Lo que se rompió en aquel verano 33Lizzy
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Lizzy

Doscientas palabras en dos horas. Eso es lo único que he conseguido avanzar.

Frustrada y con aire de decepción, me quito los audífonos de casco, me levanto de la silla del escritorio, cierro las persianas de la ventana y salgo de la habitación con pasos pesados que resuenan en el piso de madera.

Ya no me apetece por esta noche seguir intentando encauzar algo que parece extraviado.

Y es que sigo sin lograr conectar con mi voz, conmigo misma, con mi corazón.

Lo he estado pensando, pero ni siquiera sé en qué momento sucedió la desconexión.

¿Acaso perdí parte de mi sensibilidad cuando decidí alejarme de las letras?

Es cierto que no abandoné por completo la escritura, pero ya no fue igual.

Cuando entro a la cocina, veo a mi padre sentado en la mesa de madera tomando una taza de café y comiendo pan de plátano; junto a su plato, se halla abierto el tarro de mantequilla de maní y una cuchara embarrada.

—¿Estás sufriendo de insomnio? —le pregunto.

Son las once y media de la noche, no es tan tarde, pero por lo general, Henry suele dormirse bastante temprano. Cuando dan las diez, él ya está en su quinto sueño. Por eso me extraña que esté despierto y apenas esté cenando. Como tenía los audífonos puestos, no lo escuché.

—Es la edad, hija —dice Henry sonriendo, mientras se masajea la frente antes de enterrar los dedos en su cabello castaño y ondulado. Lo inspecciono con cuidado—. Tranquila, estoy bien. Ya tengo unas pastillas para cuando me cuesta descansar. Aunque ya sé que no debería estar tomando café.

Lo miro con inquietud mientras me sirvo un vaso de agua. Por mi parte, ya he cenado; siempre ingiero algo antes de escribir.

—No, sin duda no deberías.

Henry lanza un suspiro.

—¿Y cómo vas con tu proyecto? Me habías comentado que estás trabajando en la novela que habías dejado pausada hace un tiempo. Espero que esté fluyendo bien.

Recargo la cadera en la encimera y, mientras bebo un sorbo de agua, me concentro en la punta de mis tenis. Le doy la espalda a la ventana que da hacia el patio delantero.

—La verdad… es que me está costando un poco conectar —admito con franqueza—.

Es decir, sí estoy avanzando, pero siento que me estoy esforzando demasiado en encontrar mi propia voz, algo que se sienta honesto.

No lo sé, supongo que es normal porque dejé de escribir mucho tiempo.

Pero bueno, ya sabía que esto sucedería, así que puedo con esto.

Lo sé porque amo escribir y no pienso rendirme. Me encontraré otra vez. Lo haré.

Henry carraspea. Mueve su silla y la gira un poco hacia mí. Alzo la mirada y me encuentro con sus ojos grises.

—¿Sientes que no encuentras tu voz?

Sujeto con fuerza el vaso de agua. Tomo otro sorbo.

—No, no exactamente. Pero es como si no pudiera conectar con lo que quiero contar. Solo estoy un poco oxidada, pero ya pasará.

Henry asiente y se acaricia la barbilla.

—Bueno, hija, te voy a dar un consejo que tal vez pueda ayudarte un poco: antes de que trates de conectar con lo que sea que estás escribiendo, trata de vivir para ti misma —dice Henry con esa seguridad suya sobre casi cualquier cosa que se atreve a afirmar—.

Recuerda que la creación de algo que aún no existe parte de lo que tenemos y lo que somos.

No busques afuera, sino adentro, aunque cueste un poco más.

Por algún motivo, se me obstruye la garganta.

—¿Y cómo hacerlo?

—No lo sé. Pero lo harás.

Tomo otro sorbo de agua y después me acerco al fregadero para lavar el vaso.

No quiero que Henry se dé cuenta de que esto me afecta más de lo que me gustaría admitir.

Nunca ha sido una tarea fácil para mí exponer mis sentimientos con cualquier persona, y supongo que por esa razón necesito una hoja en blanco y las palabras; sin embargo, a veces me gustaría ser un poco más valiente al respecto.

Cierro la llave del grifo y respiro hondo.

Me vuelvo hacia Henry y esbozo una media sonrisa.

—Entonces… ¿Molly te ha parecido interesante?

—indago con tono bromista. Ayer que fuimos a comer a casa de Benjamín, Oliver y yo notamos cierta afinidad entre ellos, y fue tan evidente que empezamos a cotillear—.

A mí me parece que destaca por naturaleza, muy espontánea y honesta.

Sé que es mucho más que solo una mujer con una gran fortuna. ¿Tú qué opinas?

Henry deja de mirarme y se concentra en su cena.

—Sí, supongo. Es amable y buena gente.

Lo veo tomar un sorbo de café, tragar el último pedazo de pan y, como si de repente algo urgiera, se levanta con sus platos en mano. Me muerdo el labio inferior para contener la sonrisa y me aparto un poco para darle espacio en el fregadero.

—¿Estás leyendo algo ahora mismo?

Parpadeo por el cambio de tema. Henry coloca los trastes en el escurridor.

—¿Cómo?

—Yo estoy leyendo The Brooklyn Follies , una novela de Paul Auster.

Te recomiendo el título para cuando tengas algo de tiempo —dice Henry con soltura y, luego de revolverme el cabello de la coronilla, procede a salir de la cocina con pasos vacilantes—.

Bueno, ahora sí creo que iré a dormir. Que descanses, hija.

—Tú también, papá.

Sin poder evitarlo, sonrío de oreja a oreja.