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Lizzy
El viento húmedo se cuela por las ventanillas.
La luz de la tarde baña los colores y las texturas del exterior mientras Oliver y yo recorremos las calles comerciales de Kahului en su Nissan gris, el mismo que adquirió con mucho esfuerzo hace tres veranos.
En las bocinas del estéreo suena —a bajo volumen— «Imagine», de John Lennon.
Si no mal recuerdo, es uno de sus cantantes favoritos.
Al igual que mi madre y Elliot, Oliver siempre ha sido un gran aficionado de los Beatles.
Intento concentrarme en las líneas de la canción, repetirlas en mi mente, pero lo único en lo que puedo pensar es en la imagen de Luca, en su rostro anguloso y desorbitado.
Sí, ya sabía que volvería a verlo. Pero no tenía idea de que su presencia aún me afectaría de tal forma que pese a que ya ha pasado más de una hora, mis terminaciones nerviosas siguen furiosas en mi interior.
No, no tenía idea de que tres años y medio no serían medicina suficiente para borrar lo que Luca West siempre ha sido para mí.
Y ahora, en medio de esta llama que no puedo dejar que se transforme en hoguera, tan solo me queda aferrarme a esa parte de mí que pone capas y capas encima de cualquier cosa hasta que va perdiendo su intensidad; porque me atemoriza desnudar aquello que dejé encerrado en un diario.
Trato de relajarme y pensar en cosas concretas: Luca no va a quedarse en Paia; Luca está haciendo su vida en Honolulu; Luca, con toda seguridad, sigue teniendo novia.
—Has estado muy pensativa. ¿Ocurrió algo?
Oliver rompe el silencio justo cuando llegamos al estacionamiento del aeropuerto y detiene el auto, pero no lo apaga por completo.
Deja el estéreo encendido, de modo que la música sigue sonando de fondo cuando reclina el asiento del conductor y entrelaza las manos por detrás de la nuca.
Vacilo un poco. Él espera con paciencia.
—Me encontré a Kai y a Luca esta mañana en la casa de sus padres.
Al parecer Luca acaba de llegar de Honolulu —explico con un tono neutro que no deja entrever mi verdadero sentir—.
Como te había dicho, hace mucho tiempo que no hablamos, así que me tomó por sorpresa.
Solo nos saludamos y eso fue todo; yo iba con prisa.
Aunque asumo que solo vino de visita y ya está.
Eso es lo que dicen todos, ¿no? Que Luca ya no frecuenta mucho por aquí. Imagino que no tardará en llamarte.
Oliver clava la mirada en el techo del auto.
—Vaya, qué sorpresa. Pero no, Luca no me avisó que vendría, aunque tampoco me extraña que no lo haya hecho.
Como te dije, ya no hablamos tanto como antes.
Pero bueno, por cómo me has dicho que son las cosas entre ustedes, supongo que verlo te ha afectado un poco, ¿no es así?
Debe ser extraño, ya sabes, ser muy cercano a alguien y luego… por la razón que sea, dejar de serlo.
—Sí, creo que me ha afectado un poco.
Quisiera creerlo así. Solo un poco. Entonces Oliver incorpora el asiento y agacha la cabeza con la mirada fija en el exterior que se dibuja a través del parabrisas. Rápido encuentro su punto de enfoque.
—Creo que después de todo, Molly Robinson sí que existe.
—¿Crees que sea ella?
A lo lejos, a unos diez metros, se recorta la silueta de una mujer morena —de cabello rizado y corto— con dos pequeñas maletas en mano y un gran sombrero de paja sobre la cabeza.
Segundos después, como si nos hubiera reconocido por alguna intuición especial, comienza a caminar hacia nosotros ante nuestras divertidas y curiosas miradas.
—Creo que sí —confirma Oliver antes de sonreírme.