Lo que se rompió en aquel verano 29Luca
27%

29Luca

Luca

Llevo cuatro días en Paia. No he hablado casi con nadie.

Me he limitado a mantener la rutina del trabajo en línea, preparar la comida, hacerme cargo del mantenimiento de la casa —en estos meses que voy a ocuparla, le he dicho a Kai que puede deslindarse de esa tarea—, estar pendiente de Manu a la distancia y salir solo para surfear y convivir con mi familia en el restaurante. En fin, nada demasiado interesante.

Solo que claro está, no esperaba en absoluto encontrarme con la presencia de Lizzy, no solo en innumerables recuerdos en casi cada sitio al que voy, sino también en carne propia, a menos de veinte metros de distancia de la que siempre fue mi habitación.

Con la noticia de que esta vez su permanencia en Paia no tiene fecha límite.

Sí, quizá ella se quede en Paia para siempre. Y eso lo cambia todo.

Las avalanchas en mi interior son más furiosas que las olas que acabo de montar a la perfección en mi playa favorita, con movimientos ágiles y firmes.

Ahora mismo, aunque no me siento agotado, solo permanezco con los brazos apoyados sobre la tabla y la barbilla pegada al borde, mientras observo a lo lejos a los demás surfistas intentando capturar las mejores olas.

El mar, que no está tan agitado como en otros días, mece mi cuerpo, y con ese movimiento trato de silenciar los pensamientos.

Solo me concentro en el sabor de la sal, en la superficie brillante y turquesa del mar y en la franja verde que bordea la costa.

Y así, tras minutos que empiezan a hacerse cada vez más incómodos por los vientos y el oleaje, me dispongo a salir de la profundidad.

El atardecer está por llegar. Entonces a la distancia, la reconozco: Lizzy, con un traje de neopreno como el mío, se ríe mientras mantiene una conversación que parece divertida junto a otras tres personas, de las cuales identifico solo a dos: Miley y Havika Dunn.

Por lo que es obvio, han venido a surfear, pero no me concentro en lo que hacen o dejan de hacer, solo en ella.

En su rostro, que resalta como la nieve entre los intensos colores del verano; en su cabello largo y oscuro que casi siempre lleva sujeto en una coleta; y en esos ojos que incluso siendo grises desbordan tanta calidez cuando te miran que pueden hacerte estremecer como si te atravesara un rayo.

Sujeto con fuerza mi tabla de surf. Mis pasos se vuelven más lentos sobre la arena y, justo cuando estoy tan cerca que nada me costaría saludarlos, decido pasar de largo y no mirar atrás. Pero a mis espaldas se hace un silencio. O tal vez se han metido al agua.

No lo compruebo.