Lo que se rompió en aquel verano 36Luca
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Abandono las olas antes que los demás. Con la tabla en mano, salgo del mar y camino entre las piedras y la arena blanca hasta llegar al pabellón donde está instalado el picnic.

No hay demasiada gente, pero sí más que al inicio de la semana.

El murmullo del océano y las voces de los adultos y algunos niños que van y vienen por allí se entremezclan.

Un grupo de adolescentes —surfistas novatos por lo que pude observar en las aguas— se divierten a metros de nosotros mientras comen aperitivos y escuchan música popular americana que suena a medio volumen en una bocina portátil.

Aun así, la atmósfera es bastante tranquila.

Oliver nunca surfea; ha estado sentado viéndonos a lo lejos. Dejo la tabla y me acomodo cerca de él.

—¿Ya te has agotado? —dice con una lata de gaseosa en mano antes de inclinarse sobre la hielera que está delante y pasarme una igual—. Las olas están en su punto hoy.

Abro la lata y tomo un sorbo. En lugar de mirarlo, me concentro en el panorama.

La extensión turquesa lo abarca todo, las nubes se desparraman en el cielo y la espuma del mar brilla bajo los colores cálidos de la tarde.

Los surfistas, como Lizzy, aguardan cada cierto tiempo para capturar las mejores olas.

No debería, pero aunque intento observar los movimientos de cualquiera, es inevitable que solo me concentre en ella.

—¿Qué es lo que te disgusta del surf? —resoplo. De reojo, lo veo ladear el rostro—. Cuando éramos niños nunca lo entendí. Sé que preferías por mucho tocar el ukelele, pero en el mar todos nos divertíamos. Aún nos divertimos.

—No lo sé. Supongo que cuando hago algo por primera vez y no me agrada, no vuelve a llamarme la atención —explica con sencillez—. ¿Pero a qué viene esto?

Respiro hondo. Mi pecho se hincha. El agua sigue escurriendo de mi cabello.

—Así que además de saber con precisión qué es lo que más te gusta, también tienes claro lo que definitivamente no te gusta —digo antes de tomar otro trago—. Sorprendente.

Oliver no vuelve a hablar y yo tampoco. Nos sumimos en un silencio compartido.

—¿Cómo ha estado Manu? Hace tiempo que no hablo con él, pero espero que esté bien. De hecho, me extraña que no haya venido contigo. Supongo que ya está terminando la licenciatura y también está de vacaciones, ¿no?

A lo lejos, vemos que las chicas empiezan a salir del mar.

Lizzy se ríe con júbilo mientras se aleja de la orilla en compañía de Miley y Nadia.

Las tres parecen mantener una conversación divertida porque ríen y se empujan entre ellas.

Lizzy se ve feliz. El mar es también su lugar favorito.

Siempre lo ha sido. Y no entiendo por qué, pero aunque me satisface verla alegre, me absorbe una punzada de pena.

—Manu ha mejorado mucho desde que inició con la terapia —respondo al tiempo que me pongo de pie y agarro mi mochila—.

No pudo venir porque está tomando materias de verano, pero puede que se escape para pasar un fin de semana.

Está concentrado en sus cosas, lo normal, conociendo a una chica y todo eso.

—Me alegra escuchar eso.

Yo sonrío, pero es un gesto frío.

—Sí, seguro. Ahora vengo.

Cuando regreso de los sanitarios, vestido con un pantalón corto y una camiseta seca, todos ya se encuentran en el pabellón comiendo las botanas y las hamburguesas que se siguen asando en la parrilla.

Con la mochila al hombro, me uno al grupo con toda la simpatía que puedo forzar.

Las chicas hablan y ríen entre ellas. Havika, apenas me ve, me extiende una hamburguesa recién hecha y me invita a sentarme junto a Oliver y a él para conversar de esto y aquello.

Havika y yo nunca hemos sido tan cercanos, pero es un tipo amable y no parece importarle mi solemnidad.

Aunque no es fácil, intento conservar la expresión más animada posible y también no ser tan consciente de la cercanía de Lizzy.

