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Lizzy
Hoy me levanté renovada. Después de ducharme y servirme un tazón de cereal con yogur, me quedé sentada durante una hora frente a mi escritorio, con la mirada fija en el teclado de la laptop y mi libreta de apuntes. Decidí que a como diera lugar avanzaría un poco. Y lo conseguí, pero ¿a qué costo?
Aunque he descubierto que puedo forzarme a llenar páginas en blanco, sigo sin encontrar los matices y los engranajes de lo que quiero expresar.
Es como si el fuego ardiera a baja intensidad.
Quizá por eso se siente así: verter palabras que no siento en lo profundo no es un avance de verdad.
No es como me gusta escribir. Frustrada, cierro la tapa de la laptop .
Henry me avisó que saldría temprano, ya que quedaría con Benjamín para ir a una clase de yoga —ahora son más unidos que en el pasado—.
De modo que cuando entro a la cocina para buscar algo que llevarme al estómago, no me extraña que él no esté desayunando su habitual poke y que el silencio reine en cada rincón.
En cuanto al trabajo, hemos acordado que le ayudaré en los tiempos libres que tenga y que recibiré un pequeño pago por ello —Wilbert es su único empleado de base—; lo que me viene muy bien.
He querido llevar este proceso por mi cuenta y, aunque mi madre tiene la suficiente solvencia económica para apoyarme sin afectar su estabilidad —justo antes de despedirnos en el aeropuerto, a pesar de que la decepción no desapareció nunca de sus ojos, propuso depositarme una cantidad moderada cada mes hasta que dejara de necesitarlo—, le dije que me las arreglaría sola.
Por supuesto, le aclaré que lo hacía más por mí que por cualquier resentimiento que pudiera sentir hacia ella. Solo espero que lo haya entendido.
Abro la nevera mientras pienso en lo anterior y, como por inercia, volteo sobre mi hombro para echar un vistazo por la ventana.
Espero ver la casa de enfrente como siempre, sin señales de vida y con la puerta principal cerrada, pero mi asombro llega al notar que no es así.
Las persianas de la ventana detrás de la banca roja de madera están abiertas, al igual que la puerta principal, y además sobre la calzada está estacionada la camioneta gris de Kai.
La que alguna vez fue de Keanu y Martha.
Entonces recuerdo que Kai se encarga del mantenimiento de la casa de sus padres, por lo que la situación ya no parece tan extraña y me relajo. Cierro la nevera sin sacar nada y, tras pensarlo unos segundos, decido ir a saludarlo.
Aún tengo tiempo, pues he quedado de reunirme con Oliver después del mediodía para acompañarlo a recoger en el aeropuerto de Kahului a la posible media hermana de su padre, Molly Robinson, quien fue producto de una aventura que su abuelo Marcus —en sus años mozos— tuvo en un viaje por Australia con una mujer de clase alta.
La existencia de esta media hermana mayor ha sido toda una sorpresa para Benjamín, pues nunca supo que su padre tuvo una hija antes de casarse con su madre. Ni siquiera el propio Marcus.
Lo que supe fue que la madre de Molly le pidió a su hija que buscara a la familia de su verdadero padre en la pequeña Paia.
Según lo que Oliver explicó, ella está soltera, sin hijos y no tiene con quién compartir su gran fortuna guardada en el banco.
Por eso desea conocer a su medio hermano y sobrino, los únicos familiares directos que le quedan.
Por supuesto, Oliver sigue sin estar del todo convencido de que una historia así sea verdad, pero Benjamín quiere comprobar que la mujer existe y no está loca.
Miro la hora en el celular: aún son las diez de la mañana.
Con cierto nudo en el pecho, tal vez por la idea de volver a pisar la casa en la que guardo tantos recuerdos, me miro al espejo de cuerpo completo que hay en el recibidor junto a la entrada principal.
Llevo mi estilo de siempre: pantalones cortos, kimono rojo, Converse y el cabello recogido en una coleta alta.
Apruebo mi aspecto antes de salir de casa.
Mis pasos son lentos, pesados. Me siento un poco ridícula.
Es solo Kai. ¿Por qué estoy tan nerviosa de entrar y saludarlo?
Cruzo la calle y, cuando la puerta abierta de la casa de los West deja entrever un poco del interior, tomo más valor y avanzo con seguridad.
No tengo nada que temer; es obvio que Luca no está dentro de esas paredes.
Pero la simple idea me hace estremecer. Ha pasado mucho tiempo desde aquel mensaje que nunca respondí.
Él tampoco insistió. Ya no tengo idea de con quién me voy a encontrar.
¿Quién será Luca West ahora? Las cosas nunca se rompieron, aunque parecen haberlo hecho.
Sacudo la cabeza y me preparo con una vaga sonrisa cuando subo los pequeños escalones del porche. Llego hasta el umbral de la puerta y me quedo allí de pie, esperando ver a Kai. Y sí, lo veo. Lo reconozco de inmediato. Pero no está solo: Luca está con él.