Lo que se rompió en aquel verano 27Genevieve #2
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27Genevieve #2

—¿Tú crees que tengo el cuerpo de un niño? ¿Tan siquiera crees que soy un poco bonita? —pregunté de golpe, sin pensar—. Dime la verdad. —Él ya había cerrado la llave del grifo cuando se giró, sorprendido—. No me mientas.

Un nudo se formó en mi garganta. Luca inhaló una pequeña bocanada de aire y luego, con la mirada desenfocada en algún punto del piso, se puso serio y guardó silencio durante unos segundos que se sintieron eternos. Fue como si estuviera debatiéndose con él mismo.

—¿Quieres la verdad?

Asentí con firmeza. Mi corazón latió frenético. Él atrapó mi mirada y simplemente dijo:

—Lizzy, jamás he conocido a una niña tan bonita como tú, y probablemente no la conoceré nunca. Esa es la verdad.

Después salió de la cocina y me dejó allí.

29 de junio de 2013

Querida Holly:

Luca sigue participando en competencias locales de surf y la cámara que siempre lleva colgada al cuello ya es parte de su vestuario.

Ya te había contado que también ha empezado a dibujar desde el verano pasado y lo hace muy bien.

Dibuja sus propias fotografías a lápiz, pero no lo hace tal cual: les pone su propio sello, un estilo difuminado que da una impresión de ligera distorsión.

El jueves pasado me mostró algunos bocetos y me encantaron, pero él no parecía muy convencido.

Y cuando le sugerí que intentara conectar consigo mismo —como yo suelo hacerlo cuando escribo—, me contestó con cierta decepción—: «El problema es que no siento el arte, solo trato de imitarlo.

En la fotografía, en el dibujo. En realidad las cosas que hago no me gustan tanto y trato de que así sea suficiente, pero supongo que nunca lo será.

No todos tienen la suerte de conectar con algo como otros lo hacen».

Después de eso no habló mucho. Al día siguiente estuvo taciturno y esquivo, sin su habitual buen humor.

Creo que aunque no lo parezca ante los demás —sobre todo cuando está con Rachel—, Luca es mucho más reflexivo e introspectivo de lo que él cree.

También creo que es más artista de lo que se da cuenta.

Siento que tiene mucho en su interior, pero él solo se concentra en los vacíos.

03 de julio de 2013

Querida Holly:

Sigo escribiendo mi novela. He avanzado ocho capítulos más.

Por otro lado, Henry y yo estamos leyendo La ciudad de las bestias , de Isabel Allende.

Nos hemos propuesto leer un libro en simultáneo para luego debatir e intercambiar opiniones.

Esa es una de las cosas buenas de tener un padre tan lector como él.

En fin, Luca ha encontrado una nueva obsesión —Batman no ha desaparecido del todo, pero sí ha quedado un poco de lado—: La música de Michael Jackson.

Antes ya conocía algunas canciones —por pura popularidad—, pero ahora le fascinan por completo.

Ayer por la mañana, lo primero que me dijo fue: «No puedo creer todo el tiempo que pasé no siendo fan del Rey del Pop.

¿Cómo es posible?». Yo solo sonreí y me encogí de hombros.

10 de julio de 2013

Querida Holly:

Miley ha llegado a Paia. Su padre y ella se quedarán cuatro días en casa.

Hoy por la mañana, sin que se lo dijera, dio en el blanco sobre lo que es evidente.

Estábamos sentadas en la banca de madera del porche de mi casa cuando, justo antes de que Henry y Kalam nos llamaran para desayunar, rompió el silencio que se había prolongado.

—Lizzy, estás enamorada de Luca —afirmó. No lo pude negar y ella solo suspiró—. Ahora entiendo lo que se siente.

Pero no dijo por qué. Y yo no se lo pregunté.

12 de julio de 2013

Querida Holly:

—A veces me pregunto si mi madre alguna vez me amó, aunque luego ya no lo haya hecho —dijo Miley mientras caminábamos de regreso a casa con las tablas en mano, después de haber hecho un poco de surf con Luca, Oliver, Dylan y Cameron—.

Durante mucho tiempo creí que era afortunada por el hecho de que mi madre me abandonara cuando tenía cuatro meses y no a los seis años, porque entonces me habría dolido más.

