado? —rompo el silencio en cuanto aprieto el botón para abrir el garaje—. No tengo mucho en casa, pero puedo hacer algo. Tal vez los panqueques que te gustan. Tengo suficiente mermelada de fresa y mantequilla de maní.
Lizzy comienza a quitarse el casco y trato de resistir el impulso de ayudarla.
—En realidad ya desayuné, pero… —Aprieta los labios y luego sus ojos grises buscan titubeantes los míos—. Gracias por acompañarme, Luca. Lo he disfrutado.
Es inevitable la oleada de decepción que me recorre. Asiento y lanzo un suspiro tendido.
—Como en los viejos tiempos —añado con una sonrisa desvanecida. Mis palabras evocan un sentimiento dulce y amargo, como estar entre el otoño y el invierno. Como limitarte a sentir el fuego sin abrazarlo.
Lizzy desvía la mirada, se muerde el interior de la mejilla.
Sujeta el casco en la mano. Algunos cabellos revolotean en su frente.
En este momento, Lizzy me parece la criatura más delicada y sensual que he visto jamás.
Al instante también comprendo que nunca podré dejar de verla de esta manera, como desde aquella primera vez, cuando la fuerza de lo que siempre estuvo allí terminó por encenderse y se hizo llama.
Tan ajena, tan bella, tan lejana. Antes y ahora, después de todo, no ha cambiado.
—Sí, como en los viejos tiempos —confirma Lizzy con más soltura cuando entra en el garaje.
Recarga la bicicleta junto con el casco en la pared.
Luego se da la vuelta y se cruza de brazos como por instinto—.
Entonces… ¿seguro que no es molestia que te deje mi bici?
Es decir, puedo llevarla yo misma al taller.
Me quito el casco y lo presiono a mi costado. Avanzo con la bicicleta hasta su lado.
—¿Lo dices en serio? —bromeo mientras acomodo las bicis y dejo los cascos en una desgastada caja de madera que guarda algunos accesorios de ciclismo—.
Ayudarte en lo que pueda nunca será una molestia para mí.
De hecho, hoy tengo bastante tiempo libre, así que será rápido.
En la tarde puedo entregártela. A más tardar en la noche.
De reojo, veo que se rasca una mejilla con la mano libre y luego se pasa un mechón suelto por detrás de la oreja. Al final suelta los brazos a los costados con cierta rendición.
—Luca…
El que susurre mi nombre me detiene. Despacio, me vuelvo hacia ella por completo. Nos separan un par de metros.
—¿Sí?
Sus ojos grises atrapan toda mi atención. Sus labios tiemblan entreabiertos y de pronto siento que la atmósfera cambia. El aire que nos rodea se hace más sensible y vulnerable. Los segundos transcurren más íntimos.
—¿Por qué decidiste volver a Paia?
Meto las manos en los bolsillos de mi pantalón. Ni siquiera hago el intento de fingir.
—Porque solo aquí y en ningún otro lugar podré hallar algunas respuestas —pronuncio con voz baja; la fragilidad de su rostro es todo lo que veo.
Es apenas perceptible, pero una extraña marea de tranquilidad y certeza nos abraza, como si todo estuviera en su lugar a pesar de estar en caos—.
Las que necesito para entender por qué mi vida se ha hecho como se ha hecho: suficiente y a la vez tan carente de muchas cosas.
Lizzy no deja de mirarme. Tengo la sensación de que quiere abrazarme. Pero después de varios segundos, aquello se esfuma y en sus ojos se reflejan todas las cosas que hemos dejado atrás. Como si ambos supiéramos que no podemos recuperar las versiones pasadas de nosotros mismos.
—Tal vez esté de más decirlo. —Sus labios se curvan en una sonrisa que se desvanece tan rápido como un suspiro—. Pero quiero que sepas que aún estoy aquí, Luca. Siempre que lo necesites. Aunque las cosas hayan cambiado entre nosotros.
Sin más, se da la vuelta. Avanza con pasos lentos.
—Lizzy —la llamo en voz alta. Ella voltea sobre su hombro y espera—. Quiero que sepas que las cosas nunca cambiarán lo suficiente.