Lo que se rompió en aquel verano 26Luca
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Luca

El miércoles está por terminar. Por la tarde, luego de aquel fugaz y descolocado encuentro con Lizzy, fui al restaurante familiar y me encontré con mi gente —los amigos y conocidos de siempre— para anunciarles mi vuelta temporal a Paia.

Por supuesto, no compartí los verdaderos motivos cuando me lo cuestionaron —ese tema solo lo he hablado más profundamente con mis hermanos—, de modo que me limité a decir que solo se trata de un descanso.

Comprensible y lógico que extrañe mi hogar de toda la vida, ¿no?

Allí estuve un par de horas conviviendo con todos. Henry me saludó, pero se fue pronto.

Malea jugó conmigo hasta cansarse y, como siempre, le hice varios peinados que terminaron deshaciéndose entre nuestras competencias de cosquillas.

Dicho por ella misma, Manu es su tío favorito, pero al menos me tiene algo de cariño.

También devoré un par de hamburguesas de pescado, mis favoritas, y no desaproveché la ocasión para comprar con Malea nuestros helados de chocolate negro y mantequilla de maní con trozos de coco.

Al final, cuando ya tenía que irme para ponerme al día con mi instalación en casa y el trabajo en línea, me acerqué a Benjamín —quien llegó para cambiar algunos billetes con Kai y se alegró de verme—, como quien no quiere la cosa, solo para preguntarle sobre Lizzy y Oliver.

No estaban allí, y ella había mencionado que tenía un pendiente urgente con él.

Y es que aunque traté, no dejé de hacer conjeturas.

Así fue como me enteré de la posible existencia de una media hermana australiana de Benjamín Fisher.

Aunque eso no fue tan importante como el evidente acercamiento entre Oliver y Lizzy que leí entre líneas en su respuesta.

Sí, no debió sorprenderme; ellos siempre fueron amigos y supongo que nunca perdieron la comunicación, pero…

sentí cierta desazón en el pecho. Porque recordé que solo Lizzy y yo nos hemos distanciado.

—Yo creo que esto es más que suficiente. Gracias, muchacho —dice Henry.

Mi atención vuelve a anclarse en esta pequeña cocina. He venido a su casa porque me preguntó por teléfono si de casualidad tenía un poco de mantequilla de maní para compartirle. Por suerte, agarré un tarro cuando fui a comprar la despensa.

Me devuelve el envase de vidrio.

—¿Seguro que no quiere más?

—Así está bien. Mañana Lizzy hará la despensa.

Su nombre genera una oleada de calidez e inquietud en mi interior, pero conservo el gesto sonriente, lleno de serenidad.

—Sí, por supuesto.

—¿Entonces no te quedas a cenar?

Estoy por negarme, pero ambos escuchamos con claridad cómo abren la puerta de la entrada y, en menos de diez segundos, Lizzy aparece frente a nosotros con la misma ropa con la que la vi esta misma mañana: pantalones cortos de mezclilla, Converse y un kimono rojo.

Por un mero instante, mantiene la mirada en la pantalla de su celular hasta que la alza y sus ojos grises se estancan en los míos. Todo parece congelarse.

—Cariño, qué bueno que llegas, mira a quién tenemos aquí —anuncia Henry a mi costado al tiempo que me da una palmadita amistosa en el hombro.

Yo tan solo sujeto con fuerza el tarro de vidrio, sin dejar de mirarla.

Es algo extraño, porque pasan los segundos y ella tampoco deja de mirarme, hasta que parpadea y voltea hacia su padre, como si necesitara una explicación—.

Luca llegó hoy por la mañana de imprevisto para todos.

Ha sido toda una sorpresa. Entonces ¿qué dices, muchacho?

Quédate a cenar con nosotros, seguro que quieres platicar con Lizzy, ya que no se han visto en mucho tiempo y…

Dirijo mi atención hacia él con esfuerzo.

—Gracias, Henry. Sí me gustaría quedarme a cenar con ustedes, pero de hecho estoy por comenzar una sesión de trabajo en línea —me excuso. Luego volteo hacia Lizzy y le regalo una media sonrisa antes de añadir, con sencillez—: Lizzy, ¿qué te parece si hablamos afuera? Si tú quieres.