Pero ahora sé que es incluso peor: mamá no me quiso ni cuando era una bebé indefensa.

No me quiso cuando se supone que más debía quererme.

—Lo contuvo, pero su voz se rompió—. Sé que ella era joven y quería viajar, conocer el mundo, no estancarse en Lahaina, pero…

¿Por qué no me llevó con ella? ¿Por qué se desprendió tan fácilmente de mí?

Supongo que moriré sin poder entenderlo jamás.

Quise consolarla, pero fui incapaz. Aun así, creo que pude entenderla con mucha precisión.

Aunque Henry procura no sacar el tema, sé muy bien que nunca ha podido superar el hecho de que su propia madre lo haya abandonado.

La abuela Adelaide —de quien solo tiene una fotografía enmarcada en un cuadro de madera guardada en un cajón de su habitación—, una mujer australiana, conoció al abuelo Alfred durante unas vacaciones y se enamoró de él.

Tuvieron dos hijos, Patrick y Henry; luego pasó el tiempo, apenas cinco años, y…

ella se fue. Los dejó por un extranjero italiano.

Aunque la vida no se detuvo allí, porque ellos siguieron creciendo.

El abuelo Alfred murió, el tío Patrick se fue a vivir a México y Henry se quedó en Paia con el negocio de su padre.

Jamás contempló la posibilidad de irse a otro lugar ni hacer otra cosa.

Aunque nunca me lo ha dicho, creo que Henry sigue esperando a la abuela Adelaide.

Tal vez de ahí su dificultad para expresar sus sentimientos, su sosiego y su afición por la lectura.

En el fondo creo que aún tiene miedo de que lo vuelvan a abandonar, y por eso sigue sin rehacer su vida.

Después de todo, aunque no es similar, mi madre tampoco eligió quedarse con él.

Y quizá es por eso que yo también siento ese miedo.

Porque hay cosas que se heredan desde las heridas de otros. De tus padres, sobre todo.

25 de julio de 2013

Querida Holly:

Los días se han vuelto una rutina. Por las mañanas, Luca, Oliver y Dylan pasan por mí para ir a jugar baloncesto o hacer rodadas en bicicleta —algunas veces Cameron, Kai y Anela se nos unen, también Manu, quien ya se ha acercado más a nosotros—.

Luego, en la segunda parada, cuando Dylan se retira y Oliver nos abandona para ayudar a su padre en la tienda y practicar con el ukelele, Luca y yo regresamos por nuestras tablas de surf para montar unas cuantas olas antes de ir a comer, ya sea en casa de Henry o al restaurante de sus padres.

Keanu y Martha siempre se aseguran de que tengamos las barrigas llenas.

Además, Luca y yo amamos el sazón de Finn Young, el cocinero que trabaja con los West desde que Keanu abrió el restaurante hace poco más de veinte años —Finn es un tipo rico con tatuajes que llegó de Charleston y se enamoró de Paia en unas vacaciones.

Un tío lejano le dejó una gran herencia, pero su estilo de vida está muy alejado de la opulencia y solo disfruta viviendo en un pueblecito hawaiano como este—.

Después, Luca ocupa el resto del día para estar con Rachel Jackson.

Es cuando escribo o me pongo a leer, intentando no pensar en ellos.

Y cuando llega la noche, todos nos reunimos en mi casa o en la de los West —la mayoría de las veces en la de ellos—.

Benjamín y Oliver también se nos unen, y a veces vienen acompañados del señor Marcus y su esposa Jennifer.

Pero… mala noticia: hace una semana le diagnosticaron a Jennifer un problema cardíaco.

Por lo que sé, Keanu y Henry están apoyando a Benjamín en todo lo que pueden.

En cuanto a Oliver, lo he visto muy triste, así que he procurado estar a su lado para darle ánimo y distraerlo con cualquier cosa.

Es en estos momentos cuando todos somos como una gran familia: platicamos, vemos películas, deportes o debatimos temas interesantes.

También es cuando Luca y yo, en cierto punto de la noche —cuando él no regresa tan tarde de sus encuentros con Rachel—, salimos a caminar o a entretenernos un poco con las patinetas.

No sé a qué se debe, pero Luca y yo siempre hemos tenido el instinto de pasar ratos a solas para ser tan solo nosotros. No creo que eso vaya a cambiar nunca.