38Lizzy
Lizzy
Aún intento no preocuparme demasiado. Pero cada día que pasa me siento más frustrada.
No consigo avanzar en mi novela. No como debería, no como necesito.
Por un lado, podría cambiar de proyecto y empezar uno nuevo; sin embargo, sé qué es lo que quiero contar: el amor, los sueños que se descubren en el camino y todo lo que significa volver a empezar.
Por eso no me rindo. Por eso sigo remando.
—¿No has dormido bien?
Alzo la mirada con brusquedad. Mi padre, frente a mí, se está terminando un emparedado de atún. Mientras espera mi respuesta, lo veo engullir el último bocado. Yo, por mi parte, me he preparado unos huevos fritos y también estoy por terminar.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Tanto se nota que la estoy pasando fatal?
Henry se relame los labios. Se limpia la boca con una servilleta y luego toma un sorbo de su té chai. Respira hondo, deja la taza en la mesa y recorre la cocina con la mirada. Sé que lo hace para que me relaje y pueda expresarme con más confianza.
—No consigo avanzar —admito con pesadez después de un momento—.
No lo sé. Cuanto más me exijo, peor se pone la cosa.
Y precisamente no dormí bien porque me pasé la mitad de la noche frente a la computadora, intentando escribir algo.
Es como… Sé que tengo la capacidad y aún puedo escribir una novela, pero ahora mismo se siente como si mis palabras no importaran nada.
Como si no tuviera ningún significado. —Trago saliva con ansiedad.
El humo caliente del café me inunda el olfato—.
Como escritora, nunca había sentido una sensación tan confusa y desesperante como esta, porque no es que esté teniendo un bloqueo, sino que…
No lo sé. No puedo explicarlo. Sigo sin encontrarme.
Henry me mira y aprieta los labios.
—¿Por qué no haces una pausa y luego intentas retomarlo?
¿Por qué no esperas a que algo se llene y entonces sientas el irremediable impulso de drenarlo?
—sugiere, encogiéndose de hombros y rascándose la barbilla—.
Quizás necesitas dejar de forzarlo, hija.
Tampoco hay ninguna prisa. Mientras tanto, intenta hacer otras cosas que te hagan olvidarte del problema y cuando menos lo esperes, tal vez surgirá. Yo no soy escritor, pero soy lector.
—Bien, tomaré tu consejo, papá. —Siempre procuro no llamarlo por su nombre delante de él—.
Pues entonces… creo que iré a rodar un poco en la bicicleta y luego te veré más tarde en la boutique , ¿te parece?
Hoy no voy a ver a los chicos porque se pasarán el día entero en el hotel y en sesiones de yoga. Sabes que yo escapo del yoga.
Tomo el último sorbo de café.
—Bueno, le pedí a Wilbert que hoy me cubra por la tarde y no por la mañana, pero está bien si así lo quieres —repone Henry mientras se levanta y recoge sus platos y cubiertos con movimientos torpes—. De todos modos, hoy no llegará la nueva mercancía.
—¿Es que irás a algún sitio por la tarde?
Henry se detiene un segundo. Reprimo una sonrisa.
—Eh… Benjamín y Molly me invitaron a comer sobre las cuatro. ¿Quieres ir? Tenemos planeado jugar a las cartas, hacer emparedados y debatir de política.
—No, está bien. Diviértanse ustedes.
Entonces prosigo con mi desayuno con mejor humor.
La mañana ha nacido cálida y despejada. Henry ya se ha marchado en la pickup .
Además, le he hecho una videollamada a mi madre para hablar un poco con ella y con Genevieve.
Sé que no está contenta con mi decisión, pero al menos he podido notar que su tono suena menos resentido.
Hablamos sobre las cosas que hemos hecho y lo mucho que nos extrañamos.
Genevieve, por su parte, se quedó un poco callada conmigo. No le pregunté la razón.
Después de despedirnos, agarré mi celular y el casco protector antes de salir por la parte trasera de la casa y sacar del cobertizo la vieja bicicleta que he estado utilizando desde mi llegada.
Sin pensar nada en concreto, solo en la necesidad de olvidarme un poco de todo, me concentro en los colores suaves que tiñen la mañana. Avanzo entre el césped y los arbustos.
Sin embargo, antes de llegar al patio delantero, me encuentro con la viva imagen de Luca, quien con el torso bronceado y desnudo, vestido tan solo con unos pantalones desgastados de mezclilla, está lavando su Volkswagen bajo los primeros rayos del sol.
La fachada de su casa crea algo de sombra, pero apenas la suficiente. Siento cómo la boca se me seca.
Intento respirar con normalidad, seguir mi camino y pasar de largo, justo como él lo hizo en aquella ocasión en la playa, pero ¿cómo no?
Me percato entonces de que la llanta delantera de la bicicleta está ponchada.
Se ha desinflado toda, tanto que hasta Luca puede notarlo.
Porque cuando levanto la mirada en su dirección, observo cómo se limpia el sudor de la frente y, luego de dejar el trapo gris sobre uno de los retrovisores, comienza a caminar hacia mí.
Sí, hacia mí. Y al instante mi latido se precipita en el pecho.
¿Qué hace? No le he pedido ayuda. Segundo a segundo la imagen de Luca se vuelve más nítida y pronto puedo ver incluso los detalles de su torso y los músculos que evidentemente ha trabajado en los últimos años.
Cuando lo vi por última vez hacía ejercicio constantemente y eso se notaba, pero ahora es superior.
Y por supuesto, después de todo, solo soy una chica.
Se detiene a dos metros de mí. Aunque se sienten como dos centímetros.
Su cabello dorado, húmedo y salvaje, se apelmaza oscuro sobre los hombros.
Con la expresión relajada y una sonrisa ladeada es capaz de atravesar mi caparazón de acero.
Ver a Luca así, con el pecho subiendo y bajando por la respiración aún un poco acelerada, con el sabor de la brisa y el sudor pegado en el cuerpo, es algo para lo que no estaba preparada.
—Creo que necesitas ayuda con eso, ¿cierto?
Aparto la vista e intento pensar. Sujeto con más fuerza el casco.
—Bueno, me parece que…
—Si quieres, puedo ayudarte.
Logro negar con la cabeza.
—No, gracias. Yo puedo arreglarlo —me excuso y trato de sonreírle como si no estuviera a punto de derretirme de calor, y no por el clima—. Es decir, puedo dejar la rodada para otro día. No es algo urgente.
Sus ojos verdes me traspasan y un silencio despierta en mí.
—Lizzy, puedo ayudarte. No es necesario que cambies tus planes —replica con su voz grave que junto a su aspecto no es apta para la cordura—. De hecho, se me ocurre hasta una idea mejor. ¿Ibas a rodar tú sola o con alguien más?
—Yo sola, pero…
—No creo que te moleste un acompañante, ¿verdad? —Lo pregunta de lo más natural, como si no hubiéramos creado una brecha entre los dos que ha durado años y aún puede respirarse—. Tengo dos bicicletas en perfecto estado. Ya sabes, siempre tuve a montones.
Asiento con firmeza. Conservo la sonrisa.
—Sí, por supuesto. ¿Por qué no?