Pero no sirve de mucho, porque como una brisa cálida puedo sentir su presencia abrazándome la piel.

Entre todo el ruido de la playa y los estímulos naturales, ella sigue siendo la mejor atracción.

Lo que no es nuevo, porque siempre fue así: en cualquier sitio donde Lizzy estuviera, todo lo demás pasaba a segundo plano.

Como ahora mismo, cuando una vez saciada el hambre, mientras mantengo una conversación casual con Havika y Nadia sobre las posibilidades de celebrar todos juntos el cuatro de julio en Lahaina, escucho con agudo interés lo que ella está hablando con Miley y Oliver.

Lo hago con total disimulo, sin apenas demostrarlo, pero logro percatarme de que Lizzy me está ignorando por completo.

No mira en mi dirección en ningún momento.

Pero… ¿qué más podía esperar? Hace casi dos años que dejamos de hablar y nunca más volvimos a buscarnos.

Hace casi dos años que no volví a mandar ningún mensaje y ella tampoco volvió a escribir.

Hace casi dos años que pese a no haber existido ninguna ruptura, nos desvanecimos.

Y aunque quisiera entenderlo, una parte de mí se resiste a rebuscar entre lo sucedido.

Porque quizá prefiero andar por la vida con los ojos vendados. Con la carcasa sobre la piel.

En cierto instante, me separo del grupo.

Tomo mi cámara negra y dejo lo demás.

Camino por los senderos rocosos. Respiro la brisa húmeda y salada del mar.

Los vientos del final de la tarde revolotean mi cabello en los hombros y mecen las palmeras y las copas de los árboles dispersos a lo largo de la costa.

Todo es encantador, libre, pero aun así percibo la sensación de estar atrapado en redes que me he autoimpuesto.

Y es que muy estrechamente ligada a la confusión de no saber quién soy, está la de saber con plena certeza que me estoy ocultando de lo que no quiero que ocurra o de lo que no quiero volver a vivir. Quizá solo estoy pagando el precio.

Cuando llego hasta el mirador y camino hasta la punta del acantilado, aunque he estado aquí incontables veces, la belleza de lo que contemplo me deja sin palabras.

El océano resplandece inmenso y las olas se pierden en las piedras de la orilla y las rocas desperdigadas mar adentro como lanzas.

La playa, larga y estrecha, bordeada por la extensión verde de la montaña e interrumpida por un arrecife vivo en el medio, representa un pequeño paraíso de surf, pero también de naturaleza pura.

En el horizonte, el sol comienza a ponerse y los colores amarillos y naranjas se entremezclan con el azul deslavado del cielo y las intermitentes nubes blancas.

A esta hora las tortugas marinas suelen echarse en la orilla, pero la zona protegida queda justo debajo del acantilado, de modo que no puedo divisarlas como en la parte baja de la playa. Aun así, la vista es espectacular.

Tomo varias fotografías. Utilizo diferentes perspectivas.

Pero justo cuando llega el momento más perfecto del atardecer y posiciono el lente de la cámara para capturar los colores que se derraman en la playa y el cielo —aunque en la costa norte el sol no se ve ponerse directamente, el espectáculo sigue siendo maravilloso—, siento cómo un sabor amargo me sube por la garganta y se queda en los labios.

Incluso a lo lejos puedo reconocerla: su manera de caminar, el cabello oscuro.

No puedo asegurarlo, porque veo sus siluetas de espaldas, pero puedo imaginarme su sonrisa y a Oliver atento a cada gesto suyo.

No soy tonto. De alguna manera atisbo lo que está naciendo: lo que él, muy tarde, ha visto en ella.

En este minuto comprendo la naturaleza de la tristeza que me embargó horas atrás, cuando la vi tan alegre con sus amigas saliendo del mar.

Es una sensación que no puedo cubrir con nada, una que en silencio me ha acompañado todos estos años, desde que nuestras vidas comenzaron a cambiar.

Es una añoranza que tiene dos razones de ser: echo de menos cuando Lizzy era feliz conmigo y, sobre todo, echo de menos cuando lo éramos juntos.