Lo que se rompió en aquel verano 19Luca
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Luca

Miro el exterior por la ventanilla del autobús.

Después de un vuelo corto desde Honolulu, al llegar al aeropuerto de Kahului, desayuné algo ligero antes de tomar el transporte directo a Paia.

Ahora mismo la vegetación, las playas y los acantilados de la carretera camino a Hana —la que he recorrido incontables veces a lo largo de mi vida— se dibujan con todo detalle.

Cada kilómetro habla de un fragmento de mi vida.

La última vez que estuve aquí fue hace poco más de un mes, cuando vine con Manu para celebrar el cumpleaños de Anela, quien lleva catorce años de relación con Kai.

En realidad ha pasado poco tiempo, pero siento como si fuera mucho más.

Además, no le avisé a nadie de mi llegada.

Sentado en la última fila, sigo mirando a lo lejos.

Me asaltan pensamientos difusos. Sin embargo, uno aparece con cierta claridad: desde que murieron mis padres, Paia se convirtió en un cementerio vivo de recuerdos.

Un lugar que aunque mantuvo su esencia de colores y tranquilidad, ya no fue el mismo para mí.

Desde entonces adquirió un tono distinto: seco, diluido.

Ya no siento la calidez de mi antiguo hogar, ni siquiera dentro de mí mismo, y una parte de mí anhela cambiarlo, llenar la carencia que habita en los rincones de esta ciudad y en mi propia alma para así despojarme del ansia de no saber quién soy ni en quién me estoy convirtiendo.

Por eso he decidido regresar a este sitio, porque en Paia están mis cimientos.

Cuando el autobús se detiene y las personas se levantan de sus asientos, respiro hondo y tomo la única mochila que he traído conmigo como equipaje antes de bajar y sentir la brisa cálida de la mañana debajo de la ropa.

Y así, en vez de dirigirme al restaurante, me encamino hacia la casa de mis padres.