Lo que se rompió en aquel verano 34Luca
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Luca

«Joder, ahora no». Es lo primero que pienso cuando entro al restaurante.

Después de una sesión de trabajo en línea por la mañana, me ha dado hambre y esta vez no he querido prepararme nada con mis propias manos, de modo que he decidido venir a El Sabor del Mar para comer un poco de poke y quizá una hamburguesa de pescado.

Pero evidentemente, no esperaba encontrarme con Lizzy y todos los demás chicos comiendo en una mesa al costado de uno de los ventanales.

Lo lamento porque no me apetece hacer el esfuerzo de socializar, y es que de alguna manera he ido perdiendo esa facilidad con el tiempo.

Aunque por supuesto, ahora mismo tengo que enmascarar.

No puedo quedarme de pie y pasar de largo como en la playa, ya que la atención de todos está puesta sobre mí.

Miley, Havika, Oliver y una chica que no ubico.

Pero yo solo puedo concentrarme en Lizzy.

Es increíble esa manera suya de destacar en cualquier parte, como si fuera la bombilla que parpadea en el centro y a su alrededor todo palideciera por naturaleza.

Está vestida con una blusa de tirantes y un kimono amarillo.

Su cabello oscuro, contrastante con la blancura de la piel, está recogido en una coleta desordenada.

Los labios delgados intentan forzar una sonrisa.

Y aunque tal vez ya no la conozco como antes, siento la intensidad de las palabras silenciosas en el centro de su mirada.

Pero solo dura un segundo, porque de inmediato todo se difumina.

—¡Luca, hermano, ven por aquí! —Havika me llama y solo me queda avanzar y sonreír con marcada simpleza.

Como si justo el pasado martes no los hubiera ignorado—.

¿Qué tal? Creo que el otro día no nos viste en la playa, ¿verdad?

—dice con tono relajado al tiempo que me invita a sentarme con ellos.

Al hacerlo, me limito a saludarlos a todos con un gesto hábil de la mano—.

Te vimos, pero te fuiste demasiado rápido. Ya no alcanzamos a llamarte.

Aprieto los labios y alzo las cejas.

—¿De verdad? No los vi, discúlpenme.

—Bueno, ya no importa —asegura Havika.

Mientras come unos camarones con buen ánimo, Oliver me estudia con disimulo.

Aunque alguna vez fue mi mejor amigo, en los últimos años nos hemos distanciado, de la misma forma en que lo he hecho con todo lo relacionado a Paia y sus recuerdos.

Lizzy está sentada a su lado. Hago lo posible para no mirarla.

—Nos hemos enterado por Kai y los demás que te vas a quedar un tiempo en Paia, ¿se puede saber la razón? Bueno, algunos sabíamos que ya no venías mucho por aquí —comenta Miley con soltura mientras le pone aderezo de coco a su ensalada—. Por eso la curiosidad.

—Sí, vaya, solo se trata de un pequeño descanso —respondo sin mucho detalle, pero con el ánimo suficiente para transmitir simpatía—. Ya saben, aunque me gusta vivir en Honolulu, a veces uno necesita regresar a donde pertenece cada cierto tiempo.

—Sí, sobre todo —concuerda Miley antes de beber un sorbo de su limonada—.

De hecho, no sé si lo sepas, pero nosotros vamos a quedarnos aquí hasta el próximo viernes, ¿verdad, chicos?

Así que cualquier día puedes unirte a nosotros y pasar el rato.

Y ya que también Lizzy está por aquí después de tanto tiempo…

Sin poder evitarlo, la busco con la mirada.

Pero ella no me mira; en su lugar, parece concentrada en algún aspecto del rostro de Miley, ya que no le quita la vista de encima mientras sorbe una bebida con hielos.

Dejo de mirarla, respiro hondo y alzo una mano cuando veo a Kai aparecer al fondo, detrás de la barra.

Él entiende mi gesto y anuncia en voz alta que ya están preparando mi pedido.

—Sí, por supuesto, gracias —repongo con una sonrisa abierta, casi automática—. Ahora mismo estoy trabajando en línea, pero supongo que puedo darme un tiempo.

—De hecho, mañana tenemos pensado ir a Hookipa por la tarde para surfear y hacer un pequeño picnic —interviene Havika mientras corta con los cubiertos un salmón asado a la brasa.

Luego señala con la barbilla a la chica que no ubico y que tiene varios tatuajes en el brazo derecho.

Es de tez morena, cabello castaño largo y rizado y ojos miel—.

Oh, por cierto, qué desatentos somos. Ella es Nadia, una amiga nuestra de Lahaina.

Nadia me regala una media sonrisa. Se ve bastante seria, apacible, pero a la vez como una chica de esas que son firmes y no titubean al decirte las cosas. Al instante, puedo imaginarme por qué es amiga de Miley. Tiene ese mismo estilo: rebelde y desinteresado.

—Nadia Smith.

Apenas sonrío.

—Luca West.

—Entonces… ¿te apuntas? Oliver estará poniendo un poco de ambiente con el ukelele —añade Havika y yo no puedo hacer otra cosa que asentir—. Según el pronóstico, será una tarde con buen clima y buenas olas.

—Sí, sería bueno que vengas, Luca. —Oliver toma la palabra para dejarme ya sin ninguna alternativa—. Hace tiempo que no convivimos entre todos.

—Claro, ahí estaré.

Cuando mi comida llega y Kai se une a nuestra mesa durante unos minutos, la conversación se vuelve más abierta y ya no vuelvo a ser el centro de atención.

Por otro lado, aunque me concentro en evitarlo, soy incapaz de no estar atento a cada movimiento de Lizzy, a cada cosa que dice y a la manera en que sonríe como si estuviera tan cómoda como los demás, pero no.

Después de todo aún puedo percibir cuándo está a gusto o no, cuándo disfruta de mi compañía o cuándo tan solo quiere apartarse de mí.

Y ya cuando Anela aparece junto a Malea y mi sobrina se roba la atención de todo el mundo con ese carácter suyo tan alegre y risueño, veo cómo Lizzy se despide de Miley y de los demás.

Sale del restaurante en compañía de Oliver.

No se despide de mí, pero esto último no es lo que me provoca un sentimiento amargo en un rincón del pecho, sino que ahora sea Oliver el amigo que algún día yo fui para ella.

Las voces de los otros se convierten en ecos y con una furiosa claridad, comprendo una cosa que lastima como un rasguño lacerante en la piel: lo que nunca pudimos ser duele tanto como lo que ya no somos.