Noto la tensión en sus ojos grises.

—Sí, está bien.

—Con permiso, Henry.

A mis espaldas, de reojo, veo que Lizzy me sigue con torpeza hasta el pequeño recibidor. Yo abro la puerta y salgo primero, pero antes de llegar al primer escalón del porche, respiro hondo y me doy la vuelta. Ella se ha quedado de pie en el umbral de la entrada.

Con una mano en el bolsillo de los vaqueros y la otra sujetando el tarro de vidrio, vuelvo a mirarla y como en el pasado, siento ese torrente de energía que siempre me envolvía cuando ella estaba cerca. Es una sensación que después de más de tres años, aún tiene vida.

Es en este instante, consternado, en el que me pregunto varias cosas en silencio: ¿Alguna vez podré estar frente a Lizzy sin sentir absolutamente nada?

¿Por qué tengo que añorar lo que nunca sucedió?

¿Cómo puedo estar bien en todos los aspectos y al mismo tiempo, sentir que nada es suficiente?

¿Cómo puedo mirarla sin confesarle que me parece terriblemente hermosa?

—Supongo que me alegro de volver a verte, Lizzy —susurro, rompiendo la calma de la noche. Ella recarga un hombro en el cerco de la puerta y sus ojos, profundos y soñadores, no me dicen nada. O no quieren decirme nada—. Sobre las cosas entre nosotros, yo…

—Luca, no hace falta hablar de todo eso.

Lizzy se cruza de brazos y desvía la mirada.

Yo, en cambio, la concentro en toda ella.

Es apenas perceptible, pero ahora me hago consciente de que hay una herida que me pincha el corazón y no la quise mirar durante mucho tiempo, porque la siento aquí, quemando en los bordes y haciéndose muro en el aire.

—Las cosas, no lo sé, simplemente pasaron así, pero no creo que ninguno haya tenido la culpa de habernos distanciado —continúa con suavidad, sin siquiera mirarme.

Sin embargo, hay cierto filo en su tono, y sé lo que eso significa, porque aún la conozco en algo, como que a veces prefiere ser adusta que exponer sus sentimientos—.

Nuestras vidas se hicieron muy distintas y ya casi nada nos unía.

Tal vez por eso nos terminamos alejando.

Lo entendí, y creo que tú también. Por eso creo que ya no hace falta explicarlo ni justificar nada.

Quiero contrarrestar sus palabras. Pero no encuentro nada.

Porque sé que dice la verdad, aunque no del todo.

Hay muchas capas encima, las mismas que no me atreví a quitar en su momento y ahora tampoco.

Pesan en mis hombros y, aun así, no soy capaz de sacudirlas.

Tengo miedo de lo que pueda encontrarme en el vacío.

—Sí, quizá tienes razón —me escucho decir antes de apretar los labios—. Pero a pesar de eso, solo quiero decirte que estoy arrepentido. En verdad lamento no haberme esforzado lo suficiente para que nunca hubiésemos llegado a este punto.

Ella vuelve a mirarme y baja los brazos a los costados.

Casi puedo ver una rendija abierta entre las barreras de los dos; casi, porque se cierra al instante.

El brillo espontáneo de sus pupilas desaparece cuando una sonrisa plana, sin ningún atisbo de aquella alegría que existió en viejos veranos, se dibuja en sus labios.

—Aún seguimos siendo amigos, Luca.

Esto debería aliviarme, pero no es así. Porque se siente como si estuviésemos cubriendo con cemento algo que ni siquiera hemos desenterrado y encontrado como roto.

Porque da la sensación de que es más fácil no mirar los agujeros que tratar de encajar las piezas que quizá siguen siendo las mismas.

Sobre todo, ¿cómo se puede querer a una persona y al mismo tiempo hacer lo posible para alejarla de ti?

—Siempre lo seremos, Lizzy.

Después solo me queda dar la vuelta.

Y así, la noche y ella se quedan atrás.