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Lizzy
Durante la mañana de este miércoles, tanto en las horas que he intentado escribir —sin mucho éxito, pues apenas he llenado dos páginas en blanco— como en las que he estado en la boutique con Wilbert, no he podido dejar de pensar en aquellas palabras que Henry me dijo en la cocina cuando lo pillé con insomnio.
Y es que al recordarlas, solo veo delante de mí una maraña de redes que no me atrevo a desenredar para ver con más claridad.
Como ayer cuando intenté no reaccionar al ver a Luca en El Sabor del Mar.
Intenté no mirarlo demasiado; intenté sonreír como los demás.
Sin embargo, su actitud forzada al socializar llamó mi atención.
Me encontré estudiándolo sin que nadie lo notara.
Verlo así fue extraño. En el pasado, encajar en cualquier sitio era lo suyo.
Pero entonces recordé que así fue el Luca con el que tuve contacto en los últimos meses antes de que dejáramos de hablarnos y escribirnos: el Luca cauto e inaccesible.
Aquel que aunque no perdió la chispa en los ojos, ya nunca más fue el mismo que estuvo conmigo en todos nuestros veranos.
Y ahora estoy aquí, con una sensación hormigueante en el pecho y un pensamiento que eclipsa todo lo demás: Luca vendrá a Hookipa para pasar la tarde con nosotros.
Llegará pronto y, si no quiero mentirme, la idea de tenerlo tan cerca me pone un poco de los nervios. No debería, pero sucede.
—¿Qué más podía hacer? Teníamos que ser amables, Lizzy —replica Miley mientras bajamos lo que falta de la camioneta de Havika para llevarlo al pabellón, donde su primo y Nadia ya preparan la instalación del picnic—. Vamos, ¿no vas a quitar esa cara? Se te harán arrugas y apenas tienes veinticuatro.
Contrariada, sacudo la cabeza. Sujeto bien la tabla de surf, dos bolsas de comestibles y mi maleta personal. Miley toma otra tabla, un neceser y una bolsa de tela antes de cerrar la camioneta.
—Sí, está bien. No pasa nada.
Me esfuerzo por sonreír. No me permito profundizar en ello porque de hacerlo sé que la cortadura se extendería hasta desenterrar las capas que he construido sobre los agujeros. Las espinas, como vientos desfavorables, se colarían debajo de la piel.
Una hora después, Luca y Oliver se han unido a nosotros.
Cada uno ha llegado por su lado: Oliver en su auto gris y Luca en la combi Volkswagen naranja que guarda tantos kilómetros como recuerdos.
En aquel último verano, la combi fue la sensación para nosotros.
Aquel verano... fue la primera y la última vez que juntos tomamos la ruta hacia Hana para explorar viejos y nuevos lugares como nunca lo habíamos hecho.
Fueron los mejores cuatro días de mi vida.
Pero aquello se quedó en un diario. En unas cuantas fotografías.
De modo que durante los minutos en los que me enfrento a las olas, deslizándome con limpieza sobre la pared de cada una, encuentro un gran alivio para mi mente.
Se evaporan las sensaciones punzantes y lo único que me obligo a percibir es el sabor del mar en los labios y los rayos del sol sobre la piel.
Mis risas se mezclan con las de Miley y las de Nadia.
Y así, dejo junto al rastro de la espuma lo que está guardado en el fondo de lo irrecuperable.